Podemos es noticia en todas partes. No hay periódico en la red que no tenga colgada, entre sus informaciones más visitadas y leídas, alguna referida a este grupo político. El viernes pasado, por ejemplo, este periódico tuvo entre las noticias más leídas varias que se referían a Podemos. Recordemos un par de titulares: “Podemos vota en contra de pedir que se libere al alcalde de Caracas” y “Podemos no se aclara con la independencia de Cataluña”. El mismo día otro periódico recogía no sólo esas dos informaciones, sino otras seis relacionadas con Podemos como las más visitadas, aquí transcribo los titulares de entrada a esas noticias: 1.“La OTAN pone en su sitio a Pablo Iglesias.” 2. “Nart, atónito con Podemos por votar contra la libertad en Venezuela.” 3. “Podemos contra Ciudadanos: de la cortesía al desprecio.” 4. “La opositora Mitzy Capriles desvela que Podemos le pidió confidencialidad”. 5. “Podemos iba a reunirse con Bildu en Francia para cerrar los pactos electorales”. 6. “Podemos quiere expropiar a la Iglesia la catedral de Córdoba y la Giralda.” Es evidente que sobran pruebas para mantener que Podemos es un partido político diferente, extraño e inquietante comparado con las formaciones políticas clásicas y otras surgidas recientemente.
Podemos, sí, es un partido político que no deja de sorprenderme, a pesar de que el contenido de sus discursos, las formas de expresión de sus líderes y los escritos de sus ideólogos tengan algo de familiar y próximo para este cronista. No me resulta sencillo explicar con categorías y conceptos qué es exactamente lo sorprendente de la nueva formación política. Entre otros motivos, porque cada vez que me acerco a ellos, es decir, cuando trato de estudiar sus críticas al sistema político y analizar sus propuestas para la transformación del actual régimen democrático, no puedo quitarme de encima la impresión de algo déjà vu. Sin embargo, esa imagen de un partido con modos parecidos a los que en otro tiempo utilizó la Liga Espartaco en Alemania, o, por el contrario los Bolcheviques en Rusia, se difuminó, o quizá sería mejor decir solo se me obscureció, cuando descubrí que este partido tiene una difícil ubicación en el espacio urbano.
No tiene Podemos un lugar fácilmente reconocible en la ciudad. Su sede, su local, su centro físico de operaciones apenas es reconocible en la capital de España. Yo traté de ubicarlo para que me dieran razón de cómo contactar con una persona de su dirigencia, pero no tuve éxito. Recordaré siempre con tristeza una tarde -casi noche- muy fría a principios de febrero, cuando busqué la sede de este partido en una calle del centro de Madrid, entre Santa Isabel y Lavapiés. Tomé la dirección indicada en la página Web de Podemos y después de comprobar que no existía un teléfono en esa página a quién poder dirigirme. Trataba de localizar allí a mi amiga, una dirigente del partido, que no veía hacía muchísimo tiempo, pero cuando llegué al lugar indicado, me encontré con algo parecido a un viejo almacén de una planta baja, sin teléfono, sin apenas publicidad de que estaba en la sede de Podemos, salvo un cartelito en la puerta que ponía “Podemos”, y sin que nadie pudiera darme información sobre cómo localizar a mi amiga. Pregunté por ella y escuché esta respuesta: “Aquí no está esa señora”, era la voz segura de un joven vestido con chándal y responsable del local, “ni puede dejar ninguna nota”. Yo insistí en preguntar: ¿es este local la sede de Podemos? Sí, sí, contestó mi interlocutor: “Esta es la sede, pero por aquí no viene nadie. Ni tampoco sabría decirle cómo puede conectar usted con esa señora.”
