Sorprende a veces que España llegue a un final de año sin que se hayan cumplido las profecías de autodestrucción anunciadas el año anterior. Llevamos así unos quinientos años. Estoy por pronosticar, por eso, que España no desaparecerá en 2015, pese al catálogo de amenazas que nos cuentan a diario intelectuales, políticos, economistas (y periodistas, por supuesto).
En España no hace falta una secta apocalíptica. El apocalipsis, la revelación del fin del mundo, lo traemos puesto de casa con el pesimismo nacional. Tenemos completas escuelas de pensamiento (la más celebrada, la de 1898) que nos explican concienzudamente el desastre español. Un desastre tan persistente que indica que cada año vamos a peor, que no hay salvación para los españoles, que es un país sin alma y que solo pervive de casualidad, cuando la historia debería llevarnos irremisiblemente a la fractura territorial, a la inanidad internacional, a la indignación social y a la revuelta política.
Parece irrelevante decir que esa explicación de España en caída libre no se compadece con la realidad. Porque es posible que se desee más de lo que se tiene (porque ése es el motor del progreso) pero resulta asombroso ver que no se recuerda lo que no se tenía.
Por supuesto, la historia no es lineal, y en largos periodos hay momentos de grandes crisis, económicas, políticas y hasta bélicas. Pero eso no quita para reconocer que España ha alcanzado un lugar de lujo en el selecto número de naciones importantes, y gracias a los españoles, políticos incluidos, no a pesar de ellos. Y como todos podemos tener en la cabeza innumerables ejemplos, yo solo voy a poner uno que me llamó la atención recientemente: la esperanza de vida estaba en 1800 en treinta años, cuando otras naciones alcanzaban los cincuenta. Ahora, España está en el segundo puesto del mundo, sólo detrás de Japón, y holgadamente por encima de los ochenta años.
Para venir más cerca, el otro día vi de refilón una película española de los años setenta. Qué España aquella, y cuál ésta, en expectativas, en valores, en libertades, en prosperidad. Porque no hay media docena de países en el mundo globalmente mejores, si no contamos sólo la potencia económica (ahí estaremos entre el 12º y el 13º) y en esos hace bastante más frío que aquí, por cierto.
¿Quiere decir esto que España y los españoles no tengan problemas? Evidentemente, no. Por supuesto que existen desigualdades profundas, sectores muy desfavorecidos y angustiados. Por supuesto que la estructura política (gigantescamente mejor que en el pasado) requiere permanentes puestas a punto. Por supuesto que hay problemas económicos globales (deuda, por ejemplo), y también educativos. Por supuesto que la depuración de la corrupción, ya en proceso, está lejos de terminar. Por supuesto que hay que repensar muchas actividades productivas y hace falta una urgente adaptación a una realidad progresivamente competitiva en el mundo globalizado. Pero de ahí a considerar que estamos en el peor de los mundos posibles sólo puede ser fruto del pensamiento de quienes no han hecho un miserable viaje turístico. A cualquier país de África, por ejemplo. A cualquier país de América, de México hacia abajo. A cualquier país de Asia, y significativamente a sus potencias emergentes, India o China, que se darían con un canto en los dientes por siquiera acercarse a lo que entre nosotros se disfruta sin valorar lo que se tiene.
¿Por qué tiene éxito en España la conciencia apocalíptica? Porque es un negocio, como lo ha sido en las sectas de este estilo, que planteaban el fin del mundo no sin antes recibir como donación los bienes materiales de sus creyentes, porque de nada les iban a servir tras la desaparición de la Tierra.
Entre nosotros, la tendencia es la exaltación del desastre como forma de propiciar el cambio político. Y lo mismo (aunque en escala menos importante), pero para exaltar el ego, para los intelectuales orgánicos del catastrofismo, los economistas agoreros y los comunicadores que saben que vende más un conflicto o un suceso que una apelación a la esperanza.
Cuando todavía estamos asombrados de que el fin del mundo no llegara en 2012, de acuerdo con los interesados intérpretes del calendario maya; cuando el planeta no se extinguió por el agujero de ozono de los setenta, o por la lluvia ácida de los sesenta, o el sida de los ochenta; cuando parece que sobrevivimos a duras penas al calentamiento global, ahora la amenaza es la ruina económica (?!) y, en lo que a España toca, también la autodestrucción política.
Pero las sectas apocalípticas tienen nombre, y no hay que ocultarlo. Los independentistas, fundamentalmente en Cataluña, que quieren justificar un golpe de Estado desde la creencia en la fragilidad de España, y los simuladores de revoluciones que se hacen llamar Podemos, Ganemos, o Gobernemos como sea. Ambos no son más que negocios de poder. Lo quieren y, cuando lo tienen, quieren más. Y lo único que necesitan es tener seguidores para sus profecías que les vendan sus bienes porque lo mismo les dará cuando llegue la catástrofe, pues bastante recompensa tendrán con la salvación del alma. Del alma cándida, por cierto.
Lo mejor de todo es que más que ante una tragedia estamos ante un inmenso fraude. Los que agitan las banderas de la utopía, los que prometen la felicidad por la independencia o por la destrucción del sistema político, son los primeros que no creen lo que dicen. Pero sí saben que siempre habrá gente que seguirá a quien le diga lo que quiere escuchar, especialmente si es el viejo anzuelo de la felicidad.
La envidia del Estado, por parte del nacionalismo, y la envidia del Poder por los nuevos revolucionarios de salón se alimentan de lo mismo: la extensión de la angustia, la culpabilización del ajeno, la promesa de catarsis y la exaltación del pesimismo. Todo para justificar la travesía a una Tierra Prometida en un Éxodo aún más mentiroso que la película de ese nombre perpetrada por Ridley Scott.
El hecho de que estemos ante una gran farsa no significa que ésta no tenga consecuencias. En 2015 puede haber fuertes inestabilidades políticas que, eventualmente, podrían llevar a efectos perversos en lo económico. Pero no se dé eso por seguro. Por ejemplo, porque los catalanes puede ser que se den cuenta en su mayoría de la gran falacia de Artur Mas, al menos antes de que lo hagan los Tribunales. Y que los mismos españoles vean que si Pablo Iglesias se acerca a posiciones de poder, proseguirá en su imparable viraje en el discurso y hasta le echará los tejos a Ángela Merkel. Eso sin contar con que tendrá que pensar quién de los suyos puede ser, es un decir, subsecretario de Agricultura, por poner un ejemplo nada fácil si miramos su tropa. Y ni uno ni otro van a poder con España, puesto que lo que quieren es poder en España.
Eso sí, Rajoy tendrá que reivindicarse en lo político como se está reivindicando en lo económico. El PSOE tendrá que decidir si adopta un discurso nacional tipo Susana Díaz o pierde el tiempo en shows mediáticos tipo Pedro Sánchez. Pero imagino que lo harán, porque la terrorífica crisis aún no superada les ha hecho a los grandes partidos ver las orejas al lobo, y están obligados a ser mejor que lo que fueron. Como lo están los propios ciudadanos, que se escudan en los políticos para tapar sus propias vergüenzas, y que tienen que empezar a pensar en qué pueden hacer ellos por su futuro personal y colectivo, más que en esperar lo que pueden hacer por ellos los redentores del apocalipsis, los profetas de la España invertebrada.