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TRIBUNA

La izquierda que no debería gobernar

domingo 01 de marzo de 2015, 19:30h

No es muy original escribir un artículo, empleando retales de viejos textos, pero este año España decide su futuro en diferentes convocatorias electorales y siento la necesidad de reunir una serie de reflexiones que escribí hace unos meses. Nunca habían aparecido publicadas en un periódico ni en cualquier otro medio de comunicación. Creo que no han perdido actualidad y tal vez ayuden a no sucumbir a planteamientos demagógicos. No hablo desde la autoridad, sino desde la consternación del que ha cometido graves errores de apreciación en un pasado reciente. Me permito la libertad de ocultar las costuras para facilitar la lectura. Inevitablemente, el punto de partida se remonta a 2008. Las calamidades provocadas por la crisis (paro, desahucios, recortes salariales, desigualdades) han alimentado el radicalismo político, dañando gravemente la convivencia y proporcionando alas a una izquierda enamorada de Stalin y Corea del Norte. Raperos incendiarios que escriben con faltas de ortografía invitan a taladrar el cráneo de los enemigos del capitalismo, celebrando los crímenes de ETA y los GRAPO. Jóvenes y no tan jóvenes manifiestan su disposición a imitar al Che, descerrajando un tiro en la cabeza de fascistas, traidores y escépticos. ¿Quiénes son esos fascistas, traidores y escépticos? Los que no piensan como ellos, los que no creen en la dictadura del proletariado, los que rechazan la violencia como arma política, los que no se dejan seducir por el virus nacionalista, los que se niegan a defender sus ideas con metralla, bombas incendiarias y cócteles Molotov, los que no deshumanizan al adversario, los que no desean vencer, sino convencer.

Creo que la izquierda radical –donde se incluye ETA y su entorno- no es una izquierda democrática, sino un hervidero de fanáticos, con un discurso raquítico y un apego enfermizo a la violencia. Esa izquierda es incapaz de mostrar la más mínima empatía hacia sus contrincantes reales o imaginarios y hostiga a sus detractores, con instinto homicida. No aprecio muchas diferencias entre nazis, bolcheviques y simpatizantes de la izquierda abertzale. Los tres grupos han aplicado políticas de limpieza ideológica, asesinando a los que no compartían su interpretación del hombre y la historia. No son rumores, sino hechos fácilmente contrastables. La izquierda abertzale reivindica el marxismo revolucionario. No es una posición incoherente. En El capital, Marx afirma que “la violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”. En el Manifiesto comunista, apunta que “el poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de la otra”. El objetivo no es acabar con violencia, sino reemplazar la dictadura de la burguesía por la dictadura de la clase obrera o, más exactamente, por la dictadura del partido comunista. Para Marx, el ser humano era material fungible. De hecho, se refiere a sus enemigos como “no aptos para un mundo nuevo” y, en consecuencia, sugiere que “deben perecer”. En definitiva, se deshumaniza al adversario para justificar purgas, masacres y un Estado autoritario. No creo que de ahí salga nada humano ni utópico.

Aconsejaría a los admiradores del Che que leyeran sus Diarios y la rigurosa biografía de Jon Lee Anderson (Che Guevara: Una vida revolucionaria, 1997). El aventurero argentino nunca ocultó que en Sierra Maestra mató a sangre fría a prisioneros desarmados ni que era la máxima autoridad en los juicios farsa celebrados en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, donde se fusiló al menos a 600 personas. Su imagen se continuará reproduciendo en carteles y camisetas, pero no es un héroe o un personaje romántico, sino un criminal de guerra. Aunque el Che afirmó que un “revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, en 1967 expresó su desprecio por la vida ajena en su Mensaje a la Tricontinetal: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta y selectiva máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. Los militantes y simpatizantes de ETA rinden un culto histérico a la memoria del Che. Innegablemente, la banda terrorista asimiló sus palabras, embarcándose en una repulsiva carrera criminal, que convirtió en blancos humanos a policías, militares, jueces, periodistas, civiles, políticos y simples ciudadanos. Algunos atentados perviven en la memoria colectiva por su extrema crueldad: Zaragoza, Vic, Hipercor, Puente de Vallecas, República Dominicana. Los nombres de Irene Villa, Tomás y Valiente, Isaías Carrasco y Miguel Ángel Blanco simbolizan la iniquidad de una organización terrorista que describe sus asesinatos como “acciones”, justificando los daños indeseados como “efectos colaterales”. ETA ha asesinado a 859 personas. 23 eran menores. Su lucha por la “autodeterminación” no era más que una exaltación provinciana de lo vasco, que reciclaba el sentimiento nacionalista con una retórica revolucionaria. Creo que los gudaris de ETA se parecen al cura Santa Cruz, cruel, bárbaro, histérico y fanatizado por la convicción de su misión providencial.

