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TRIBUNA

El desafío islamista

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 12 de enero de 2015, 20:37h

Se minimizan los bárbaros atentados de París si se les considera, exclusivamente, como un ataque a la libertad de expresión. Lo fueron, desde luego, pero, mucho más que eso han sido una sangrienta y contundente manifestación de la guerra a muerte contra la odiada civilización occidental y cuanto significa, que lleva a cabo esa parte del islam que practica la yihad –un concepto complejo en la teología islámica- pero que en la actualidad se entiende como la utilización de los métodos más radicales y violentos para someter (la propia palabra islam significa “sumisión”) a la sharia -la implacable interpretación fundamentalista de los preceptos coránicos -tanto a los “infieles” que se niegan a convertirse a esa “única y verdadera fe”, como a los malos musulmanes, considerados como “apóstatas”, que se han apartado, por su comportamiento “desviado”, de esa rigurosa visión.

Sin entrar ahora en los abundantes precedentes históricos y doctrinales que se manejan para intentar justificar esta guerra a muerte contra el “corrompido” Occidente, es bien sabido que este desafío existencial se recrudece desde la aparición de Al Qaida, fundada por el millonario saudí, Osama bin Laden, y que tiene como fecha mejor conocida de su funesta entrada en la historia, el 11 de septiembre de 2001, aunque ya había actuado anteriormente. Un importante sector de intelectuales, teólogos y gobernantes musulmanes ha rechazado desde el principio el uso del terrorismo con supuestos fines religiosos, en parte por convicción y en parte porque, algunos de ellos –tachados, precisamente, de apóstatas- se han sentido amenazados por este yihadismo salafista, cuya principal consigna movilizadora es que todos los males de los musulmanes y, específicamente, de los árabes, tienen remedio y solución si se vuelve a los orígenes. Se trataría de regresar a aquella brillante época de los califatos, primero el omeya de Damasco, después el abásida de Bagdad, que ahora quiere resucitar, en su versión más salvaje e inhumana, el mal llamado “Estado Islámico”.

Pero la división interna del mundo musulmán es una realidad y la denominada por los americanos “calle árabe”, los sectores más populares, han sido siempre muy receptivos a esa visión yihadista, como se mostró en las manifestaciones en varias ciudades árabes que “celebraron” los atentados del 11/S. En el otro extremo, he hablado con ministros u otros dirigentes árabes, plenamente convencidos de la necesidad de luchar contra el terrorismo yihadista y nada me autoriza a pensar que no eran sinceros. Pero, a veces, si la entrevista era con responsables políticos o intelectuales de otro nivel, la crítica a Occidente era patente y explícita. Y he tenido la oportunidad de encontrarme también con el ministro de Exteriores de un importante país árabe, hace ya unos años, que por su trayectoria diplomática, su conversación y hasta su atuendo parecía muy occidentalizado…hasta que surgió la cuestión de las polémicas caricaturas de Mahoma, que acababan de publicarse en un periódico danés, y nos echó una inolvidable y sonora bronca a sus visitantes, que salimos de su despacho como si nosotros hubiéramos sido los culpables dibujantes.

Hay, pues, un desafío islamista contra nuestra civilización y nuestro sistema de valores. En la medida, claro está, que el relativismo imperante no ha convertido a esos valores en un lejano recuerdo histórico, que el viento se llevó y que no hace falta que nos los ataquen desde fuera porque ya están suficientemente subvertidos desde dentro. Lo que es cierto es que la políticamente correcta blandura con que se aborda este reto existencial, el apaciguamiento e incluso la rendición preventiva tan del gusto de ciertos políticos europeos explican la bárbara insolencia con esos diversos grupos de fanáticos descerebrados se atreven a atacarnos en Nueva York, Washington, Madrid, Londres o París.

Francia ha sido tradicionalmente generosa con los emigrantes que se han integrado en su Nación, como saben miles de polacos, italianos españoles o portugueses. Pero la tesis, cara a la izquierda, de que estos terroristas salvajes de origen musulmán son fruto de la exclusión social, de la incapacidad de nuestras sociedades a integrar en su seno a estos inmigrantes, algunos de segunda o tercera generación, no se tiene en pie si se estudian los datos. Muchas personas procedentes del mundo islámico se han integrado perfectamente y se sienten orgullosos de su nueva identidad nacional y se sumaron con dignidad a la magna manifestación del pasado domingo en París. Es posible la plena integración, no la asimilación, con respeto a las diferencias respetables -sin caer en esa comprobada estupidez que es el multiculturalismo, que divide a la sociedad en guetos- porque la imagen del melting pot, no es una exclusiva de los Estados Unidos. Sucede que hay otros que no han querido nunca integrarse porque entienden que su identidad es otra, incompatible con la europea, o porque han sido víctimas de las campañas de sensibilización islámica que, tan eficazmente, llevan a cabo los grupos yihadistas.

