Solo puedo hablar con tristeza de lo que está sucediendo en Turquía. Hace algunos días escribí sobre la redada masiva contra los periodistas del pasado 14 de diciembrepero eso fue solo un ejemplo de la deriva radical que el país está sufriendo en los últimos años. Erdogan, que llegó al poder como el islamista “moderado”, ha vuelto a abrir el debate de si tal cosa es posible. Orhan Pamuk, el célebre novelista ganador del premio Nobel de literatura, ha lamentado, en una entrevista publicada en Hürriyet, el clima de “miedo” (esa fue su palabra) que vive hoy Turquía.
El acoso a los periodistas o los políticos de la oposición es solo un aspecto de la islamización creciente de una sociedad que se enorgullecía de haber cohonestado el Islam con los valores y principios de la democracia. Poco a poco, los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo van desmontando el edificio que Atatürk construyó hace casi un siglo. Las protestad del parque Gezi de mayo y junio de 2013 –que recordaban las primaveras árabes y los movimientos de indignación en Occidente- fueron reprimidas y acompañadas de reformas legales y políticas que las evitarán en el futuro. Por ejemplo, la autorización para disolver “manifestaciones violentas” utilizando armas de fuego.
Europa alumbró una civilización que hunde sus raíces en Jerusalén, Grecia y Roma y cuya herencia, con sus luces y sus sombras, cambió para siempre la faz de la tierra. Durante siglos, el continente se desangró en guerras de religión y en él nació un concepto como el de tolerancia, que ahora niegan y mancillan los islamistas, los yihadistas y los fanáticos religiosos de todo el mundo. El horror de las guerras mundiales y el Holocausto enseñó al mundo entero a dónde conducen el olvido, la irracionalidad y las ideologías totalitarias. Turquía, con su riqueza de intelectuales independientes, de escritores, de poetas – algunos de ellos capaces de arriesgarse a condenas de prisión por hablar del Genocidio Armenio- era para mí ese país fascinante en el que los descendientes de los expulsados en 1492 aún hablan judeoespañol. Yo los he escuchado. Recuerdo a Selahattin Ulkumen, cónsul general de Turquía en Rodas, que salvó a 50 judíos de una muerte segura cuando la judería de la isla fue deportada. Trece de ellos eran turcos pero a los otros los salvó por propia iniciativa. No, Turquía no es –no debe ser- ese lugar sombrío en que quieren convertirlo los islamistas a fuerza de asfixiara la oposición, a los periodistas y a los manifestantes.
Paso a paso, Erdogan está alejando a Turquía de Europa justo como desearían los más islamófobos de nuestro continente. La rehabilitación del estudio del antiguo otomano, con su caligrafía inspirada en el árabe, es un nuevo instrumento para el cambio social frente a la tradición laica de la Turquía republicana, que introdujo el uso del alfabeto latino en 1928. Sin duda, el otomano debe preservarse, pero no como un arma arrojadiza contra la modernidad.
No pierdo la esperanza de que los turcos reviertan esta deriva hacia el islamismo y regresen a la razón y al sentido común. Los niveles de apoyo a Erdogan son altos pero no abrumadores. En las últimas elecciones ha logrado unos resultados que han oscilado entre el 49% y el 51%. Es la mayoría absoluta pero un poco justa. No todos los turcos son islamistas pero el miedo es una fuerza muy poderosa y si Erdogan logra los poderes ejecutivos que ahora tiene el primer ministro es difícil pronosticar a donde podría llegar.
Ojalá no sea tarde.