Hace aproximadamente cuatro años estallaba en Túnez un colérico movimiento de protesta social que sería etiquetado como primavera árabe en sus sucesivas ediciones -libia, egipcia, yemení, siria y alguna que otra de menor resonancia-.
La tendencia del lenguaje mediático a infundir amaneramiento expresivo y (por supuesto) conceptual, explica que a la multiplicación apelativa de primavera árabe durante dos años escasos le sucediera el tópico pseudo-metafórico del otoño árabe. Es decir, el ingreso en el terreno de la contradicción entre un Islam político radical -o salafí- y un conservadurismo de raigambre autoritaria -dicho sultaní-.
A la altura de este fin de año (2014), Oriente Próximo-Medio ha entrado en un estadio de conflictividad vertical y horizontal al mismo tiempo, étnica y religiosa. Estado de conflictividad cruzada que el fenómeno de generación política repentina introducido por el Estado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL), durante el inicio del verano pasado, no ha hecho sino “descolocar” todavía más, las piezas integrantes del mecanismo geopolítico en la Zona, que Bernard Lewis calificó de identidades múltiples en pugna.
Sin embargo, ahora, no se trata de un simple pandemónium macedónico (todos contra todos), sino de una edición -muy aumentada- de lo que vengo definiendo como la vigencia histórica de la segunda cuestión de Oriente. Aquella que arranca de 1915-1916 desde los círculos coloniales de Londres y París en relación con el destino de las provincias árabes del imperio turco-otomano en la posguerra; y que solo a la altura de las fechas actuales manifiesta síntomas de atravesar un proceso de re-configuración sobresalientedel mapa trazado entre 1919-1923. Justo aquel proceso cuya génesis histórica trazó con solidez David Fromkin en A Peace to End All Peace. The Fall of the Ottoman Empire and the Creation of the ModernMiddle East. Un clásico para releer en cuanto se pueda.
Desde hace, pues, un siglo, la segunda cuestión de Oriente sigue re-editándose, en la ceca y en la meca. Coincidiendo esas reediciones, a propósito, con el transcurso del envenenado contencioso palestino-israelí, hoy en día en estado de revisión en las cancillerías de la Unión Europea y en los foros de la ONU. ¿Será posible lograr algún día el ideal de derecho conocido como two states solution en Palestina-Israel?
En puridad, la cuestión del Oriente Próximo-Medio atrapa hoy -como sucedió con Gran Bretaña durante la primera mitad del siglo XX- a los Estados Unidos, salpicando tangencialmente a potencias secundarias en la Zona aunque no se resignen a serlo; como la Rusia que orquesta con batuta, fuera de lo ordinario, V. Putin.
Hay, sin embargo, dos potencias regionales de calado situadas en el epicentro de la relación de fuerzas e intereses medio-orientales a lo largo del último siglo. Esas potencias regionales se llaman Turquía e Irán. Las cuartillas emborronadas a continuación se consagrarán a la primera de ambas.
El viraje que, en parte, han impreso sobre Turquía los continuados éxitos electorales, y también económicos, tecnológicos y sociales del AKP, o Partido de la Justicia y el Desarrollo, está al alcance de la vista y culminó en las elecciones locales del año en curso. La consolidación del primer ministro (ahora presidente de la República), Recep Tayyip Erdogan, presagiaba hace meses lo que ha estallado en menos de una semana trepidante para millones de habitantes del formidable promontorio peninsular de Turquía.
Si el Oriente Próximo y Medio se encuentra en trance de sorpresas encadenadas, Turquía constituye hoy, por sí sola, un escenario político donde el antiguo régimen kemalista instituido entre 1923-1924 hasido puesto en solfa de la mano de un Islam sunní ¿moderado?, que ha permeado la sensibilidad social de amplias capas de la población agraria, mercantil y de las mid-towns mesetarias. Es ahí, precisamente, donde reside la apelación que ejerce Erdogan cuando se pronuncia de cara a la galería, como acaba de hacerlo recientemente.
Frente al supuesto elitismo corporativo de vastos sectores militares, judiciales y académicos, el hoy presidente de la República ha querido construir, con cierta precipitación, una Turquía productiva -un tanto populista, cierto es- y de marca inconfundible en su proyección exterior. Los adversarios al cambio, empero, no han tardado en surgir, rebelándose. Contra ellos se ha vuelto, lanza en ristre, Erdogan. Corriendo, así, el riesgo de encajonar el país en un ruedo de difícil salida para los contendientes en liza.
Veamos ahora lo que ha venido a ocurrir en Estambul al destaparse la caja de Pandora el 14 de diciembre.
