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Crónica de América

Golpes de ciego en el caso Nisman

sábado 24 de enero de 2015, 19:48h
Actualizado el: 25 de enero de 2015, 18:54h
Golpes de ciego en el caso Nisman
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La torpe gestión de Cristina Fernández agrava la crisis. Por Rafael Fuentes

El vuelco radical a las primeras explicaciones dadas sobre la muerte del fiscal federal Alberto Nisman por la presidenta de la República Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, no hace más que arrojar más gasolina a un escándalo que no ha conmovido y movilizado solo al conjunto de la sociedad argentina, sino que posee amplias repercusiones internacionales y que presupone un nuevo golpe desestabilizador contra las instituciones del país. La presidencia de la República, el poder instituido y todo el oficialismo llevan toda la semana dando golpes de ciego y tumbos sin sentido de un lado a otro, en lo que pareciera una patética borrachera del kirchnerismo por autojustificarse y dar explicaciones a todas luces contradictorias sobre el sinfín de frentes que la muerte de Nisman abre a cada paso.

El hallazgo del cadáver del fiscal federal se produjo horas antes de comparecer en la Cámara de Diputados para exponer su denuncia contra Fernández de Kirchner y algunos de sus colaboradores por encubrir las responsabilidades de Irán en el atentado con coche-bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), de Buenos Aires, con ochenta y cinco personas muertas y trescientos heridos, el mayor ataque terrorista en Argentina y la más mortal agresión contra la comunidad judía desde la II Guerra Mundial. Días antes, Alberto Nisman había denunciado públicamente ante las cámaras televisivas que temía por su vida si seguía adelante hasta completar la acusación en los tribunales. Su muerte, con un disparo en la cabeza, confirmaba brutalmente esos temores y significaba un bárbaro y quizá definitivo zarpazo a la denuncia judicial sobre unos hechos que ya se han llevado por delante las carreras profesionales de otros juristas.

La respuesta a este feroz desenlace fue orquestada -precipitadamente- desde la Casa Rosada, en lo que claramente parecía un rapto de pánico. El fiscal federal había interrumpido sus vacaciones, había vuelto antes de tiempo, había sorprendido a las autoridades fuera de juego y horas antes de declarar aparecía con el cráneo perforado por una bala. Cristina Fernández de Kirchner fabuló un relato sobre lo sucedido a través de una carta en su cuenta de la red social de Facebook. En ella se preguntaba por qué Nisman les había sorprendido volviendo tan pronto, por qué había coincidido con las denuncias de la prensa independiente por la casi nula representación argentina en la manifestación de París contra el crimen de Charlie Hebdo, y por qué había pedido prestada una pistola de pequeño calibre cuando vivía rodeado de grandes medidas de seguridad. La respuesta a esta sarta de interrogantes fabricados por la propia Cristina Fernández no es otra -no podía ser otra- que una supuesta confabulación contra su persona. Escribió en Facebook a modo de síntesis: “Otra vez: tragedia, confusión, mentira e interrogantes.”

¿Entonces, a qué se debió la muerte de Alberto Nisman cuando iba a dar el paso definitivo de presentar sus pruebas en el Parlamento? La propia mandataria lo aclaraba al comienzo de su misiva: a un suicidio. Toda la maquinaría oficial venía trabajando orquestadamente en esa dirección. Nisman se habría suicidado. ¿Pero por qué, si tenía a punto su intervención parlamentaria? Los sectores oficialistas no dudaron en tirarse a la piscina: porque llegaba la hora de la verdad y no poseía auténticas pruebas.

El relato articulado de esta manera desde la Casa Rosada se revelaba como una verdadero apaño dialéctico, improvisado entre el nerviosismo y el pavor a la opinión pública. La narración resultaba de una ineptitud más que preocupante. ¿Una trama cuidadosamente urdida y publicitada cuyo protagonista se pega un tiro en la sien porque no tiene ningún tipo de prueba real o inventada? ¿Cómo encaja una explicación tan contradictoria e inverosímil? Este insulto a la inteligencia despertó reacciones enconadas de todos los sectores no kirchneristas. Los políticos de la oposición desmontaron con prontitud y lucidez la improvisada fábula de la Casa Rosada.

