ENTRE ADOQUINES
La burla del "El Estado Islámico en palabras del enemigo"
miércoles 18 de febrero de 2015, 19:52h
Actualizado el: 18/02/2015 22:08h
La diplomacia, tan necesaria como lenta, lleva una larga temporada de frustraciones y desengaños. Enrocada en las profundas aguas de globales y eternos conflictos bélicos. Guerras que nos empeñamos en seguir viendo lejanas, aunque estén, sin embargo, demasiado cerca de nuestras puertas, de nuestra vida. En Ucrania, como se preveía, ha fracasado de manera indisimulada el último acuerdo de tregua que ambas partes firmaron solo hace unos días, quién sabe si teniendo ya claro que ninguna de ellas pensaba respetarlo. En lo referente al Estado Islámico, es de suponer que, a estas alturas, no quede ya nadie que piense en la posibilidad de intentar negociación de clase alguna a través de cauces diplomáticos. ¿Qué demonios se puede negociar contra un ejército que únicamente busca la destrucción total del enemigo – todos aquellos que no se sometan a su particular califato – y conquistar un mundo que consideran suyo? El asesinato de 21 cristianos coptos egipcios y su correspondiente puesta en escena cinematográfica, con olas que rompen en una solitaria playa de la provincia de Trípoli como telón de fondo, no deja lugar a dudas. Si es que alguien aún las albergaba. Y aunque este autoproclamado Califato pretenda a las bravas una regresión a la más oscura Edad Media, queda claro que conoce y confía en los medios tecnológicos como armas indispensables para arrastrarnos a todos en tan particular y odioso viaje.
Esos malditos videos que ya no queremos ni ver, son a todas luces obra de profesionales y, en cualquier caso, una forma más de arengar a sus simpatizantes. A la vez que tratan de amedrentar al enemigo, es decir, a nosotros. Después de los atentados de París, en Europa pudieron escucharse voces contrarias al eslogan reivindicativo de la libertad de expresión “Yo soy Charlie Hebdo” con el que en Francia y en otros lugares del mundo la gente quiso mostrar su rechazo a callar bocas y censurar dibujos a base de tiros. En parte, comprensible y, desde luego, no seré yo quien defienda las viñetas de Mahoma que encendieron otra mecha, o excusa más, para que los yihadistas nos corten la cabeza. Pero sigo creyendo en una sociedad libre, en la que, cuando te desagrada cierto tipo de publicación, solo te permites combatirla negándote a comprarla en el quiosco o a buscarla en Internet. Al ISIS – sus miembros dicen que ese nombre ya no les define porque la expansión territorial continúa después de Siria e Irak –, como por otra parte a cualquier organización fanática y criminal, no le sabrá mal contar con una excusa más.
Que, para colmo, llega desde las filas de aquellos a quienes quieren someter o exterminar. A pesar de que, por supuesto, no la necesiten. Más aún, en vez de ignorar esas extrañas “formas” de justificar la agresión por parte del agredido, se ríen de ellas utilizándolas, incluso, como una parte más de su potente y efectista propaganda. De hecho, la revista oficial del Califato, la icónica “Dabiq”, dedica una entera sección, titulada “El Estado Islámico en palabras del enemigo”, a burlarse de las opiniones de expertos antiterroristas o periodistas. Y que nadie crea que se trata de algo parecido a un panfleto. Nada más lejos. Su maquetación es cuidada y atractiva, con reportajes y editoriales de profundidad para los más “intelectuales”. Editada en varios idiomas además del árabe, entre los que destaca el inglés. Propaganda de lo mejorcito que ya estudian con esmero y alarma los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Francia, Israel y Gran Bretaña. ¿De verdad queremos seguir regalándoles titulares o contenidos?
