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Inmigración, seguridad e integración

sábado 24 de mayo de 2008, 20:52h
Desde hace unas semanas la violencia xenófoba contra el inmigrante se ha apoderado de la capital de Sudáfrica, Johannesburgo, y amenaza con extenderse el vecino Cabo Verde. Paradójicamente, el traumático pasado del apartheid ha convertido a la población negra sudafricana en la primera en rechazar con ferocidad a los inmigrantes que llegan de otras zonas del continente africano, huyendo de guerras y conflictos enquistados, porque son aún más oscuros de piel que ellos. El Gobierno del presidente Thabo Mbeki parece incapaz de contener los salvajes ataques que se están produciendo contra los improvisados campamentos de los inmigrantes, que se apostan alrededor de las grandes ciudades.

Pero, aunque en este caso el nivel de crueldad y barbarie contra los llegados alcance cotas terribles, Sudáfrica no es el único país que muestra las miserias de una sociedad incapaz de asumir a sus inmigrantes de una forma organizada y aceptable. En el corazón de uno de los países más ‘civilizados’ del mundo, Italia, se han vivido ataques xenófobos contra inmigrantes como los sucedidos en el barrio napolitano de Ponticelli. Por si fuera poco, el Gobierno de Berlusconi está poniendo en marcha medidas de dudoso corte democrático, como convertir en delincuente a todo aquel que no tenga papeles, intentando solucionar el problema, matando moscas a cañonazos. El problema de Italia se va a trasladar a España, que se ha convertido en el destino de la mayor parte de los rumanos que están siendo expulsados del país trasalpino, sin orden ni concierto, desequilibrando aún más si cabe un problema de entrada de inmigrantes que venía presentando un aspecto caótico.

La inmigración, lo hemos dicho una y otra vez desde este periódico, trae más cosas buenas que malas al país receptor. Las sociedades de acogida se enriquecen cultural y socialmente con ella. Sin embargo, la entrada tiene que estar regulada y ordenada para que no produzca un exceso que se traduzca en problemas de integración que acaban provocando reacciones xenófobas como la italiana o la sudafricana. La asimilación de los llegados en las sociedades no ha de entenderse, sin embargo, como un rebaja en la defensa de los valores básicos en los que se sustenta nuestra sociedad. Hay sitio para todos y lugar para aprender de otras culturas, pero ello no debe confundirse con un relativismo pusilánime de preocupantes consecuencias.

La única manera de evitar que el binomio violencia inmigración se perpetúe es poner en marcha medidas claras que castiguen cierren las puertas a quien comete delitos y ayuden a progresar y salir adelante a quién trabaja de forma honrada para salir adelante. Los inmigrantes son los primeros interesados en que se expulse a quién comete delitos, de forma que quede clara la diferencia entre ellos y los delincuentes. La seguridad no está reñida con la integración. Es más, se complementan.
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