Es bien sabido que ciertos imanes que existen en algunas mezquitas de nuestros países, se han convertido en agentes y centros de reclutamiento de terroristas, que tras su entrenamiento en Siria, Irak o Yemen en el arte del asesinato o de la guerrilla (¿cómo es posible que algunos periódicos hablen, en estos casos, de “formación”) vuelven a los países de los que son “nacionales”, con el designio de trabajar violentamente por la causa. Ben Bella, el primer presidente independiente argelino, dijo que “el futuro de Europa está en el vientre de nuestras mujeres”. Preveía el suicidio demográfico de Europa y se mostraba dispuesto a llenar ese vacío con sus propias gentes. Pero Europa estaba en otra cosa, encerrada en su frívolo egoísmo y en traicionarse a sí misma, un día sí y otro también, como hacen siempre las sociedades decadentes.

Pero quiero subrayar que el desafío islamista no va sólo contra Occidente. Su primer objetivo son las sociedades musulmanas que no se rinden ante el yihadismo. Nos horrorizan justamente los 20 muertos (incluidos los tres terroristas) de París pero nos olvidamos de las víctimas que, casi simultáneamente, se han producido en diversas sociedades musulmanas. Un atentado en Estambul, dejó un policía muerto y varios heridos (7 de enero); otro en Sanáa, capital de Yemen, dejó 37 muertos y más de 60 heridos (8 de enero); en Mali varios ataques a principios de enero han dejado en el ejército y en los “cascos azules” un número indeterminado de muertos y heridos; El grupo terrorista islamista Boko Haram ha dejado en el noreste de Nigeria en estas dos últimas semanas más de dos mil muertos y centenares heridos, utilizando como terroristas suicidas, con una crueldad infinita, a niñas de diez años. Y a diario en Siria e Irak los salvajes de ISIS matan por decena o centenas a las minorías cristianas o yazidíes, pero mucho más, porque son más, a la mayoría musulmana, especialmente si es chií o no se pliega a sus exigencias. No olvidemos que los muertos de aquellos infelices países son mucho más numerosos que los nuestros.

Los responsables musulmanes, más bien silenciosos durante mucho tiempo, empiezan a manifestar su rechazo de estos ataques terroristas y es una actitud que debe agradecerse. Los atentados de París han mostrado cómo esos responsables, con algunas excepciones, también se han movilizado. Pero el rechazo y la condena no son suficientes. El mal llamado “Estado Islámico” o ISIS ha creado un ejército de varias decenas de miles de combatientes, maneja tecnología armamentística y de comunicación modernas, tiene elevada financiación (petróleo vendido de contrabando) y ocupa territorio, incluidas ciudades importantes como Mosul. Frente a él solo cabe la aniquilación total, como reconocía hace bien poco, el ministro de Asuntos Exteriores en un programa de televisión. Occidente, por supuesto, se debe defender a sí mismo y es de esperar que los atentados de París sean un revulsivo. Pero “las botas sobre el terreno”, por usar otra expresión que manejan los americanos, las deben poner los países musulmanes. Estados Unidos y sus aliados atacan desde el aíre, pero corresponde a los de allí salir a batallar contra estos bárbaros, como ya hacen con eficacia los peshmergas kurdos. Y aniquilarlos completamente porque en ello les va su propia supervivencia. Irak, sobre todo, tiene que borrar la pésima imagen que dejó su ejército, huyendo de mala manera ante los invasores yihadistas.

Los sucesos de París suscitan muchas otras cuestiones pero, para terminar, quiero referirme exclusivamente a una que me parece de la máxima relevancia: La imagen de unidad y patriotismo compartido que han dado todas las fuerzas políticas francesas (el tema del Frente Nacional merecería otra reflexión más detenida), simbolizada por la entrada en el Elíseo del ex-presidente Sarkozy, recibido en la puerta por Hollande. Y por el millón y medio de participantes en la magna manifestación ¡A años luz de distancia del espectáculo que aquí dio la izquierda después de los atentados del 11 de marzo de 2004! Nunca se ha producido una utilización partidista más bochornosa de un atentado de aquella magnitud, con gritos en aquella lejana manifestación bajo la lluvia de “¡Esto nos pasa por tener un gobierno facha!” y con gritos de “asesinos”, dirigidos no a los terroristas autores de la masacre, sino a los miembros de PP que participaban en la manifestación. Y hablo de lo que vi. Es triste comprobar la diferencia entre aquel Madrid y este París ¡Y qué me dicen de esos sectores de la izquierda que ahora quieren penalizar la blasfemia (porque va contra el islam) pero que no abrieron la boca cuando se trataba de ataques contra el cristianismo. ¿Somos de verdad una democracia madura?

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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