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TRIBUNA

Freud no trabajó (II)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 09 de enero de 2015, 20:33h
En dos coyunturas decisivas para la convivencia nacional, 1939 y 1975, el creador del psicoanálisis semejó declararse en huelga ante una sociedad que necesitaba imperiosa y urgentemente de sus saberes y doctrinas a fin de recortar el horizonte de angustias y frustraciones que atenazaba a sectores significativos de la población. En ambas ocasiones, desconocemos en alto grado testimonios directos e irrefutables de las capas “bajas” por sus ingresos económicos y situación material, aunque no es aventurado imaginar que buen número de sus integrantes fueron víctimas del depresivo estado anímico indicado. Más información, por el contrario, se dispone respecto de las llamadas clases “altas” y elitistas.

En éstas, a juzgar por el comportamiento y juicios de muchos de sus miembros durante el tardofranquismo y la Transición, utilizaron con enorme parquedad el diván freudiano para curar sus actitudes teratológicas; con secuelas elevadamente nocivas para una fecunda convivencia social en dos estadios cruciales de la trayectoria más reciente del país.

Alejada de la actualidad la primera de las fechas más atrás mencionadas, se ejemplificará el poco trabajo desplegado por alguien tan laborioso y conocedor de los males contemporáneos como el gran galeno austríaco, buen conocedor del castellano y amante casi extremoso de algunas de las más grandes creaciones de nuestra literatura, con parte de las posiciones adoptadas por algunas de las más relevantes personalidades del abrillantado periodo de la Transición y su inmediato precedente: el del tardofranquismo.

Harto sabido es como en ambos D. José María de Areilza ejerció un protagonismo descollante en los escenarios públicos de mayor repercusión y ascendiente: Prensa, Televisión, Academias, Foros y Tribunas de la máxima audiencia…Bilbaíno del más acrisolado pedigrí por legado de su buen padre, el célebre Dr. Areilza, eminencia galénica en el “Bocho” del reinado de Alfonso XIII, progresista y admirado por los dirigentes del todopoderoso PSOE vasco, el primer ministro de Estado de la monarquía de Juan Carlos I, casado con la condesa de Motrico, expresidente del Consejo Privado del infante D. Juan y antiguo embajador de Franco en Washington y París y en posesión de una cuantiosa fortuna, acostumbraba a culpabilizar, con el más severo lenguaje, a la “derechona” de todos los obstáculos que impedían al final de la dictadura y en el arranque de la recuperación de las libertades, la navegación normal y fecunda por las aguas de la modernidad y el equiparamiento en todo con los países de nuestro entorno.

En manera alguna cabe preterir o infravalorar su testimonio. Conocedor de primera mano del asfíctico clima de la alta burguesía integrista educada pacientemente a la sombra de la orden religiosa de mayor patrimonio y potencia integrista de la muy tradicional Iglesia española, el desempeño de la Alcaldía de su ciudad tras la entrada en ella de las tropas “nacionales” (verano,1937), y, sin solución de continuidad, la responsabilidad suprema de la Dirección general de Industria, estrecharon sus lazos con los citados medios sociales y ensancharon sus conocimientos acerca de la mentalidad inmovilista de amplios estratos de la oligarquía financiero-industrial de su región y la de los sectores con ella identificada y a su remolque en gran número de tesituras e intereses. En esa fase, en el llamado “primer franquismo”, era, incuestionablemente, la ocasión más sazonada para denunciar sus rigideces y egoísmo y, consecuentemente, alejarse todo lo posible de su territorio de caza. Sin duda, las “conversiones” no saben de hora ni de momento para llevarse a cabo. Pero ya a finales de los sesenta e inicios de los setenta quemar, airada y clovedianamente, lo que se había adorado, comportaba contribuir a la ceremonia de la confusión, tarea vetada a cualquier espíritu de mínima auto-exigencia. Para no deturparse, las conversiones han de buscar obsesivamente la sombra amiga del silencio.
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