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TRIBUNA

Un 28 F entristecido

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 27 de febrero de 2015, 20:14h

Es claro que si, conforme a la mentalidad de una época idólatra de la vitalidad y el éxito, no se quiere utilizar el término decadencia para definir el tiempo andaluz acotado por la contemporaneidad, el de postración resulta ineludible. Las dos últimas centurias de la vieja historia del solar bético no registraron en su extenso calendario ninguna etapa de esplendor sostenido, de auge refulgente en su expresión colectiva.

La política, claro, no escapó a tan pesarosa suerte, que sería vano y torpe atribuir a sortilegios o maleficios, muy esgrimidos por los pueblos desfallecientes a la hora de indagar en obscuridades y magias fenómenos que no tienen otro origen que el declinamiento de las propias energías o la dimisión de deberes intransferibles. Los hombres, nada más que los hombres -y las mujeres, por supuesto- son los actores -buenos o malos, que es otro cantar- del proceso histórico. A los que, durante doscientos años, drenaron lo mejor y más cuantioso de sus energías y saberes a encauzar la convivencia de sus conciudadanos, siempre ennortados, como el común de los mortales, por la búsqueda de máxima felicidad, hay que endosar el tanto de responsabilidad de no haberlo logrado en la medida de lo alcanzado por otras comunidades de la pluralidad nacional española, muy deficitaria, en su conjunto, en la tarea...

Responsabilidades, por descontado, de grado muy distinto según la posición de los protagonistas en el gran teatro de la vida pública. En la de los grandes personajes y de la de los miembros de las elites gobernantes, a menudo guiados por el bien de sus compatriotas, están bien patentes en los libros de historia. Hay, sin embargo, bien se entiende, muchos más, infinitos más, que, en cargos menos descollantes, también dedicaron todo su tiempo a dinamizar la vida pública en sus escalones y mecanismos más humildes, pero no menos indispensables para su funcionamiento. Ponderar sus virtudes y señalar sus desaciertos resulta más difícil. A tenor de lo visto y juzgado por la historia, su aportación al desarrollo andaluz no debió jamás sobrepasar cotas de relieve, pues, en tal supuesto, su balance final hubiere cambiado de signo. No se puede ir contra los tiempos. Cuando las fuentes de las energías de una sociedad se hallan escasas de caudal o en estiaje, es iluso hacerse ilusiones sobre su peso político y económico.

Se necesitarían seguramente varias investigaciones especializadas para conformar una explicación detallada y convincente del fenómeno de la postración andaluza en nuestro tiempo. En cualquier caso, aunque la historia es siempre un material tan indispensable como sólido para la construcción del futuro, éste es sin duda lo más importante cara al porvenir de las jóvenes generaciones. Y, ciertamente, no se atisba muy venturoso. A riesgo de fondear en un territorio ya transitado por múltiples plumas, habrá de recordarse que el ascendiente de la sociedad civil en la Autonomía andaluza carece de sustantividad, así como que su déficit crítico -tan abultado hoy en todo el país- es con casi toda seguridad el mayor de España. En ningún otro lugar de la península y sus dos archipiélagos el número de intelectuales que ejerciten la principal de sus funciones sociales es menor que en Andalucía, en la que escuchar hodiernamente a voces libres y autorizadas glosar y comentar las actuaciones del poder autonómico es un espectáculo en verdad infrecuente y muy espaciado.

Y sin crítica -responsable y serena, desde luego- no hay vida pública. La política pierde su savia y sus raíces más genuinas acaban pudriéndose por la atrofia y, a menudo, también por la corrupción.

Pero no siempre fue así en nuestra tierra y en la gran patria española, ni tampoco siempre será así. Hagamos la apuesta por la multitud de gentes buenas que pueblan el solar de una y otra y, sobre todo, por los jóvenes que protagonizarán el inmediato futuro con saberes, convicciones y virtudes privadas y públicas. Merced a su acción, la tristeza del presente se trocará en gozo y optimismo.

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