La diputada Patricia Bullrich sintetizó perfectamente las críticas que proliferaron en los más diversos grupos políticos argentinos. Ante todo apuntó a la cruel frialdad con la que Cristina Fernández afrontó la muerte de un oponente, con el mismo desapego que mostró cuando bailaba ante las cámaras de televisión en el palacio presidencial mientras enterraban a las víctimas de los disturbios y saqueos que asolaban Argentina en diciembre de 2013. Para Balldrich la carta era “mezquina en cuanto vuelve a lo mismo que hicieron con el fiscal al atacarlo, querer ponerlo en el lugar de la responsabilidad, es como si la muerte del fiscal a la presidenta no le hubiera causado nada.” Patricia Balldrich insistió, asimismo, en que era inaceptable presentar una hipótesis -la del suicidio- como un hecho incontrovertible, afirmando: “Evidentemente sacaron una línea oficial y todos la llevaron adelante.” El prestigioso Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) apuntó a un asunto aún de mayor calado: la muerte del fiscal Alberto Nisman se debía a una maniobra para encubrir a los autores del gran atentado antijudío de AMIA que él venía investigando, objetivo obstruccionista en el que colaboraban “sectores de la Justicia Federal, de las agencias de Inteligencia, de las fuerzas de seguridad y del sistema político.” Nisman, en realidad, más que conspirar, se habría enfrentado quijotescamente a un gigantesco entramado mafioso dotado de reacciones sumamente peligrosas. Ante la carta de Cristina Fernández, el titular del CELS, Horacio Verbitsky, la desautorizó con más nitidez: “No me animo a decir que es un suicidio. Hasta que no me demuestren que fue un suicidio, no voy a afirmar que es un suicidio.”

En medio de la confusión promovida por la Casa Rosada y la tinta de calamar lanzada por el oficialismo, una voz particularmente autorizada: la de Gustavo Perednik sintetizó con lucidez las auténticas cuestiones de fondo del escándalo. Perednik no solo es un reconocido especialista en Oriente Medio, sino también un investigador del atentado contra el centro hebreo en Buenos Aires. Sus conclusiones quedaron plasmadas en una crónica novelada cuyo título se revela sumamente significativo: Matar sin que se note (Planeta). Gustavo Perednik mantenía asimismo una estrecha amistad de muchos años con el fiscal Alberto Nisman. Sus deducciones eran elocuentes, a partir de informaciones de primera mano. Para él, el atentado contra el centro judío se decidió en Teherán, pero su ejecución requirió la intervención de colaboradores internos argentinos. Por ello, el primer juicio, que requirió diez años de investigación, desembocó en un absoluto fracaso. En declaraciones a Perfil.com explicó: “Cuentas bancarias y viajes secretos habrían hecho imposible dilucidar las responsabilidades del atentado iraní, que prosperó con ayuda local.” Para Perednik, la primera investigación había ido acompañada de una “red de encubrimiento tejida al unísono que la causa judicial que investigó el ataque terrorista.” El resultado fue que la sentencia fue anulada y concluyó, por el contrario, en una investigación a los investigadores del atentado, que fueron expulsados de la administración de justicia. En su crónica Matar sin que se note, Gustavo Perednik creó un neologismo: “convivimar”, que básicamente alude al intento de culpar a las víctimas de un atentado de la responsabilidad del crimen.

En tales casos, la víctima es presentada públicamente como la culpable. Sucedió con las Torres Gemelas de Nueva York, sobre las que se lanzó la teoría de una demolición realizada por los servicios secretos norteamericanos para culpar a yihadistas (es una teoría demencial que aún mantiene viva en España el partido político Podemos). Sucedió también en el atentado contra el centro hebreo bonaerense AMIA, y ahora acaba de ocurrir con el fiscal Nisman, que había relanzado las pesquisas y había asegurado públicamente haber dilucidado la red de encubrimientos. Muerto Nisman, el culpable era Nisman. La presidenta Cristina Fernández ejercitaba ese neologismo de Matar sin que se note: convivimar al fiscal. El responsable era Nisman, primero por maquinación. Yel responsable era asimismo Nisman, por suicidarse. Asunto resuelto en pocas horas.

