TRIBUNA
Una educación posible
Lourdes García del Portillo
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lourdescaracasgmailcom/14/14/20
jueves 08 de enero de 2015, 21:11h
Comienza 2015 e inevitablemente resurgen entre nosotros vahos de esperanza. ¿Qué nos traerá el nuevo año? ¿Es posible que podamos, por fin, sentirnos un poco orgullosos de nuestro quehacer común, de esa empresa colectiva que tímidamente algunos llamamos país?
Presto el miedo quiere paralizar este pequeño hálito de buenaventura y entusiasmo. Basta con recordar las noticias que durante los últimos años se han agolpado en los medios para que nuestro afán se envilezca. Corrupción, populismo. El pacto de Estado en educación en vez de ilusionarnos se ha convertido en una sombría ilusión. Las propuestas educativas actuales nos roban aún más cualquier entusiasmo colectivo.
¿Qué hacer? Tenemos en nuestras manos una silenciosa y atronadora arma: se trata de los escritos de un filósofo español, Ortega y Gasset; sólo Ortega le llaman aquellos que con denodado gesto e íntima afinidad se esfuerzan por comprenderle. Sus líneas bien cargadas de sentido cobran vida ante nuestros ojos y desde el pasado nos susurran ideas que no han perdido su lustre a pesar de que fueron escritas, algunas de ellas, hace más de un siglo. Inspirados por su mensaje terso, profundo y redondeado comenzamos a hilar:
Tenemos ante nosotros ahora mismo, en este preciso instante, la patria que no es como quieren muchos la tierra de nuestros antepasados, sino ante todo, el mundo de nuestros hijos. ¿Qué haremos con ella? ¿Cómo la transformaremos para que encuentren no un pasto árido sino un vergel en donde se multipliquen las posibilidades? Dos instrumentos ayudan a los cambios sociales: la política y la educación.
La política es ante todo un programa colectivo que explicita en quiénes queremos convertirnos; una serie de acciones que definirán nuestro ser común. La educación imprime, a su vez, en cada individuo un modelo social. Pero para que ambas desplieguen su quehacer tiene que haber previamente un ideal del ser humano. Entonces, con cincel en mano, político y profesor pueden emprender su actuación. Pero si no hay un ideal que nos inspire, que entone nuestros ánimos para trabajar al unísono, todo se pervierte. Los unos trabajan en un sentido, los otros en el otro y comienza la disociación. La salvación está en nuestro pasado. Tenemos un presente común, un ser compartido porque nuestros ancestros lo fueron creando con sus vidas entrelazadas. Su realidad no ha muerto, está presente en cada uno de nosotros a través de la cultura, que no es sino el conjunto de ideas, creencias y usos que ellos segregaron en su común devenir vital. Para forjarnos un ideal de quiénes queremos ser, no nos queda otra opción que comprender quiénes hemos sido ya en el pasado. Para eso sirve la cultura, para eso tenemos la Historia. Ambas nos libran de quedarnos anclados en una forma de ser perpetua. Nos alejan del animal y la piedra creando variaciones en nuestro comportamiento. Reacciones cada más puras, plenas y perfectas que nos hagan sentirnos realizados en nuestro caminar.
Ahora bien: imaginemos ante nosotros a un estudiante. Y cuando actúa como tal, en vez de cumplir su perfil más elevado es todo en él una farsa. El estudiante es la careta de un muerto, frígido y exangüe. A Pepito y Manolito, vivos y ágiles en sus bicicletas de verano, se les paraliza en un pupitre y se les obliga a aprender eso que llamamos cultura. Y entonces llegamos al fondo del problema. Es el estudiante intrínsecamente una contradicción. ¿Por qué? Porque su quehacer se torna necesario e inútil a la vez. Ya se ha dicho que la cultura es necesaria para poder gestar nuevas formas de vida auténticas y genuinas. Sólo sabiendo quiénes hemos sido podemos imaginar nuevas formas de ser. Pero al estudiante, mientras sueña con salir del aula para volver a ser él mismo, se le obliga a aprender toda una serie de ideas que le llegan muertas, desvitalizadas e inauténticas. Y entonces un océano separa a aquel muchacho o muchacha, de esas personas que en el pasado forjaron la ciencia, la moral o el arte. Aquellos que crearon la cultura no eran estudiantes, eran literalmente sabios. La palabra “sabio” proviene de sapore; aquel individuo era el que sabía, el que saboreaba la comida y se cercioraba de que estaba en buen estado. Igualmente, el científico, el creador, no se limitan a asimilar pasivamente un conocimiento que ya existe, sino que tienen una necesidad vital de saborear lo ya creado y repensarlo creando un nuevo tejido ideal. Para ellos el problema no es el de la ciencia, sino el de su vida. Por eso, nada tiene que ver su ocupación con el gesto triste de quien repite una lección hipertrofiada y desnutrida.
En otras épocas, cuando la cultura no era tan basta, los hombres y mujeres medios podían asumirla, comprender esas ideas, conectarlas con su vida y vivificarlas de nuevo. Se quitaban así la costra inerme del estudiante y reutilizaban lo aprendido para transformar su propia realidad. Pero en un mundo como el nuestro, tan especializado, acaece que a la gran mayoría de las personas, la compleja e incomprendida cultura no les interesa en absoluto. Y entonces, se desencadena un proceso de rebarbarización. El ser humano medio de ahora es menos sabio que el de hace unos siglos. Es un primitivo moderno, inmerso en una selva de conocimientos que no entiende ni le importan. Rodeado de una tecnología que utiliza como si fuera parte de su naturaleza. Pero la tecnología sin un saber que la sostenga con el tiempo se desmorona.
Entonces, la solución a esta contradicción pasa por llevar a cabo una reforma de la pedagogía. Se trata, dice Ortega, de dotar de coherencia la acción del estudiante. Antes que obligarle a engullir afanosa y sufridamente todo ese saber coagulado que hemos ido acumulando, lo primero que hay que hacer es mostrarle la circunstancia en que fue creado, así como la razón de por qué lo necesita él ahora, en su vida. Sólo así, la educación puede recuperar su sentido: el de dar a todas las personas los conocimientos básicos para vivir a la altura de los tiempos y permitirles seguir creando nuevas transformaciones que emanen a la vez de sus propias necesidades vitales. Sólo entonces, crearemos verdaderos ciudadanos que no se adapten al medio, sino que adapten el medio. Hombre y mujeres que no busquen ser competitivos sino originales. Y entonces, sólo entonces, en definitiva, profundizaremos en la personificación de los seres humanos y no en su farsa y cosificación.
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Licenciada en Periodismo
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