La intervención en Callao, por la que se ha desalojado a la dirección de la franquicia madrileña, fue una apuesta personal de Sánchez, que no contaba con el visto bueno unánime de su ejecutiva. Al menos tres de sus integrantes, Pedro Zerolo, Eva Matarín y Carme Chacón, desaprueban la jugada.
Además, las razones de la decapitación se desinflan: si fue para evitar un descalabro en las urnas, argumentan los críticos, podría haberse hecho hace meses y, ya puestos, añaden, no sólo en Madrid, pues los sondeos en Castilla-La Mancha o la Región de Murcia, por poner sólo dos ejemplos, no son mucho mejores; y si fue por los cantos de imputación por el tranvía de Parla, muy seguro ha de estar Sánchez ("ya estamos limpiando el PSOE", declaró el domingo) de que esto será así en breve tiempo.
El líder sabía que el barón no se quedaría callado, que había riesgo en la operación, pero que sólo de esa forma podría encargarse de dirigir la reconquista de la capital, crucial para sus intereses frente a Susana Díaz, que salvo gran sorpresa saldrá reforzada con una victoria en Andalucía.
La situación resultante es muy incómoda para Sánchez, pese a ser él quien rompió la relativa calma, quien eligió poner el foco sobre Ferraz. Ángel Gabilondo se deja ver, asegura que será candidato si el partido y los militantes lo quieren, pero, eso sí, sin primarias.
Por si fuera poco, Pedro Zerolo aboga por ellas y está dispuesto a presentarse, igual que Amparo Valcarce, cuya victoria significaría tener a Gómez de nuevo al mando (es una persona muy próxima a él) y, en consecuencia, haber perdido el tiempo y seguramente un buen número de escaños.
No queda demasiado para conocer en qué acaba una crisis de la que Sánchez tiene pocas opciones de salir airoso.