En las páginas de Clarín, Gustavo Perednik aumentó el tono recriminatorio, al desautorizar a Cristina Fernández: “Dejemos de hablar de suicidio, a Nisman lo asesinaron. Los enemigos de Nisman son los que lo mataron.” Al mismo tiempo confirmó el clima de amenaza en el que vivía su amigo fiscal. En varias ocasiones le advirtió amistosamente: “Te estás metiendo en una caverna, los riesgos son cada vez mayores. Pero él respondía con una humorada siempre. Tratábamos de moderarlo porque él buscaba luchar contra la corrupción.”

A la vez que estas reacciones contra la versión oficial de los hechos, la estricta investigación de lo ocurrido arrojaba datos siniestros: no había rastros de pólvora en la mano de Nisman, sus escoltas no vigilaban ese día, era fácil entrar en su apartamento, la pistola fue disparada a una distancia incongruente con un suicidio, funcionarios del Gobierno llegaron antes que las autoridades competentes y sobre ellos se cierne la sospecha de alterar el escenario del caso…, y un largo etcétera de incoherencias que con toda seguridad darán lugar a más revelaciones sorprendentes conforme avancen las averiguaciones del homicidio, que sin duda aún depara inesperadas vueltas de tuerca.

Más allá de la vertiente criminal y centrándose en la dimensión estrictamente política del caso, la enorme torpeza de la Casa Rosada incrementó todavía más la indignación popular, originando manifestaciones masivas en distintas ciudades del país, aglutinadas bajo el lema: “Yo soy Nisman.” Para una ciudadanía cada vez más golpeada por la inseguridad y el fortalecimiento de clanes mafiosos, la muerte de Nisman ratificaba sus peores sospechas. Como resumiese el actor Ricardo Darín: “¿Si un fiscal federal no está a salvo, qué pasará con un ciudadano común?” La población no creyó en ningún momento en la hipótesis del suicidio, y a sus ojos el asesinato de Alberto Nisman era un crimen contra las garantías democráticas que trataba de ser encubierto nada menos que desde la presidencia.

¿Cómo es posible tal grado de torpeza en Cristina Fernández, capaz de exacerbar hasta el extremo un asunto ya de por sí envenenado? Solo el estilo de ejercer el poder en el kirchnerismo puede explicarlo. Escribir una carta en una red social como Facebook ha sido considerado en medios internacionales como un síntoma de inmadurez y de precariedad ideológica. Aun por simple estrategia, una declaración institucional respaldando a los investigadores policiales y a la acción de la justicia, habría sido un importante gesto de estabilidad. Pero Cristina Fernández prefirió escribir un relato -con estereotipos estilísticos propios de las peores novelas de la serie negra, como “confieso que un frío me recorrió la espalda” -, dirigido a dar una sentencia sobre lo sucedido y acusar sin apelación a la víctima. La presidenta suplantaba así a la policía, cuyas pesquisas apenas se habían iniciado, y usurpaba el papel de fiscales y jueces para dar una resolución al caso que se adelantaba a la de cualquier tribunal. El estilo “Kirchner” de burlarse de las instituciones del Estado resplandecía con el más absoluto descaro. Todos bailaban al son marcado por la presidencia, provocando una nueva y más profunda grieta en el deterioro institucional. Una actitud absolutista con el propósito de concentración de todos los poderes bajo una sola mano que no es nueva, pero sí más hiriente e indecente cuando estaba orientada al ya viejo juego de manos de presentar a la víctima como culpable.

El grito de “Yo soy Nisman” y la acumulación de evidencias, han acorralado durante toda la semana al poder oficialista. Y en ese instante se ha obrado un cambio súbito. Ahora la presidenta ha escrito una segunda carta en la misma red social Facebook, diciendo aparentemente lo contrario que en la primera: ahora sí cree que Alberto Nisman fue ejecutado por una mano asesina. Cambio de planes. La rectificación toma con el pie cambiado al kirchnerismo en el poder. Periodistas, políticos, policías, funcionarios de la justicia que habían hecho un axioma del suicidio quedan en falso ante la ciudadanía y están realizando patéticos malabarismos para desdecirse y a la vez sumarse a la nueva posición oficial. Un ejercicio de travestismo de la opinión que resultaría jocoso si no tuviera un sustrato tan siniestro y trágico.