Me marché triste y perplejo ante lo que acababa de vivir. Me pregunté, como hubiera hecho cualquiera de ustedes que hubiese vivido mi experiencia, ¿qué tipo de partido es Podemos que sin lugar visible en la ciudad, en el espacio urbano, está a todas horas en los medios de comunicación, tiene cinco diputados en el Parlamento Europeo y es una de las formaciones políticas con mejores expectativas de voto en toda España? Reconozco que no tengo una respuesta clara y distinta. No paro de darle vueltas al asunto, busco fórmulas políticas, esquemas teóricos de la Ciencia Política más comparatista y, por supuesto, intento leer todo lo que se escribe sobre este partido en los periódicos para hallar una respuesta, unas cuantas razones, para explicar el éxito de Podemos. Ni que decir tiene que espero con impaciencia la película que está rodando Fernando León, el de Los lunes al sol, sobre Podemos. ¿Quién sabe? Quizá ahí esté la clave: el cine siempre simplifica, que es una forma de aclaración, la complejidad de lo real. Tampoco descarto que el éxito de Podemos resida en el manejo extraordinario de la cosa de Internet y las redes sociales, pero no me negarán, queridos lectores, que eso está al alcance de los otros partidos; por lo tanto, es menester seguir estudiando: ¿qué tipo de partido es Podemos para explicar su puesto destacado en la sociedad española?
El asunto podría resolverse diciendo que Podemos es la consecuencia del fracaso de la democracia española; pero, precisamente, porque no me conformo con esa simpleza u obviedad extendida por todos los ambientes tabernarios y televisivos de España, trato de seguir investigando la cosa. Hoy, por ejemplo, he repasado una obra clásica de Ciencia Política europea. Está escrita por un viejo comunista francés, recientemente fallecido, y forma parte de mi formación politológica en la España franquista. Es la obra “clásica” europea por antonomasia para quien quiera saber algo sobre los partidos políticos. Tuve que leerla varias veces para superar diferentes asignaturas de la carrera de Ciencias Políticas, en la Universidad Complutense de Madrid, y después, en Alemania, me la hizo releer mi maestro Jürgen Habermas, el grandioso discípulo de Abendroth, el mejor especialista teutón en movimientos obreros y partidos políticos. Me refiero a Maurice Duverger y su magistral obra: Los partidos políticos. Aconsejo las páginas finales de este texto para evaluar qué es exactamente Podemos: ¿es un partido antipartido o es un partido centralista?
Si Podemos es un partido antipartido, es decir, un simple instrumento de un movimiento social o iniciativa ciudadana, entonces, como reconoce Duverger, encontrarán en su libro muchos argumentos a su favor: “Los adversarios del ´régimen de partidos` encontrarán muchos argumentos en esta obra. La organización de los partidos no está, ciertamente, de acuerdo con la ortodoxia democrática. Su estructura interior es esencialmente autocrática y oligárquica: los jefes no son realmente designados por los miembros, a pesar de las apariencias, sino cooptados o nombrados por el centro; tienden a formar una clase dirigente, asilada de los militantes, una casta más o menos cerrada sobre sí misma. En la medida en que son elegidos, la oligarquía del partido se amplía, pero no se convierte en democracia: porque la elección la hacen los miembros, que son una minoría en relación con los que dan sus votos al partido en las elecciones generales.”
Pero, si Podemos fuera un partido centralista, también podríamos aprender mucho del sabio francés: “La evolución general de los partidos acentúa su divergencia, en relación con el régimen democrático. La centralización creciente disminuye cada vez más la influencia de los miembros sobre los dirigentes, aumentando, por lo contrario, la influencia de los segundos sobre los primeros. Los procedimientos electorales pierden progresivamente terreno para la designación de los jefes: la cooptación o la nominación desde arriba, disimuladas púdicamente antes, son ahora reconocidas parcialmente por los estatutos y, a veces, proclamadas en alta voz como un índice de progreso (en los partidos fascistas)”
En fin, las fórmulas del viejo manual francés sobre los Partidos Políticos no sirven para dar una explicación final sobre qué es exactamente Podemos. Creo que hay otras mejores, pero, mientras llegan, repasen las conclusiones de Duverger.