En mi infancia cuando escuché por primera vez el pasaje del evangelio “Sed Inocentes como las palomas y astutos como las serpientes” me produjo un sentimiento contradictorio que me ha inquietado todavía más a medida que alcanzaba la adolescencia, llegando a convertirse con el tiempo y ya en plena madurez, en una indigerible hermenéutica.
Quizás Jesús reconoció la necesidad de mezclar polos opuestos. Él sabía que sus discípulos se enfrentarían a un mundo difícil y hostil en el cual tendrían que medirse con hombres fríos y arrogantes cuyos corazones habían sido endurecidos por tradiciones politeístas; por lo tanto tenía que aleccionarlos con una mente firme y un corazón tierno para evitar caer en la tragedia de adoctrinamiento a seres paganos con la férrea disciplina que aporta una mente firme y aguda, y al mismo tiempo evitar despeñarse en las profundidades de la dureza de corazón.
La ciencia viene demostrando cada vez más que somos una insignificancia microscópica dentro del universo, y que el poder de razonamiento que somos capaces de alcanzar, sobre nuestra existencia y sobre el cosmos en general, es tan minúsculo, que hoy en día inmersos en el siglo XXI, seguimos tan extraviados como cuando amanecieron nuestros más remotos antepasados en esta tierra, vuelta siempre de espaldas a nosotros. Decía un pensador que el hombre a lo sumo, es el animal capaz de prometer.
La sociedad en general, admira y aplaude al leader que ha triunfado, bien sea a través de los debates de una seductora retórica, caso del político, como de empresarios que han creado imperios y cosechado fortunas. En todos, el denominador común es el éxito.
No importa los medios que se hayan empleado, lo que cuenta es la victoria, sin distinción al decir de Víctor Hugo que sea consecuencia de una oportuna y maquiavélica intervención, en vez de un reconocido mérito.
Partiendo de este axioma, nuestro comportamiento debe estar encauzado a una utilización maestra de nuestras aptitudes y de nuestra fuerza mental, sin descuidar el envés de nuestra dosis de astucia para conseguir el máximo objetivo, que es al fin y al cabo TRIUNFAR SOBRE EL OTRO.
Si aplicamos este pasaje bíblico como norma de conducta y como sistema en el mundo de las finanzas, de la política y por ende en el mundo de los negocios, se dará con frecuencia situaciones que tropezarán con negociadores más hábiles, de mayor solvencia ética, lo que le obliga a extremar su astucia para así lograr el resultado deseado.
Sucede que en muchos casos hay personas, empresas y organizaciones políticas que ejercen esta práctica de forma consuetudinaria, y por lo tanto en ocasiones se llega a actuaciones de forma inconsciente, traspasando el umbral de lo que consideramos astucia y se actúa como un ser TAIMADO, es decir un bellaco, un ser sin escrúpulos cuya meta es siempre alcanzar el triunfo.
Sería aconsejable una sana interpretación del pasaje bíblico con advertencias claras en la época en que fueron escritos y con la intención de que iban dirigidos a unos apóstoles que iban a dedicarse a una labor ardua de proselitismo y de confrontación ideológica, con el corazón predispuesto al martirio.
William Godwin filosofo inglés del siglo XVIII precursor del concepto libertario del “Free enquiry” que posteriormente desarrolló su compatriota Bertrand Russell publicó un sublime ensayo sobre la educación y su influencia en las relaciones con la Sociedad: “Debemos ser rectos al manifestar nuestros pensamientos y palabras, sin descuidar el estar atentos y cautelosos a los errores en las opiniones y conductas de los demás, ya que en la mayoría de los casos, es seguro que provienen de la ignorancia o falta de conocimiento”.
La educación tiene un claro objetivo: Llegar al conocimiento y así facilitar y lograr el entendimiento en las relaciones humanas, construyendo un clima de confianza para alcanzar la meta de una Sociedad más justa e igualitaria. “El hombre es un ser cuya conducta está regida por sus opiniones. El mal es el error o la ignorancia, y debe corregirse mediante la instrucción. Haced asequibles los simples dictados de la Justicia a cualquier inteligencia y toda la especie se hará razonable y virtuosa”
No cabe duda de que es un pensamiento hermoso, lleno de virtudes, pero me temo que su aplicación no resultaría válida para todos los casos, quizás subrayarla como un elemento esperanzador en la creencia de hacer posible algún día la redención del ser humano.
La más esmerada instrucción, los más sublimes ejemplos de solidaridad no pueden inyectarse por vía venosa, para que luego circulen en nuestro torrente sanguíneo con idénticos resultados. Siguen desafortunadamente un proceso más complejo, que traspasan nuestros más íntimos intersticios morales y espirituales, para librar su propia batalla y su propia guerra civil.
Llegamos al convencimiento que la guerra, a fin de cuentas no se reduce solo a cuerpos de ejércitos y combates. Batallas y tropas son la demostración externa de la lucha de muchos seres humanos, pero en realidad deviene de algo mucho más profundo, más hondo que late en cada uno de nosotros. No sería temerario afirmar que el origen está en el encuentro sangriento de dos riadas de sentimientos, de dos mandatos morales que crecen, se encrespan y toman beligerancia. ¿Pudo Dios calcular al concebirnos, la resultante de su abrazo salvaje y fraterno?
Teniendo presente estas consideraciones, concluyo que el ejercicio sistemático de esa sentencia bíblica, corre el peligro que sin darnos cuenta, desplazamos al ser PIADOSO que llevamos dentro y realzamos a nuestro instinto DIABÓLICO, que inexorablemente vive encadenado al otro.
Resulta francamente sobrecogedor y espeluznante profundizar sobre las consecuencias de nuestra naturaleza maniqueista, tanto el bien como el mal que llevamos dentro, nos lleva indefectiblemente a todo tipo de guerras (Interior, fraternal, familiar, civil, conflagraciones mundiales, etc.) y por ende a todo tipo de monstruosidades y sufrimientos. ¿ Seremos capaces de crear un mundo más humano, de mayor empatía con los demás, y en donde los intereses económicos, la codicia y el poder, queden subordinados al bien común?