El motín de San Gil
viernes 23 de mayo de 2008, 18:16h
Caben ya pocas dudas de que en las entrañas del Partido Popular se está gestando un motín con todas las de la ley y que sólo la aparición de un cirujano de hierro con una vara dialéctica en la mano podrá frenar el proceso. No se trata tanto de la rebelión encabezada por María San Gil, la más popular de las dirigentes populares junto con Esperanza Aguirre. Ni siquiera se trata de que algunos subalternos de ambas señoras, hasta ahora obedientes, transmutasen en críticos de repente. Se han sacado el sombrero y han empezado a soltar en televisiones, radios y periódicos -casi todos ellos próximos al PSOE-.
Lo que está pasando es que en el estado mayor y en la cúpula del poder no hay reacción y, por si faltaba algo para el duro, ahora reaparece Manuel Fraga para echar su cuarto al pregonero y reprochar a San Gil y Aguirre que hayan levantado la voz. Calladas y hacendosas las querría el “patrón”, pero eso ya no es posible. Quien quiera poner un poco de orden, disciplina y sentido común en los rangos del PP, capitalinos y provinciales tiene que contar con una guardia pretoriana que no se parezca a un coro de mayordomos.
Todo lo que está sucediendo, estas disidencias emergentes y estas amenazas nada simuladas hubieran podido resolverse hace algunas semanas cuando la derrota electoral estaba siendo rumiada por un electorado escéptico, sin dirección ni orientación. Hay un virus incurable en los estados mayores de los partidos consistente en ausentarse de los asuntos cotidianos y no pulsar a diario lo que opina la militancia hasta que, ya sea por la influencia de los medios de comunicación -que ya se sabe no controlan el PP ni sus amigos- el caso es que la imagen nacional -e internacional- que se está ofreciendo es la de un partido en disolución, resquebrajado por banderías e intereses más o menos mostrencos. En provincias estos intereses se interpretan como una prueba suplementaria de que los dirigentes políticos lo único que desean es mantener el carguito, el puesto de diputado, el consejo en la Caja de Ahorros y así sucesivamente.
Cada día hay menos gente que cree en la dignidad y sentido común de los dirigentes y sobre todo, en su capacidad para levantar la voz y trasladar lo que oponían sus partidarios locales.
Esto naturalmente afecta a todos los grandes partidos políticos, sean de izquierda o de derecha. Pero es que en el caso del Partido Popular y de sus vicisitudes recientes si alguien desde la cúpula no es capaz de frenar la heterodoxia y encauzarla, el Congreso que se anuncia puede ser una jaula de grillos o, peor, un cuartel del la Legión.
El motín encabezado por María San Gil debía haberse producido sin alharacas ni ruedas de prensa, sin mamporreros ni escribanos. Ha bastado su simple mención para que se organizara la de Santa Bárbara y desde la frontera del gobierno, se frotaran las manos y se permitieran aconsejar a los populares cómo se controla un partido y cómo se acaba con las letales disidencias provincianas.
Aunque sólo fuese por eso, la cosa es grave. Y la situación, difícil de recomponer.
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Periodista
ALBERTO MÍGUEZ es periodista
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