El cambio, en realidad, es de matiz. Para la presidenta, Alberto Nisman ya no es un conspirador, sino algo peor: un incompetente títere manejado a su gusto por los conspiradores. Y por lo tanto responsable de dejarse manipular por los maquinadores que le han dado muerte. Los grandes errores políticos de la primera carta se repiten, sin embargo, punto por punto en esta segunda. No hay declaración oficial. Esta se sustituye por una historia novelesca. La presidenta Cristina Fernández suplanta de nuevo el trabajo de policías y jueces para constituirse en investigadora, fiscal y tribunal que dicta sentencia de una sola vez. El arrogante desprecio a las instituciones se repite, fracturando su independencia aún más. Una forma de contribuir a esa inseguridad jurídica que ha marcado toda la trayectoria del kirchnerismo.

Esta segunda torpeza no está desencadenando efectos únicamente en el ámbito interior, pues ahora ha extendido la crispación a la política exterior argentina. El nuevo error ha movido a la diplomacia iraní, que se ha sentido señalada entre los maquinadores que habrían dado muerte a Alberto Nisman. El canciller iraní, Javard Zarif, acaba de declarar que Teherán “no tiene nada que ver con el hecho que conmociona a Argentina.” Desde el Foro Económico de Davos ha hecho una velada acusación a Israel, sentenciando que hay quienes tratan de “evitar que Irán y Argentina puedan disfrutar sus relaciones.”

Afirmaciones que no ha pasado por alto el Mossad israelí, servicio de inteligencia que dispone de información fehaciente de la implicación de Irán en el atentado a AMIA y la utilización de Hizbolá para llevarlo a cabo. Las grabaciones de líderes próximos a la Casa Rosada recibiendo instrucciones para que la investigación sobre la responsabilidad iraní no avanzase, han comenzado a salir a la luz pública. Algo que compromete simultáneamente a Hizbolá, Irán y a la propia Cristina Fernández, sin aminorar precisamente su perfil de sospechosos.

Las ondas internacionales del profundo desacierto con que Fernández de Kirchner está gestionando la crisis, acaban de llegar también a Washington, donde el Senado de Estados Unidos ha solicitado al Departamento de Estado que intervenga para exigir una “investigación clara” sobre lo ocurrido. También para que la muerte de Nisman no frustre la indagación que había culminado. Desde Estados Unidos se tiene muy presente que la primera investigación se malogró para encubrir a los colaboradores internos que en Argentina ayudaron a Hizbolá e Irán a volar, durante el mandato de Carlos Menen, el centro hebreo AMIA, como represalia a la decisión del Gobierno argentino de no trasferir tecnología nuclear a Irán. El FBI y el Mossad cooperaron en una segunda investigación donde Alberto Nisman aseguró haber descubierto pruebas de que Cristina Fernández negoció un acuerdo con el Gobierno iraní ofreciéndole impunidad a cambio de recibir petróleo pagado con trigo argentino. Esto supondría una violación del bloqueo norteamericano a Irán por su programa nuclear y debería traer consigo sanciones a Argentina. Un fiscal que aportase pruebas sobre esta maniobra se pondría en el punto de mira de muchos intereses amenazados. Todo un engranaje internacional que no permitirá, a buen seguro, echar tierra sobre el asunto.

En el plano interior, el último año de la presidencia de Cristina Fernández está resultando la apoteosis de las peores formas políticas del kirchnerismo. La Casa Rosada sigue sin pagar a los acreedores de la deuda de la nación. Los fondos de inversión han accedido a datos sobre la supuesta fortuna de la mandataria argentina en paraísos fiscales para asegurarse el cobro. Un tema opaco, repleto de rumores imposibles de contrastar, pero que podría estallar del modo más imprevisible si la Casa Rosada opera con la misma ineptitud que en el caso Niesman. Nada hace descartar nuevas torpezas en esta cuestión y con consecuencias no menos desestabilizadoras.

Un rosario de materias que amenazan con envenenar la sucesión del kirchnerismo. De mantenerse este mismo clima político, tampoco se podrá desechar que Cristina Fernández de Kirchner abandone la presidencia sin despejar un horizonte de posibles investigaciones penales futuras. Desde el intento ya frustrado de alargar la presidencia modificando las leyes constitucionales hasta las actuales perspectivas, media una asombrosa concatenación de despropósitos. La política argentina debe pensar ya en cómo subsanar, en la era postkirchnerista, el deterioro de los valores republicanos y recomponer los principios institucionales para resolver con éxito los problemas que afronta el país.