TRIBUNA
Fanatismo frente a libertad
miércoles 21 de enero de 2015, 20:09h
Los atentados en París y las operaciones antiterroristas al este de Bélgica y en Grecia han puesto sobre la mesa el importante pero difícil equilibrio que debe existir entre dos valores complementarios o, como diría Mariano Rajoy, “siameses”: libertad y seguridad. Si no queremos caer en los peligros que acechan al autoritarismo cuando monopoliza no sólo el poder legislativo sino hasta el político y moral asfixiando las libertades individuales, debemos tener muy presente una de las premisas básicas del Estado de Derecho: <<No se puede conquistar un orden social seguro a cualquier precio>>. Con palabras que contradirían el pensamiento hobessiano: Nuestras libertades individuales no pueden quedar en ningún caso menoscabadas bajo el pretexto de conquistar una sociedad más segura.
La gran marcha de París supuso una contundente reacción frente al yihadismo islámico pero además tuvo el acierto de revelar la necesidad de construir un patriotismo democrático, republicano, inclusivo. Se trataría ahora de que esta deseable fórmula tomase verdaderamente cuerpo en el ámbito de la Unión Europea puesto que solo desde una posición que reconoce que el Islam como religión pisa fuerte en países de nuestro entorno cultural europeo, como Francia y Alemania, se puede crecer en esa política inclusiva tan necesaria para la sociedad multicultural de nuestros días. A fin de cuentas, el pluralismo constituye un valor ineludible para las democracias occidentales y es por ello que juega un papel capital dentro del entramado normativo del propio Tratado de Lisboa.
Como no podía ser de otro modo, el verdadero respeto al pluralismo se exige también en el ámbito religioso y no precisamente para conducirnos hacia la inseguridad material y existencial sino para ayudarnos a cimentar las bases de una sociedad tolerante, donde tienen cabida las ideas y creencias religiosas de todos siempre que éstas no contravengan el orden público ni rompan las reglas del juego democrático. Este es así el único límite infranqueable.
La cuestión que nos asalta estos días es cómo conseguir reconciliar el islam con la libertad de expresión. Pensemos que en nada menos que doscientos colegios franceses se registraron incidentes tras los atentados en París, envueltos bajo el lema de “la escuela no es Charlie”; cuatro muertos, cuarenta y cinco heridos y diez iglesias incendiadas en una ciudad de Níger; dos heridos de bala en Pakistán; disturbios en Ammán, la capital jordana; choques entre manifestantes y policías en Argel, etc. Sin embargo, de todas las protestas que se han venido repitiendo estos días contra las viñetas de Mahoma interesaría reflexionar sobre la del mandatario turco, Recep Tayyip Erdogan, al haber advertido éste del riesgo de que se pudiese producir un “choque de civilizaciones”, algo que por cierto no es nuevo sino que ya había apuntado en diversas ocasiones de nuestro pasado más reciente. Y es que no es la primera vez que el mundo islámico se revoluciona por la reproducción en varios diarios europeos de caricaturas del profeta Mahoma. De hecho, fueron doce las caricaturas de Mahoma publicadas por el Diario danés Jyllands-Posten el 30 de septiembre de 2005 y reproducidas por numerosos periódicos de Europa en los días siguientes.
Hace así casi diez años que las caricaturas de Mahoma vinieron a recrudecer las antinomias entre el islam y lo que entendemos por Occidente, pero también entre el islam radical y el islam moderado, en una Europa que tenía entonces un 5% de población musulmana frente al 4% actual, lo que parece en todo caso desmontar el argumento de los que defienden una supuesta islamización de Europa.
Como ya se apuntó entonces, dentro de la religión islámica la representación física del profeta está vedada, prohibida, aunque sea ésta incluso elogiosa o en tres dimensiones –como podría ser una escultura-, por poder conducir cualquier manifestación que se haga a la idolatría. Y es por ello que ya en el año 2005 numerosos países árabes consideraron ofensivas las caricaturas y la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) instó entonces a realizar protestas pacíficas. Asimismo, las instituciones danesas en países árabes estuvieron afectadas por la polémica, y se produjo un boicot de los productos de Dinamarca y Noruega, país este último donde también habían aparecido los dibujos. Como era de esperar, Turquía entonces tampoco quedó al margen de las airadas respuestas por dicha publicación. La asociación de comerciantes turcos impulsó el boicot de los productos daneses, manifestantes indignados quemaron símbolos daneses y franceses en las calles de Ankara y Estambul, y en Trabzon, al norte, un adolescente disparó a un párroco italiano, gritando antes “¡Alá es grande!”.
Si se recuerda, el ya entonces primer ministro de Turquía, Tayyip Erdogan, firmó, junto al jefe del Gobierno español de entonces, Rodríguez Zapatero, un artículo en el International Herald Tribune llamando a la calma e insistiendo en la “Alianza de Civilizaciones”. En dicho artículo ambos dirigentes destacaron la importancia que tenía “en un mundo en el que los intercambios entre civilizaciones se multiplican” el cultivo de “valores de respeto, tolerancia y coexistencia pacífica”. Entonces se dijo algo que me gustaría recuperar para el debate actual: “La publicación de las caricaturas puede ser perfectamente legal, pero pueden ser rechazadas desde el punto de vista de la moral y la política”. Efectivamente, creo que los musulmanes están en su derecho de sentirse ofendidos por las caricaturas que se hayan podido hacer del Profeta Mahoma pero en ningún caso ello justifica el uso de la violencia como resarcimiento.
No se pueden emprender acciones terroristas bajo el pretexto de la religión, sea cual sea ésta. Aun cuando la publicación de las caricaturas de Mahoma pueda implicar un ataque a los valores espirituales musulmanes no pueden justificarse acciones terroristas al margen de la legalidad que arrebatan un valor verdaderamente sagrado a nivel universal: el derecho a la vida.
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Catedrática de Filosofía del Derecho
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