Los algo más de 60 años de ETA han creado en el País Vasco una “cultura de la muerte”, con la fuerza necesaria para bloquear los sentimientos más elementales de empatía y compasión. En una encuesta reciente, el 25% de los jóvenes vascos justifica la violencia para conseguir objetivos políticos. En 2010, Javier Vitoria, teólogo y ex rector del Seminario de Bilbao, afirmó: “ETA decía que mataba a unos porque eran guardias, a otros porque eran confidentes o drogadictos, etcétera. Pero ETA ha matado al diferente. ETA es para Euskadi como Auschwitz para Alemania. Nunca nada será lo mismo porque aquí se ha matado en nombre de la patria y hemos sido indiferentes ante la muerte, la extorsión, el secuestro…” (El País, 31 de octubre de 2010). La violencia de ETA no puede justificarse ni en los años de la dictadura, pues Carrero Blanco no era el búnker ni constituía una amenaza para la previsible reforma democrática. El búnker estaba representado por Carlos Arias Navarro. Carrero se había caracterizado por su apego al Príncipe de Asturias y jamás habría cuestionado su voluntad aperturista. ETA no ayudó a traer la democracia, pero sí el golpismo. Sólo en 1980, mató a casi un centenar de personas. Esta abominable carnicería propició que el 23 de febrero de 1981 Tejero irrumpiera en el Congreso con la pistola en la mano, mientras el general Miláns del Bosch sacaba los tanques a la calle en Valencia.

La izquierda abertzale se conmovió con la muerte de Hugo Chávez. Me pregunto si también se ha estremecido con la muerte de un niño de 14 años en una manifestación antichavista. La víctima suplicó por su vida, pero el policía que le encañonaba, le descerrajó un tiro en la cabeza. No creo que se pueda construir una alternativa política respetable, agitando la bandera de la Revolución Bolivariana, la dictadura de Fidel Castro y el “Movimiento de Liberación Nacional Vasco”. Si me preguntaran a quién voy a votar en las próximas elecciones, no sabría qué contestar, pues no me gusta la actitud beligerante e intransigente de las fuerzas que actualmente se disputan el poder político. Echo de menos el denigrado espíritu de la Transición, cuando se entendió que deshumanizar al adversario sólo conduce al odio y la discordia. Pienso en Adolfo Suárez y lamento profundamente que no haya ninguna figura equivalente. Desde una perspectiva histórica, resulta paradójico el elogio unánime que hoy concita, particularmente cuando muchos de los que ahora le ensalzan, participaron en una de las campañas más agresivas de desprestigio orquestadas contra un Presidente de Gobierno. El CDS fue la última aventura de Suárez. Su programa reivindicaba el personalismo comunitario de Emmanuel Mounier. La fórmula no llegó muy lejos, pero representaba un notable esfuerzo para situar a la persona en el centro del discurso político, combatiendo la aberración ideológica de transformar al contrincante en enemigo irreconciliable. La esencia de la democracia es reconocer que el otro puede tener razón. Olvidar eso significa abrir la puerta a las peores pesadillas. Y España no se merece más sufrimiento del que ya ha provocado la crisis.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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