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TRIBUNA

Hechos contra el masoquismo

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 26 de enero de 2015, 20:05h

España ha empezado el nuevo año con una casi avalancha de datos positivos que certifican que la recuperación no es un lejano horizonte sino una realidad presente, por más que, dada la profundidad del hoyo del que salía, sea lógico y obligado terminar esa afirmación con la puntualización de que “queda mucho por hacer”. Pero los hechos cantan y la canción es optimista, aunque sin triunfalismos. El crecimiento está en las cotas del 2% y ya no parece exagerado vaticinar que se puede llegar en este mismo ejercicio al entorno del 3%. La preocupante cifra del desempleo empieza a decrecer y ya se están creando 1.200 empleos cada día y es muy realista esperar que entre 2014 y 2015 se lleguen a crear un millón de puestos de trabajo. Este mismo mes los españoles empezaremos a notar en nuestras nóminas que la bajada de impuestos nos va a dejar más dinero en la cartera, con sus positivos efectos en el consumo y el ahorro. Otros factores externos, como la bajada del precio del petróleo y la consiguiente depreciación del euro, también nos favorecen, facilitando nuestras exportaciones y aumentando nuestra competitividad. La prima de riesgo está por debajo de 100, en unas condiciones que hacen muy atractiva, y barata, nuestra deuda pública.

Para completar el cuadro, el BCE ha acordado por fin aprobar y lanzar un programa de compra de bonos que supera todas las expectativas, al decidir poner en el mercado 60.000 millones de euros cada mes hasta finales de septiembre de 2016. Se hace así realidad la tan esperada Q.E. (quantitative easing) que, lógicamente, facilitará el crédito y, con él, la inversión y la creación de empleo. Se aplicará así en la UE el mecanismo que ha utilizado la Reserva Federal de los Estados Unidos y que ha impulsado el dinamismo de la economía norteamericana, que ha adquirido una envidiable velocidad de crucero. Y no hay ningún motivo para estimar que no vaya a funcionar en Europa lo que tan eficaz ha sido al otro lado del Atlántico. Aunque los pesimistas sigan sin decidirse a abandonar su escepticismo. España se beneficiará de la Q.E. y en mejores condiciones que otros socios.

No se trata sólo de datos estadísticos. Se palpa en el ambiente, mucho más animado que estos años de atrás, en las calles y lugares públicos. Esos finos observadores del talante popular que son los taxistas afirman que “se nota” que las cosas están cambiando porque hay más movimiento y animación, coincidiendo con lo que perciben otras profesiones en contacto con el público como comerciantes o camareros. Frente a este horizonte más esperanzado, la izquierda sólo toma la palabra para proseguir con su sombrío discurso, en el que se recrea ese debatido líder que es Pedro Sánchez, que no se sabe si está más hundido por la eficacia del Gobierno o por las alocadas propuestas de Podemos, que le va royendo cada día un poco más de su electorado. Afirmar, como ha hecho, que “Rajoy no tiene proyecto de país”, precisamente cuando el Presidente ha demostrado que su proyecto ha funcionado, es una pataleta de este no-líder, que no puede acusar a Rajoy de “retrógrado” porque él, por su estilo y sus propuestas, suena a siglo XIX, a pesar de su juventud. No recuerdo en la historia reciente ningún otro líder más claramente desnortado.

Rajoy ha podido presentar, en efecto, en la Convención Nacional del PP un balance positivo de sus primeros tres años de mandato, comparando dónde estábamos cuando asumió la Presidencia y dónde estamos ahora. Los esfuerzos han sido enormes y ha reconocido que los españoles han sido los protagonistas de este cambio, que ya es un hecho, del que puede estar legítimamente orgulloso. Y no se trata sólo del punto de vista del Presidente del Gobierno, que está en su derecho a proclamar que el rumbo trazado hace tres años era el adecuado, porque ése es también el criterio del Fondo Monetario Internacional, de la Comisión Europea y de otras importantes voces del mundo económico internacional. Como ha recordado hace poco el ministro de Exteriores, García-Margallo, en 2012 no se nos preguntaba “si” íbamos a solicitar el rescate sino “cuándo” íbamos a hacerlo. Hoy se pone a España como ejemplo y, junto con la poderosa Alemania, es la economía más dinámica de la zona euro, la que tiene un más alto porcentaje de crecimiento del PIB y la que crea más empleo.