Dicho en breve, ha sido como sigue. La autoridad legal y competente de la república procedió a intervenir la redacción del periódico Zaman, y de la cadena Samanyolu TV, manifiestamente críticos en sus opiniones y programas al gobierno de Turquía. Se trata, en puridad, de dos medios de comunicación de amplia difusión nacional, conexos a una editorial de cierto prestigio (Kaynak Publishing Group), y no ajenos, ambos, a Hizmet, movimiento religioso-filosófico que lidera un delicuescente Fethullah Gülen -residente en Estados Unidos de América desde hace bastantes años-.
Una intervención gubernamental del tipo de la ejecutada el 14 de diciembre por orden de Erdogan levantó dentro -y sobre todo, y en particular, fuera de Turquía- un clamor de protestas unánime. En efecto, sendos portavoces en Bruselas y en Washington no tardaron en advertir que unos procedimientos tan expeditivos, contra la libertad de expresión y derechos colaterales, se compadecen mal con la -de otra parte- larga marcha de Turquía camino de su plena integración en la democrática Europa de la Unión. La respuesta taxativa de Erdogan a sus objetores euro-americanos parece haber sido como sigue: “la UE no puede interferir en los pasos que se han dado, siempre dentro del imperio de la ley, contra elementos que amenazan nuestra seguridad nacional”. A lo que el tribuno parece haber añadido lapidariamente que“(ellos) harían bien en resolver sus propios problemas”.
A partir de esta instantánea dialogada, se han encadenado secuencias que incitan a adelantar algunas observaciones de cierta enjundia. La primera de estas apunta a la rivalidad comprobada entre dos figuras del Islam moderado en la Turquía del siglo XXI: uno, de corte más republicano-nacionalista (Erdogan); otro, de factura no menos republicana pero sí elitista y pro-occidental (Gülen).
En segundo lugar, el desencanto europeísta que se ha ido generando en amplios sectores de la población turca a causa del prolongado aplazamiento del ingreso de la República en la Unión Europea, a partir de 2005, ha venido a fortalecer la dimensión pantúrcica y de inclinación otomana del AKP. Tanto en el Asia contigua, como en la esfera de las antiguas provincias árabes y kurdas del imperio, regido desde el Topkapi en Estambul durante siglos de esplendor y ocaso sultaníes.
De ahí, las connivencias diplomáticas de Ankara con el nuevo gobierno asentado en Bagdad, y, a la vez, con el primer ministro del Kurdistán (iraquí), Nechirvan Barzani. ¿Aspira Erdogan a pasar a la Historia con la fundación de varias repúblicas kurdas coexistentes con los estados de Turquía, Iraq e Irán mismo? Que Erdogan acaricia la propulsión de esta confederación es hipótesis que avala el protagonismo de Turquía en una región congestionada de conflictividad.
En un artículo que publicó Revista de Occidente no hace mucho (“Turquía: incertidumbres de una nación emergente”, núm. 390, noviembre 2013), adelantaba el autor de estas cuartillas que un paréntesis emocionante, agónico, se abre, desde ahora, para una importante nación intercontinental donde la haya. Y también para un líder nato como Erdogan; siempre que la prepotencia -que suele ser enemiga de la lucidez- no obnubile sus dotes de estadista y le haga rematar erróneamente el apoteósico cursus honorum de su trayectoria política, a partir de 1995, cuando el ascenso a la alcaldía de Estambul lo catapultaría a la cima de un Islam socialmente pietista, aunque renovador, en el campo económico y comercial.
Las elecciones generales de mayo de 2015 en Turquía merecerán seguimiento -y con lupa de aumento-, amigos lectores, en tanto en cuanto Erdogan se juega en aquellas su aspiración a ser presidente vitalicio de la República: aut Caesar aut nihil. Aquí se cierran estas digresiones deshilvanadas sobre una nación y una experiencia política que han convocado ocasionalmente la pluma de este autor.
La sorpresa hace al caso. La fiscalía mayor de Estambul ha solicitado la extradición del delicuescente pensador y líder del movimiento Hizmet, Fethullah Gülen, acusado de traición y conspiración lesivas para la salud pública de Turquía. Se ha abierto, en menos de una semana, un duelo entre dos figuras estrechamente aliadas en tiempos, pero hoy antagónicas, hasta alcanzar el degüello si necesario fuese. Se ha lanzado desde Çankaya (sede de la presidencia gubernamental de la República) un envite a las autoridades judiciales de Estados Unidos de América.
El desafío está servido. Lo quiera, o no, Washington seguirá atrapado, in partibus, por la medusa celentérea de identidades múltiples, cuyos tentáculos no cejan en el empeño.