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TRIBUNA

Auschwitz, setenta años después

Alejandro San Francisco
martes 03 de febrero de 2015, 21:04h
Auschwitz tiene el mérito de evocar por sí mismo muchas cosas. Desde luego, es un concepto que resume una historia y una época, con todos sus dolores acumulados. Muerte, exterminio, abuso, cámaras de gas, nazis, judíos, destrucción. Auschwitz es la hora culminante de la humanidad y recordarlo es una clara expresión de humanidad muchas décadas después de que se produjera el fin de ese infierno, el 27 de enero de 1945.

Dentro de la escalada de odio antisemita que comenzó con simples declaraciones y frases grandilocuentes, continuó con discriminaciones legales y abusos contra la propiedad y las personas, los campos de concentración y de exterminio fueron la culminación necesaria de la ideología de la destrucción que representó el nacional socialismo alemán. De hecho, en 1939 Hitler había anticipado que si estallaba una nueva guerra, ello significaría la destrucción de los judíos en Europa.

Pocos años después y en medio de la destrucción provocada por el conflicto, el Comandante de Auschwitz recibió la orden de proceder al exterminio. Así lo recordaba Rudolf Höss en sus memorias: "Los judíos son los enemigos eternos del pueblo alemán y deben ser exterminados. A partir de ahora, y mientras dure la guerra, todos los judíos a los que podamos echar mano deben ser aniquilados, sin excepción alguna. Si no logramos destruir ahora las bases biológicas de la judería, serán los propios judíos quienes, después, aniquilarán al pueblo alemán" (ver Yo, comandante de Auschhwitz, Barcelona, Ediciones B, 2009). Había que comenzar la tarea.

La eficiencia de los campos resultó tan extraordinaria como lamentable y costosa para la humanidad. Lo confesaría el propio Höss en Nuremberg: “Dirigí Auschwitz hasta diciembre de 1943, y estimo en unos dos millones y medio como mínimo la cifra de víctimas ejecutadas y exterminadas por inhalación de gas y en los hornos. Al menos otro medio millón murió de hambre y enfermedades, elevando el total de muertos hasta tres millones” (reproducido por James Owen, Nuremberg. El mayor juicio de la historia, Barcelona, Crítica, 2007). Quizá por esa magnitud es que Auschwitz conserva una primacía como testimonio y como representación del horror del Holocausto. No se trata de olvidar Sobibor o Treblinka, Theresiandstadt o Dachau, sino simplemente reconocer el valor de cada uno de los campos de concentración y de exterminio, pero sin dejar de comprender lo que significó y sigue significando Auschwitz en todo este penoso trance histórico.

Uno de los valores impensados de la creación hitleriana se refiere a la voz levantada por los sobrevivientes en las décadas siguientes, para intentar representar lo que habían visto y vivido. No podemos tener, como resulta obvio, los comentarios de quienes sufrieron las cámaras de gas; muchos otros no fueron capaces o no quisieron narrar lo vivido. Pero felizmente también hubo otros que quisieron compartir a través de la novela o del testimonio lo que fue su vida en los campos de concentración.

Su contribución es doblemente valiosa. En primer lugar, porque se trata de una narración formulada por testigos, en el amplio sentido de la palabra: como personas que vieron lo que ocurrió, como terceros que aprecian una situación y que después la refieren; como personas que dieron testimonio del sufrimiento personal y familiar. En segundo lugar, porque han escrito lo vivido y, con ello, han permitido transmitir de generación en generación la memoria del Holocausto que, de otro modo, se habría perdido o deteriorado. Es evidente que no se trata de la única contribución, pero sí se trata de un aporte imprescindible.

Así se puede percibir, por ejemplo, en la obra de Primo Levi, Trilogía de Auschwitz (Barcelona, El Aleph Editores, 2005), que componen Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados. En conjunto explican mucho sobre el alma humana, objetivo del escritor italiano, más que sobre las atrocidades cometidas. Y también para que tomen conciencia sobre la dignidad humana aquellos que viven seguros "en vuestras casas caldeadas/ los que os encontráis, al volver por la tarde/ la comida caliente y los rostros amigos". "Esto es el infierno", se permitía decir en la primera obra de la trilogía.

Un aspecto que merece ser mencionado, y que destaca el propio Levi, es la existencia de pesimistas y optimistas entre quienes poblaban el campo. Los primeros conservaban la fe y la fuerza para pensar que "volveremos a ver nuestro hogar y a nuestros seres queridos", mientras los segundos, con mayor sentido de la realidad, sin duda, estimaban que "todo está perdido", y que "el fin está cerca y seguro".

Han pasado ya siete décadas desde la liberación de Auschwitz y el descubrimiento del horror y, con seguridad, la conciencia moral de la humanidad ha evolucionado en la dirección correcta al recordar los hechos y al proyectarlos para conocimiento de las nuevas generaciones. Lo cual no significa avanzar sin altibajos ni encontrarse con sorpresas en el camino, así como muchas veces surge el interés por olvidar y no seguir atados a ese doloroso pasado, o bien cuando se pretende circunscribirlo a un problema exclusivo de los judíos, sin mayor proyección para el resto de la humanidad.

Pero no debe ser así. En un interesante ensayo, Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura el 2002, señala que "Auschwitz no es en absoluto el asunto privado de los judíos esparcidos por el mundo, sino el acontecimiento traumático de la civilización occidental que algún día se considerará el inicio de una nueva era" (en Un instante de silencio en el paredón, Madrid, Herder, 2002).

No sabemos si será exactamente así, porque hay muchas formas para dividir la historia: el fin de la Segunda Guerra Mundial, el inicio de la Guerra Fría, la Bomba Atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. Cualquiera sea la fórmula que tomemos, Auschwitz y el exterminio ocupan un lugar prominente que es necesario recordar y proyectar a las nuevas generaciones.
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