TRIBUNA
El terror camuflado de la diversidad cultural
Ignacio Fernández Candela
jueves 08 de enero de 2015, 22:20h
Existen dos modos de sucumbir ante las amenazas contra la libertad de los pueblos: ignorarlas o temerlas. En cualquiera de los casos, ya sea por indolencia o por miedo a actuar, los terrores acaban convirtiéndose en realidad. El Estado Islámico no libra sus guerras lejos de las fronteras europeas, tan solo no ha llegado el tiempo en que sí lo hará. Facilidades las tiene todas si no se reacciona acorde a lo que supone su existencia destructiva. Al Queda lo ha dejado sangrientamente patente en Paris.
George Whashington advirtió que estar preparado para la guerra es la manera más eficaz de conservar la paz. Se ignoró en los prolegómenos de la II Guerra Mundial, cuando la tibieza de Chamberlain, entre muchos otros, el appeasement contemporizador ante la política expansionista hitleriana, facilitó el posterior hostigamiento militar contra un mundo obligado a la confrontación cuyos daños podrían haber sido minimizados si no se hubiera dejado a la Alemania del III Reich llegar tan lejos sin ninguna clase de oposición. El dicho "dos no pelean si uno no quiere" es absolutamente cierto, toda vez que si uno no se defiende de una agresión se convierte en víctima, no en contendiente. Las confiadas víctimas de la II Guerra Mundial dejaron que primero el depredador tomara posiciones para saltarles a la yugular, para luego tener que combatir y librarse de él. En el siglo XXI ya no existen fronteras que traspasar; el asalto es por método de implosión, con el enemigo aposentado en el hogar de los que ofrecen cobijo, sin reparar en el arma que esconden los huéspedes a la espera de apoderarse de los sustentos y las vidas de los confiados, progresistas hospedadores.
La cobardía y la carencia del instinto de supervivencia por lo propio están generando un perjuicio cuyas consecuencias podrían derivar en violencias encadenadas, a modo de conflicto armado librado en tierra de infieles. Así de imprudentemente sucedió que, en los prolegómenos de la II Guerra Mundial, presos algunos de admiración complementada por la cobardía, llegaron a denominar a Hitler pacificador en tanto conformaba un ejército dispuesto a invadir todo. Después, durante la guerra fría, tanto EEUU como la URSS mantuvieron un pulso basado en la hegemonía armamentística que arredraba la actuación de cada contendiente. Esos tiempos quedaron atrás no pareciendo mejores los que vienen.
En la actualidad, Europa no se reconoce en su Historia para prevenir ofensivas, e insiste en la apertura multicultural cuando la cultura particular de cada uno de los países que la integran está siendo fagocitada de modo tan abusivo como permitido. Así no es extraña la generación de corrientes como Pegida-Patriotas europeos contra la islamización de Occidente- en Alemania, previsiblemente en aumento, que advierten sobre el peligro que conlleva acoger a quienes buscan la aniquilación de los anfitriones. No lo están haciendo bien los políticos dejando que frente al atropello prolifere la comprensión por los fanatismos que, lejos de ser cultura, se han transformado en una amenaza capaz de arrancar las raíces democráticas de las que todavía nos alimentamos cercados por múltiples enemigos.
La multiculturalidad es una asignatura pendiente en una Europa que aún no comprende que el respeto y la condescendencia son factores indispensables para convenir en una mezcla de intereses acendrados por el enriquecimiento pleno de una sociedad plural y constructiva. Europa bajo el proceso de islamización está muy lejos de esa quimera. Si al proceso de fanatización se agrega el oportunismo radicalista de alguna izquierda siempre dispuesta a sacar tajada de la desintegración y el desorden, tampoco es de extrañar la aparición de extremismos como el Syriza en Grecia o Podemos en España, dispuestos a polarizar el descontento para imponer un modo de gestar el fin de las libertades contra todo un sistema ajeno todavía a las "excelencias" comunistas.
No debe confundirse el sentido común con la xenofobia, aunque ahora parezcan darse de la mano con reivindicaciones que son del todo diferentes. El sentido común identifica al maleante, sea de la raza que sea, y lo combate. No hemos de permitir que el delincuente se escude en su color de la piel o creencia religiosa para excusar sus execrables actos. La prudencia no es xenofobia.
La aparición de las exigencias xenófobas viene precedida de un mal entendido carácter humanitario que mira por lo ajeno al precio de sucumbir en lo propio. No hay manera de cuidar nada si termina uno descuidándose por lo suyo. Eso es una falta de prudencia capaz de generar daños tal cual se prescindiera del instinto básico de la supervivencia. Europa es víctima de sí misma alimentando la hostilidad de algún multiculturalismo que no respeta el lugar donde es acogido, sino que dispensa toda clase de desprecios que abogan por la aniquilación del infiel. Algo muy malo pasa cuando se legalizan concentraciones de fanáticos que amenazan con destruir la civilización occidental. Algo terrible sucede cuando esas manifestaciones se convocan en ciudades europeas bajo la atenta vigilancia de la Policía que vela por el derecho de expresión de quienes ejercen la prédica del odio contra las naciones que los cobijan.
Algo execrable provocan los políticos cuando un barrio entero de Lavapies en Madrid ha de defenderse en coordinadoras para contrarrestar la dictadura imperante de magrebíes que han sometido a los ciudadanos bajo la amenaza, la extorsión y el negocio de la droga que los jueces permiten, dejando en libertad a los maleantes que la Policía se esfuerza en detener para nada. Así ocurre en muchos lugares de nuestro país donde unos cuantos piensan que la multiculturalidad consiste en dejar que nos avasallen, además de entregar lo nuestro y rendirnos a la evidencia de nuestros históricos abusos contra la morisma.Colaboracionistas del enemigo pululan en esta España donde cada cual busca sus parasitarios intereses defendiendo la islamización de Europa.
Muchos españoles no sienten animadversión por las buenas gentes que llegan desde otros países. Bienvenidos todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Bienvenidas cuantas personas, sean de la raza que sean y de cualquier religión que profesen, vivan integradas con satisfacción y agradecidas por el recibimiento. Otra cuestión es la beligerancia sobrante y que ha de ser neutralizada. Bajo ningún concepto falsamente humanitario, un país y sus ciudadanos pueden perder su propia identidad por la imposición de las costumbres o creencias que profesen los multiculturales acosadores.
Charbonnier, Cabu, Tignous, Wolinski, Maris, los dibujantes masacrados, eran pocas voces por la libertad de expresión ante el rodillo aniquilador del fanatismo religioso. No bastaba una mera custodia policial para evitar matarlos, en tanto en el país se acrecentaba el extremismo que ha terminado por irrumpir de manera imprevisible en la convivencia de los ciudadanos. Los caricaturistas estaban solos y así los asesinaron.
El brutal atentado contra Charlie Hebdo es una consecuencia de la permisividad ante el mal entendido multiculturalismo que Hollande y otros han extendido como una plaga, hasta el punto de que Francia ha reaccionado virando hacia la radicalidad de Le Pen, como auxilio contra los males que aquejan a una ciudadanía en el hartazgo de ser explotada por el impulso de una inmigración beligerante contra los propios franceses.
No será que sobren las advertencias. Advertencias que serán inútiles para evitar el terror continuado si no se toman medidas de defensa y protección contra los salvajes que esperan el momento para lanzarse a la yugular. Tal cual lo hizo Hitler pretendiendo, como los yihadistas, dominar el mundo.
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Escritor-Crítico literario
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