www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

La hora de Churchill

Alejandro San Francisco
martes 10 de febrero de 2015, 19:34h

Winston Churchill (1874-1965) es una de esas figuras políticas que aparece sólo de tiempo en tiempo en la escena universal. Era sin duda un hombre que tenía grandes talentos: poseía visión, inteligencia, escribía bien, intuía los momentos relevantes, era decidido cuando correspondía. A ello, en el caso del líder británico, se sumó una circunstancia histórica específica, la Segunda Guerra Mundial. Era un momento decisivo en la vida de la civilización, cuando Hitler al mando de Alemania había iniciado su plan de conquista en septiembre de 1939, con su ataque a Polonia, y contaba en la retaguardia con el respaldo de Stalin y la Unión Soviética, ya que ambas potencias habían firmado el pacto Ribbentrop-Molotov, unidad que se mantendría un par de años.

Tiempo antes ya se veía venir el rumor bélico, pues Hitler había desarrollado intentos anexionistas en Austria (el llamado Anschluss) y Checoslovaquia. Fue entonces cuando Churchill realizó una importante reflexión sobre la situación europea: “La pregunta culminante a la cual apunto es si el mundo, tal como lo hemos conocido (ese mundo grande y optimista de antes de la guerra, donde cada vez hay más esperanza y placer para el hombre común, ese mundo que honra tradición y en el cual se desarrolla la ciencia), debe hacer frente a esa amenaza con sumisión o resistencia. Veamos, entonces, si todavía nos quedan medios de resistencia...” (16 de octubre de 1938).

El problema, entre otros, es que en los altos círculos de la política del Imperio había personas que preferían un acuerdo pacífico con Hitler, mientras otros derechamente se sentían cercanos al pensamiento racista del alemán y llegaban a verlo como un potencial aliado. Entre los partidarios de la componenda estaba el mismísimo Chamberlain, Primer Ministro que visitó Alemania para procurar un acuerdo de paz, que fue contestado por Churchill con claridad: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra". Era un conocedor de la historia que no creía en las promesas ni en los papeles del dictador alemán, que ya se había saltado las normas mínimas de convivencia en su propio país y que realizaba una expansión territorial contraria al derecho internacional.

En mayo de 1940, cuando la Guerra llevaba más de medio año, Chamberlain renunció al cargo de Primer Ministro: había llegado la hora de Churchill, quien en su primer discurso proclamó su famoso “No tengo nada que ofrecer, excepto sangre, sudor, lágrimas y fatiga”. Sería una tarea larga y costosa, en la que había que desarrollar una política clara: “Combatir por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra voluntad y con toda la fuerza que nos dé Dios; combatir contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el catálogo oscuro y lamentable de crímenes humanos. Ésa es nuestra política. Me preguntan: '¿Cuál es nuestro objetivo?' Puedo responder con una sola palabra: 'La victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror'".

Conviene leer, entre otros, el libro de John Lukacs, Sangre, sudor y lágrimas. Churchill y el discurso que ganó una guerra (Madrid, Turner, 2008), que permite apreciar la importancia de un discurso de victoria, de superioridad moral, de exigencia de las mayores y mejores fuerzas espirituales y materiales para combatir el mal, la necesidad de actuar unidos en la adversidad, teniendo en cuenta la voz de la historia, las exigencias del presente y la responsabilidad con el futuro.

En otra ocasión, en uno de sus discursos más brillantes, símbolo de la resistencia al enemigo y de las tareas hacia la victoria, Churchill señaló: "Iremos hasta el final. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y los océanos, lucharemos cada vez más confiados y enérgicos en el aire, defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las explanadas del desembarco, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en los montes. No nos rendiremos jamás" (4 de junio de 1940). El discurso fue transmitido por radio y generó gran impacto, incluso antiguos adversarios del gobernante británico comenzaron a valorar su liderazgo.

La historia de la Segunda Guerra Mundial es larga y tiene muchas dimensiones y actores. Es evidente que a la victoria aliada contribuyeron factores múltiples: desde luego la tarea de los líderes Churchill, Roosevelt y Stalin, el compromiso militar y de los pueblos que entregaron tanta sangre, los errores del propio Hitler y tantos otros factores presentes en un conflicto de las dimensiones que tuvo la situación europea y mundial en esos años. En 1945, finalmente, las fuerzas nacionalsocialistas fueron derrotadas y el propio Hitler se suicidó a fines de abril. Para el inmenso esfuerzo británico era un gran momento: había triunfado la civilización, aunque el futuro mostraría algunas contradicciones.

El 8 de mayo de 1945 Churchill pronunció su discurso de la victoria. Ahí señaló, recordando los días difíciles del comienzo de la guerra: "Mis queridos amigos, ésta es vuestra hora. No es ésta la victoria de un partido o de una clase. Es la victoria de la nación de Gran Bretaña en su conjunto. Nosotros fuimos los primeros, en esta antigua isla, en desenvainar la espada en contra de la tiranía. Después nos dejaron solos peleando contra la potencia militar más tremenda que se haya visto nunca. Estuvimos completamente solos durante un año. Resistimos solos".

Al haberse cumplido los cincuenta años de la muerte de Churchill corresponde volver sobre su figura y su obra. El siglo XX, tan destructivo y lleno de matices, con dos guerras mundiales y tantos otros dramas, ciertamente exige un regreso permanente a la historia, para conocerla e intentar comprenderla. En el caso de la Segunda Guerra Mundial sabemos que fueron múltiples los factores que determinaron su comienzo y su desarrollo, pero también es cierto que se puede decir sin dudarlo que a Churchill correspondió una tarea fundamental. Había llegado la hora del liderazgo firme y claro, de las convicciones por la civilización y la lucha contra la barbarie. Había llegado la hora de Churchill, y el líder británico estuvo a la altura de las circunstancias.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios