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TRIBUNA

Chile y el republicanismo

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 29 de enero de 2015, 20:41h

El aeropuerto “Comodoro Merino Benítez” de Santiago de Chile se parece a tantos grandes aeropuertos mundiales. Es el tributo a una globalización mercantil. El viajero o el turista, recién llegado y atribulado por su maleta, que no está seguro de que haya llegado a la vez, debe recorrer hasta las cintas transportadoras y los controles aduaneros unos pasillos flanqueados por tiendas luminosas que ofertan perfumes, licores, relojes, electrónica, zapatos, ropas y otras diversas y extravagantes modas venales. El viajero o turista, salvo que sea un adicto al consumo, piensa palabras gruesas mientras corre por ese laberinto con anuncios publicitarios mientras busca y rebusca su pasaporte, los impresos pertenecientes al ministerio controlador correspondiente, y se sobrepone a la impresión -como es el caso de Chile- de cambiar de hemisferio, de estación anual, de temperatura y de horario.

Cuando recoge su maleta y se dirige a los controles aduaneros y policiales, el viajero o turista europeo, que haya desembarcado en otros aeropuertos latinoamericanos, comprueba que está en Chile, pues se nota que hay un aparato estatal eficiente. Con pantallas y con altavoces se advierte a los pasajeros que Chile es un país muy estricto en la aduana, especialmente importando artículos alimentarios y mascotas animales, incluso más restrictivo que la Unión Europea, pues el país se enorgullece porque no sufrió, entre otras epidemias, el mal de las vacas locas. Los aduaneros y los miembros del Cuerpo de Carabineros explican, a quienes se someten a sus inspecciones, los peligros que encierran productos alimenticios que, por otra parte, no tienen ninguna objeción en las aduanas españolas, alemanas, británicas o escandinavas. El turista o viajero se siente seguro ante la eficacia y profesionalidad de esos funcionarios uniformados, y al tiempo, tiernamente conmovido por su ingenua cultura alimentaria, pues ellos argumentan sin inmutarse, por ejemplo, los métodos de elaboración de embutidos ¡como se hacían en tiempos pretéritos, cuando no existía la pasteurización y otros posteriores procedimientos antipatógenos!

Como los cementerios, los aeropuertos son microcosmos de naciones soberanas. Chile sigue teniendo una mentalidad política insular. El Pacífico limita por poniente, y la cordillera de los Andes ha separado a los chilenos de sus vecinos del Este. Al Norte, Atacama, el desierto más seco del mundo, aísla el país de Perú y de Bolivia, estableciendo distancias insuperables para sus antiguos rivales territoriales. Al Sur, Chile reivindica su dimensión tricontinental: Antártida, Oceanía y América, inhóspitas tierras australes, y donde el fin del mundo apenas sirve para comunicarse con los demás. Aunque la parte continental tiene más de cuatro mil kilómetros, todo Chile, además de islas como Pascua, se ha comportado como un archipiélago, y su insularidad política le asemeja, en cierto sentido, con las naciones rodeadas del mar, y que por eso conservan celosamente sus particularidades y sus rarezas; un aduanero inglés podría informarte de las singularidades de un embutido que no ha visto en su vida, y esa cómica suficiencia también la puede tener el probo agente chileno del servicio agrícola y ganadero del aeropuerto de Santiago.

Desde sus orígenes como Estado independiente, hace tan sólo doscientos años, Chile fue un punto y aparte en la América española y portuguesa, y su nacionalidad se sintetizó a partir de su conciencia de diferencia. La República creó un sentimiento patrio singular. El respeto a la ley, esencial para arraigar con fuerza el republicanismo, fue desde el inicio -excepcionalmente en un Continente donde el poder pudo casi siempre más que la ley- el hecho diferencial de los chilenos. En esto Chile parece más un país protestante.

Pero volvamos al aeropuerto como microcosmos. Los carabineros, y los otros cuerpos dedicados a hacer cumplir la ley, creen vocacionalmente en las virtudes republicanas de su misión. La corrupción policial, y de cualquier otra función pública, no sólo no existe, sino que es repudiada socialmente en Chile. Me lo comentaba un profesor universitario chileno, que hablando en España con colegas peruanos, mejicanos y argentinos sobre sus respectivas apreciaciones de la policía, ellos dijeron que se preocupaban por las posibles extorsiones, mientras él sentía en su país la seguridad que daban los agentes de la ley. El republicanismo es seguridad jurídica, y eso se identifica con una República sobria y austera, diferente de las Repúblicas seudo-monárquicas de tantos países latinoamericanos.

Pero no todo en Chile son bondades institucionales. En el origen, la República fue también la forma de gobierno que consolidó los poderes y privilegios de una aristocracia que hundía su supremacía oligárquica en las estructuras hispano-coloniales. Esa aristocracia, presente en la judicatura y en la alta burocracia estatal, encontró siempre en el cumplimiento de la ley la manera de conservar y petrificar las diferencias sociales, concibiendo la injusticia social como un hecho natural (y se dijo que la naturaleza había creado la personalidad de Chile). A esta diferente cualidad social, se ha de sumar la orientación exportadora de la economía del país; vender nitratos, minerales, vinos y cereales, sin desarrollar una industria nacional, fue y es la consecuencia de los intereses de las élites propietarias; con su correspondiente e injusto sistema fiscal. Desde entonces hasta hoy, esas características son las contradicciones que dominan la política estatal chilena: una sana economía librecambista, que favorece a las aristocracias capitalistas de hoy, necesita generar y distribuir riqueza a una gran mayoría de la población, que ahora exige a la República mejor educación y sanidad.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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