La República... ahora está en manos de los especialistas de derecho mercantil y de ex alumnos formados en las escuelas de negocios.
Si Gabilondo, el exministro de educación durante el infausto zapaterato, fue capaz de sostener en público, como lo hizo en ese “debate” que sostuvo con Pilar del Castillo, que “los niños españoles hasta los 10 años eran los más felices del mundo”, puede explicarse bastante de lo que sucede en nuestra “educación”. Por ejemplo, que auténticos zoquetes diplomados dirijan centros públicos u órganos administrativos de rango superior en cualquiera de las taifas regionales. [Entrecomillo el término porque es muy confuso; amalgama instrucción –adquisición de conocimientos específicos– y educación propiamente dicha –asunción de pautas de conducta respetuosas para la convivencia que por fuerza estamos obligados a mantener con los demás– sin resultar en una formación que, muchas de las veces, es, precisamente, todo lo más contrario: deformación].
Al fin y al cabo nunca faltan visionarios que tratan de hacernos creer que, con sus tesis, serán capaces no sólo de superar “las lacerantes deficiencias del pasado y del presente, sino, sobre todo, dar respuesta adecuada a las exigencias del presente y del futuro”.
Wert nada tiene que ver con eso. Y mal está citarse a uno mismo pero no me queda más remedio. Nada más tomar posesión, en enero de 2012, cuando aún era profesor de EEMM, señalé aspectos obvios del Sr. Wert, derivados de su desempeño profesional, como que “su reciente labor profesional, desde hace 24 años, guarda relación con la gestión de la calidad y otros asuntos, no con la docencia universitaria” [diario La Rioja del día 09]
“Desde 2005 preside Inspire Consultores. Wert ha sido también presidente de ESOMAR, la Asociación Global de Investigadores de Opinión y Mercado, así como de la EFQM (European Foundation for Quality Management), que ha presidido entre 2003 y 2009 en representación de BBVA”, pude leer por entonces.
[Ahora bien, la “gestión de la calidad” es, principalmente, otra filfa que sostiene muchos tinglados improductivos a costa de los genuinamente productivos; lo sostengo tras más de 12 años de familiaridad con el sistema de calidad, según la ISO 9001, de una empresa]
Gabilondo acaso tuviera razón: lo que la realidad muestra es que nuestros niños, felices porque quizás sus padres y maestros no les induzcan a otra cosa –nada de espíritu de trabajo, sacrifico y responsabilidad–, acceden a la enseñanza secundaria con escasos pertrechos, y cuando egresan de esta lo hacen con notables carencias. Los que accedan a los grados, estudios universitarios, o como diantres se llamen, los concluirán con una formación que exige a todas luces nuevos estudios de posgrado; masters o lo que sea: negocio asegurado. Y estudiantes hasta los 30 años en un limbo de adolescencia. Se cierra así el círculo del que ya dejé trazado un arco en “La ecuación siniestra”.
Por ello creo que en lo que concierne a Wert es más ajustado lo que sigue: “A buen seguro que el hecho no es específico de Francia, pero la clase política brilla hoy por su ignorancia. La República de los Profesores dio paso a la de los abogados, más tarde a la de los estudiantes de ciencias políticas; ahora está en manos de los especialistas de derecho mercantil y de ex alumnos formados en las escuelas de negocios (Edith Cresson, Raffarin, Barnier...), así como de médicos y veterinarios... (Esta representación sociológica sólo es sorprendente a primera vista; es coherente con la opción, y el apoyo económico, del lobby de los negocios, beneficiario inmediato de un formidable retorno de la inversión en todos los niveles)”. [JL Benoît. Conferencia impartida en octubre de 2009 en la Universidad de Québec, Montréal]
La cosa tiene miga. Fui a la escuela por primera vez en el año 1959; allá por el ecuador del franquismo. Toda mi vida de aula, como alumno primero y como profesor más tarde, ha transcurrido en establecimientos públicos. Por formación y por convicción, asumí de inmediato en mi trabajo el propósito primigenio de la ciencia, que crece vigorosa sobre todo a partir de los SXV y XVI: liberar al hombre, a la persona, de las supersticiones que le atenazan gracias al conocimiento de la realidad que le rodea.
La instrucción y la formación que recuerdo de ese período de escuela y universidad, que concluye a comienzos de 1976, no está en contradicción con lo que acabo de decir, sino más bien en concordancia con ello. Quizás mi apreciación sea exclusivamente personal, que no sea aplicable con rasgos de generalidad o incluso que sea equivocada, pero así la siento.
No puedo decir lo mismo de lo que sobrevino a 1977 y vuelvo a remitirme a lo sostenido en “La ecuación siniestra”.
Y si no yerro, se daría la paradoja de que en mi vida, en dictadura, me [se] instruía para la libertad, mientras que he sido testigo de primera línea de cómo en democracia se adoctrina para el sometimiento.
Y de ser así, bien puedo parafrasear a mi apreciado normando, diciendo de lo que se avecina lo mismo que él aseguró de 1789: “Para recordar a los filósofos y a los estadistas su insignificancia, nada hay más adecuado que la historia de nuestra Revolución; porque jamás hubo acontecimientos más importantes, venidos de más atrás, mejor fraguados y más imprevistos.”
No hace falta ir muy lejos para discernir las razones de fondo; son consustanciales a la especie y entre nosotros hallan el ecosistema perfecto: codicia, egoísmo y vanidad.