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Grecia: cambio hacia ninguna parte

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 02 de febrero de 2015, 17:04h

Nada más expresivo de la total falta de entendimiento entre el nuevo Gobierno griego y las instituciones de la Unión Europea que la fotografía, reproducida en todos los medios, del esquivo apretón de manos, mirando cada uno en dirección opuesta, entre el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, y el nuevo ministro griego de Hacienda, Yanis Varufakis. Terminaba así una conferencia de prensa, posterior a una entrevista privada entre ambos, que había empezado bien pues el primero había subrayado “los intereses comunes que tenemos con Grecia” y el segundo resaltaba el “excelente clima” de la reunión. Pero al final de la pública comparecencia, el griego se dejó llevar más por su condición de político bisoño que por su sobria condición profesoral y, cara a los medios, hizo una pirueta demagógica. Al fin y al cabo “demagogia” es una palabra griega…como lo es “democracia”, término este último que, parafraseando a Madame Rolland, podríamos decir que se le han dado tantos significados y ha cubierto tantos diversos comportamientos, que debe manejarse con exquisito cuidado. Por cierto que cuando Platón o Aristóteles usaban la palabra “democracia”…le daban el sentido que nosotros damos a la “demagogia”, porque lo que nosotros llamamos “democracia”, para ellos era “politeia”. Nada es como antes y, desde luego, la Grecia de ahora nada tiene que ver con la de Pericles.

Varufakis, al final de la comparecencia pública, sin cortarse un pelo, llamó “antieuropeos” a los enviados de la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) y dijo que sólo hablarían “con las instituciones europeas”, no con sus enviados, que para él son, dijo despectivamente, un “comité de tecnócratas”. Y lo decía al lado del máximo representante de una de esas instituciones, al tiempo que proponía “una conferencia europea sobre la deuda”. Dijsselbloem rechazó de plano la idea, señalando que ya hay foros para ese tipo de debates, precisamente el Eurogrupo que él preside y que reúne a los ministros de Economía y Hacienda de los países que comparten el euro. La falta de tacto del griego no tiene parangón ni perdón porque con ese tipo de bravatas parece difícil que pueda llegarse al necesario entendimiento al que en Bruselas están dispuestos, según pude comprobar personalmente la semana pasada, en contactos con representantes de las tres instituciones europeas, Comisión, Consejo y Parlamento que, contenidamente, están que trinan.

Nadie quiere que Grecia salga del euro y, menos aún de la UE, aunque no pocos piensan que nunca debió entrar. Nadie quiere echarla, pero la actitud de los neocomunistas de Syriza muestra un empeño en que les den puerta por incumplimiento de las reglas básicas del club. La salida no sería demasiado grave para la UE porque ya nadie supone que ahora pudiera producirse un “contagio” de la tóxica situación griega. Su economía es casi insignificante en el contexto europeo, que ya ha superado las angustias de 2012. Pero todos saben que una Grecia fuera del euro y aislada caería en un irremediable pozo de miseria. Y nadie quiere eso. La idea de que Rusia pueda ayudarles es casi de broma, sabiendo cómo está la economía rusa, con el rublo por los suelos y por los efectos de las sanciones occidentales. Y atribuir esa benéfica disposición a China es, desde todos los puntos de vista, de ciencia ficción.

La idea de hacer un “frente anti-austeridad” que parece ser el propósito de Tsipras, con las visitas que va a hacer hoy martes a Renzi, en Roma, y mañana en París a Hollande, no parece que pueda tener mucho futuro, aunque al francés parece que le gustaría jugar el papel de mediador. Lo que quiere el nuevo primer ministro griego es que le perdonen una buena parte de su deuda y no se ve muy probable que Italia vaya a renunciar a todo o parte de los 27.000 millones que Grecia les debe, ni Francia a los 31.000 millones que les prestó. Como creo que tampoco nadie en España pueda mantener en serio que debemos renunciar a todo o parte de los 26.000 millones que han sido la contribución española al doble rescate helénico.

Todo ello por no hablar de Alemania (a la que deben 41.000 millones), cuyo ministro de Finanzas. Schäuble, ya ha recordado que “las reglas no se rompen” y que rechazan cualquier intento de chantaje. Palabras duras que demuestran que los miembros de la UE no van a plegarse a las vanas presiones griegas. Seguro que de todo eso hablaron Merkel y Hollande en la reunión “informal” que celebraron el viernes pasado en Estrasburgo. No hay que olvidar que los acreedores de Grecia no son “el gran capital” o la odiosa troika, como dicen los neocomunistas y sus amigos populistas, sino los contribuyentes de la UE, que les han financiado con sus impuestos. La UE no está en falta con Grecia, con la que ya ha sido extremadamente solidaria. Pero ahora que empezaban a crecer, el electorado griego se equivoca soberanamente al poner todo patas arriba. Ni Aristóteles ni Pericles lo habrían entendido.

