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TRIBUNA

Heidegger, en Córdoba

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 06 de marzo de 2015, 20:53h
Ha pocas semanas atrás, en el asiento delantero de un vehículo de una de las líneas de autobuses de mejor funcionamiento –todas ellas, ¡oh milagro andaluz!, muy regladas- de la antigua capital califal, se atusaba con esmero su bien recortado y espeso bigote un hombre ya maduro, que semejaba ser la asombrosa reencarnación del filósofo más reputado y decisivo del siglo XX. Con permiso del cielo o del infierno – a tenor del parecer de sus críticos y glosadores (ninguno de ellos indiferente…)-, el pensador alemán paseaba en democrático y eficaz bus por la espléndida ciudad de la Mezquita, muy interesado, según las trazas, tanto por el paisaje arquitectónico como por el humano (hora punta, el vehículo se encontraba repleto de vivaces y atronadores pasajeros).

Es de imaginar que, en año de elecciones, la envidiable mente el autor de Ser y Tiempo no prestara demasiada atención o indagara en los intrincados problemas del tráfico o del nuevo diseño planificador buscado ansiosamente por todos los candidatos edilicios cara a una ciudad más habitable al tiempo que dinámica. Es de creer que, remecido, ante todo, por encontrar caminos de solución a los enigmas de la condición humana y su agible y deseable perfección, extrajese de su singular viaje elementos y materias para reflexionar sobre las más graves cuestiones de la hora presente, verbi gratia, el ascenso y predominio imparable de la técnica. Teléfonos móviles, tablets, etc. darían ocasión, dentro del micro-mundo automovilístico en que se hallaba, a la meditación, inmediata o posterior, del pensador de más bella escritura después de Platón, conforme el testimonio casi unánime de sus colegas y estudiosos. Asunto éste, según es bien sabido, que desazonó sus últimos años y sobre el que se explayó en la larga y memorable conversación que mantuviera con Ortega en la visita que D. José le hiciera –al borde ya de la muerte de entrambos- en su fecundo retiro de las frondas de la Selva Negra. ¿A qué conclusiones llegaría Heidegger de los datos extraídos de su observación de los usos y gestos de sus acompañantes de recorrido de la línea… del transporte viario del municipio cordobés? Imposible, claro, saberlo, no obstante la prodigiosa semejanza física del discutido –políticamente- filósofo germano, postrer representante tal vez de la raza de los gigantes iniciada cuando, con música de fondo socrática, Europa daba sus primeros pasos a orillas del riachuelo Academos, pues toda la dignidad del hombre, diría siglos adelante otro de los miembros de este círculo áureo, reside en el pensamiento…, principio y fin del reino de los hombres.

En esta hora, aborrascada y desapacible de Europa y de España, el adelanto del Juicio final que permitiera la visita de Heidegger por la Andalucía envuelta en los comicios autonómicos de inicios de la primavera del 2015, no suscitaría, de seguro, más que plácemes y reconocimientos. Incontables de sus mejores espíritus, profesores y estudiantes, postrados, a la fecha, en el mayor de los desánimos, recobrarían su fe en las ideas como guías últimas de la conducta humana… Al menos podemos pensar en ello como antídoto de irracionalidades y desvaríos, algunas de las cuales ya fueron sufridas por él en un tiempo relativamente lejano en la cronología, pero siempre próximo en las pulsiones incontrolables de la psicología colectiva.
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