La última producción cinematográfica con decapitaciones reales del EI no olvida tampoco que, aunque a veces sobren las palabras cuando acompañan impactantes imágenes, un breve guion, al final, nunca está de más. Hasta ahora, la mayoría de los monólogos que precedían a la fría ejecución solían consistir en culpabilizar del fatal destino de la víctima a su país de origen. “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”. Como si el cuchillo lo esgrimiesen otros o se lo hubieran puesto al verdugo en la mano. Igual que si se hubieran visto obligados a decapitar, por culpa del empedrado, es decir, del “cruzado”. En todo caso, las palabras pronunciadas en el último vídeo de cinco minutos de duración, titulado “Un mensaje firmado con sangre a la nación de la cruz”, pretenden con claridad dar un paso más. Uno de los verdugos advierte en ese tono entre mafioso y psicópata al que, por desgracia, empezamos a estar acostumbrados: “Pueblo”, se le escucha decir en inglés, “recientemente nos visteis en las colinas de Sham y la tierra de Dabiq, cortando cabezas que han cargado con la cruz durante mucho tiempo, llenos de pesar contra el islam y los musulmanes. Hoy estamos al sur de Roma, en tierra del islam, en Libia, enviando otro mensaje”.
Para, a continuación, dirigirse a “nosotros”: “Cruzados, vuestra seguridad es algo solo al alcance de vuestros sueños”, justo antes de que los 21 verdugos degüellen a los 21 egipcios, la mayoría de los cuales habían emigrado a Libia desde humildes aldeas en busca del trabajo que no encontraron en su propio país.
Pero en Libia hace años que empezó a cocinarse el mejor caldo de cultivo para el EI. Las guerras civiles, los conflictos religiosos, las peleas por el territorio o el poder dentro de un país son las mejores circunstancias para que los yihadistas tomen por la fuerza ciudades enteras, eliminando a todo aquel que no sea de los suyos. Una aniquilación sangrienta, ante la cual no queda más remedio que preguntarse por el papel que la diplomacia internacional podría ser capaz de jugar en la misma. Un papel nulo, sin posibilidad de contenido. Al menos, hasta que se consiga debilitar al EI, ponerlo contra las cuerdas, despojarlo de la posibilidad de seguir creciendo, de que continúe llenando sus arcas con el contrabando de petróleo o el dinero procedente de rescates.
Dejarlo sin excusas. De ningún tipo. Bebaui Alham, hermano de uno de los egipcios coptos asesinados en la playa, solo logra encontrar un poco de consuelo precisamente en ello: “Su asesinato servirá para que muchos conozcan qué es realmente el EI. No son musulmanes ni cristianos. Sus militantes no tienen relación alguna con Dios”. Yo me atrevería a añadir que, por fortuna, tampoco con la mayoría de los hombres.
Por su parte, Egipto, el último país “damnificado”, ha bombardeado posiciones yihadistas desde la madrugada del lunes, una vez difundido el vídeo, y se ha sumado a la lista de países que enfrentan al EI. Su presidente ya ha pedido un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU que permita la creación de una coalición internacional para intervenir en territorio libio. Lo antes posible. El secretario del Estado Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, ha sido igualmente categórico: “El avance del Estado Islámico en Libia debe ser contenido”; añadiendo, por supuesto, que “bajo el paraguas de la ONU”. A la diplomacia – una vez constatada la imposibilidad de atajar el conflicto , le toca ahora la misión de coordinar la coalición internacional para intervenir en Libia, un país tan cercano a Italia que las palabras proclamadas por uno de los verdugos de la playa cobran un sentido aún más espeluznante y real. “En un corto espacio de tiempo, con el poder y la fortaleza de Alá, esta cruzada fracasará y nos citaremos en Jerusalén y Roma. (...) Ellos lo ven como lejano, pero nosotros lo consideramos próximo”. Y es que desde octubre, el Estado Islámico tiene su bastión en la ciudad libia de Derna, a 800 kilómetros de la costa italiana, y Roma no es solo una ciudad, un país, un continente. Es, sobre todo, un símbolo.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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