Tsipras tiene algunos defensores, como el conocido Nobel Paul Krugman que, tras señalar que el dinero que Grecia ha recibido se lo ha gastado fundamentalmente en pagar intereses y principal de su deuda, escribe que “la verdad es que nadie cree que Grecia pueda pagar lo que debe” y se pregunta “si las cosas son así, ¿por qué no reconocer esa realidad y reducir los pagos a un nivel que no imponga sufrimientos interminables?” La intención puede ser buena y muy propia de abogado defensor que pinta la realidad como más le acomoda, pero parece difícil pedir a los contribuyentes europeos que renuncien a lo que es suyo. El director del diario griego “Kathimerini”, Nikos Konstandaras, escribe que “Grecia debe hacer un enorme esfuerzo para crear una economía viable que no necesite más rescates”. Pero, en lugar de ello, reconoce, el nuevo Gobierno se muestra decidido a dar marcha atrás a las reformas que se venían haciendo, como el programa de privatizaciones o volviendo a meter en la sobredimensionada Administración a los que habían sido cesados en estos últimos años.

Como todos los populistas, Syriza ha prometido el cambio. Pero nadie sabe hacia dónde va a ir ese cambio que, por el momento es el cambio hacia ninguna parte, por no decir, sin más, que, como todos los populismos, el cambio será a peor. Después de vivir durante mucho tiempo por encima de sus posibilidades y, prácticamente, sin pagar impuestos, los griegos han apostado por un populismo sin salida, renunciando a la incipiente estabilidad. Grecia está ahora, desde luego, en una difícil situación a la que podría aplicarse lo que Tucídides escribía, hace veintiséis siglos, en el primer párrafo de su inmortalHistoria de la Guerra del Peloponeso: “Pues fue éste, efectivamente, el mayor desastre que haya sobrevenido a los griegos y a una parte de los bárbaros, y, por así decirlo, a la mayoría de los hombres”. Por cierto, que sigue teniendo plena actualidad el análisis que hace Tucídides de las causas que llevaron a Atenas a aquella desgracia y, entre otras, señala la decadencia moral, que lleva a la decadencia política, y la volubilidad de las multitudes. Esas multitudes que ahora se dejan engatusar por los populismos que piden, como el sábado pasado en Madrid, “ciudadanos soñadores”, en un patente lapsus porque quien sueña está dormido, la situación ideal para manejar a capricho a la soberana gente, la especialidad de los populismos.

Frente a los que contemplan el escenario griego como una especie de anticipo de lo que puede ocurrir en España, debe subrayarse que Grecia no tiene nada que ver con nuestra situación. Ni de lejos. La semana pasada señalamos aquí los datos económicos que contradicen el masoquismo de algunos. En mi estancia en Bruselas, el martes 27 tuve la oportunidad de reunirme con los “hombres de negro”, como llaman a los economistas que se ocupan del seguimiento de la economía española, que conocen mucho mejor que la mayor parte de nosotros. Su opinión, tanto la relativa al presente como cara al futuro, no pudo ser más optimista. Están convencidos de que se consolidará el crecimiento, que podría llegar al 3%, y, consiguientemente, se crearán puestos de trabajo. Señalaron cómo ese intangible que es la confianza es de nuevo palpable, tanto en los inversores como en los consumidores. Y destacaron el enorme acierto de la reforma laboral a la que sólo pusieron un defecto: que podría haber ido un poco más lejos. Un dato que demuestra el tacto del Gobierno que no ha querido caer en ningún exceso y el enorme despiste de la izquierda que no ha parado de decir que cuando gobierne (esperemos que por el bien de España ese momento tarde mucho en llegar) suprimiría esa necesaria reforma u otras, como la del artículo 135 de la Constitución, propuesto por el Gobierno Zapatero para acomodarse a las normas europeas y que el PP, entonces en la oposición, apoyó, por un elemental criterio de ese sentido común que tanto se echa en falta en las filas de la izquierda, de los nacionalismos y de los populismos. Si hay algo que queda claro en todo este asunto es que el comunismo, con “neo” o sin “neo”, con Lenin o con Castro, con Chávez o con los ayatolahs nada tiene que ver con la UE ni con el siglo XXI. Y desde luego tampoco con la libertad, a la que la citada Mme. Rolland se dirigía diciendo aquello de “cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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