Las encuestas demuestran que una estimable mayoría de españoles reconocen estos datos y apuestan por el PP como la única garantía para completar este proceso de recuperación, devolviendo a todos los niveles de renta y prosperidad que destrozó la incompetente incuria socialista. No hay proyectos alternativos. Tanto las diversas izquierdas, más fragmentadas y debilitadas que nunca antes, como los nacionalismos periféricos, incapaces de salir de sus irresponsables ensoñaciones, parecen ajenos a todo esto. Más aún, parece que les molesta que España vaya mejor que hace tres años y el dato incuestionable de que llevamos seis trimestres creciendo, esto es año y medio, da la impresión de que les contraría, como si no tuvieran más política que la del “cuanto peor, mejor”, que parece que forma parte de su código genético cuando les toca estar en la oposición.

En conversaciones recientes con intelectuales y dirigentes de otros países es muy frecuente que nuestros interlocutores foráneos se pregunten por las razones de lo que alguno ha denominado nuestro masoquismo nacional. Mientras en otros países se celebran los éxitos, incluso menores, de sus compatriotas o de sus gobiernos, aquí, con la excepción de los éxitos deportivos, una buena parte de los españoles se muestra más propicia a vituperar lo propio que a ensalzarlo. No deja de ser curioso que en las encuestas que sobre la imagen de España hace el Real Instituto Elcano, aparece que esa imagen y el consiguiente prestigio han mejorado extraordinariamente desde la nefasta etapa zapateril, pero también que es en España donde esa imagen es menos valorada. Nuestro nivel de autocrítica es tan elevado, que llega a ser injusto. Las tertulias de ciertos canales parece que no tienen más objetivo que negarle el pan y la sal al Gobierno, por todo y en todo.

El historiador francés Joseph Pérez, en su libro sobre La leyenda negra (Gadir 2010), escribe que “al contrario de lo que pensaba Julián Juderías, los españoles no son los únicos que tienen tendencia a criticar a su país”. Alude al autor de ese nombre que hace un siglo, en 1914, publicó el primer libro importante sobre la leyenda negra que él definía como “los fantásticos relatos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en casi todos los países”. Pérez alude a un hecho que me parece incuestionable y que, desde mi punto de vista, demuestra que la izquierda española, por no hablar de los nacionalistas periféricos, que ni siquiera se sienten españoles, tienen pendiente la tarea de reconciliarse con nuestra historia, con la verdadera, no con la inventada. “Así, mientras en el siglo XIX los liberales españoles se mostraban justos con Isabel la Católica –escribe Pérez- la izquierda de 2004 la repudia, probablemente porque Franco declaró inspirarse en ella”. Más adelante se refiere a los españoles “que se niegan a aceptar su pasado: algunos de ellos no se perdonan haber sido el pueblo que descubrió y conquistó América, que fue la potencia hegemónica del siglo XVI, que fue la patria de Cervantes, de Velázquez, de Goya…pero no de genio alguno comparable a Descartes o Newton. Semejante actitud –concluye- revela una conducta masoquista”.

Desgraciadamente, constatamos que ese masoquismo está muy presente en la hora actual. Un ilustre diplomático me decía hace poco que había hecho una pequeña investigación para comprobar si en algún otro país se habían oído “mueras” a su propia nación. No lo encontró. Sólo aquí se ha gritado “muera España” y no sólo en la desgraciada época de la guerra civil sino actualmente, a poco que se revise el vocabulario de los separatistas o de la izquierda radical. Ésa en la que algunos –supongo que por ignorancia- quieren ver la salvación del país. Y digo país porque, a la vista está, que no les gusta ni el nombre de España, ni su himno, ni su bandera. Y ni me atrevo a citar a la Madre Patria porque los malnacidos carecen o reniegan de ese vínculo vital.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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