www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENTRE ADOQUINES

Los huesos de Cervantes están donde ya estaban

miércoles 18 de marzo de 2015, 16:04h

Me dispongo a escribir esta columna aún a sabiendas de que continúo sumida en un recalcitrante estado de perplejidad. Lo estoy desde que periódicos e informativos de televisión empezaron a pergeñar portadas y abrir espacios, incluso especiales, para anunciar a bombo y platillo que se habían encontrado los huesos de Cervantes. Qué curioso: estaban allí donde se suponía que tenían que estar. Es decir, en el madrileño Convento de las Trinitarias. En realidad, habría que aclarar que el bombo y su correspondiente platillo lo habían tocado la alcaldesa y los responsables de tan indispensable hallazgo en una esperpéntica rueda de prensa, y a los medios no les quedó otra que cumplir con su tarea: comunicar. Sin embargo, aunque parezca mentira, mi estupefacción no llegó provocada por las significativas declaraciones de Francisco Etxebarria, director de la búsqueda, “(…) Es un imposible comprobar a través del ADN cuáles son los restos de Cervantes entre todos los localizados en la cripta, puesto que están muy fragmentados y la única familiar sepultada en un lugar conocido es su hermana, cuyos restos están en un osario común en Alcalá de Henares”. Y eso que con esta frase, ya me puse a boquear.

En todo caso, antes de la “función” del pasado martes, llevaban meses con la cantinela de la búsqueda de dichos huesos como si se tratara de una agresiva campaña de marketing, de esas que preceden al estreno de una superproducción hollywoodiense. Así que, tarde o temprano, iba a llegar el gran día y ahí estaríamos todos, prontos al chascarrillo, a la opinión – como esta -; en definitiva, dispuestos a aliarnos con uno u otro bando, “huesos sí, huesos no”. Una reacción bastante común, por otra parte, de quienes hemos nacido en esta tierra enriquecida gracias a las obras de genios como Cervantes. Con absoluta independencia de dónde estuvieran sus huesos y de lo que ahora se haga con ellos, aparte de indicar con una placa – otra nueva, porque ya existía una conmemorativa y bien grande en la fachada – que sí, que ahí están los trocitos óseos del eminente escritor. Y ahora no solo porque lo diga la placa de la Real Academia que reza así: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la orden trinitaria a la cual debió principalmente su rescate”, o los correspondientes archivos de donde un día los historiadores extrajeran dicha información. Es precisamente en este asunto, el que se refiere a las placas, donde mi perplejidad se crece hasta dejarme impávida, descolocada.

Entiendo que, como decía Don Hilarión, hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad – sobre todo, las forenses -, pero una vez que paisanos y turistas nos habíamos acostumbrado a que Madrid fuera la capital del “Aquí estuvo”, ¿de dónde viene ahora este giro radical que nos lleva a constatar que efectivamente “Ahí estuvo” lo que se supone que un día llegó a estar? Y más aún en este caso, donde lo único que faltaba era localizar el punto exacto del modesto edificio al que, después de muchas remodelaciones, habían ido a parar los restos de Cervantes. No hace tanto que esas dichosas placas servían, muy al contrario, para sacar a los responsables del Consistorio madrileño de indeseables aprietos. ¿Acaso ya no nos acordamos de la que se montó cuando fueron a excavar el túnel y el parking de la calle Bailén? Nada más empezar – ya es mala suerte – se dieron de bruces con posibles restos de la antigua muralla árabe. Un lío del carajo. Tocó parar de pronto la obra, con el alquiler de las excavadoras que seguía sumando y los operarios de manos cruzadas mientras los expertos decidían si aquello era algo más que incómodos y viejos pedruscos. Al final, unas mamparas de cristal para el curioso de turno acabó en un pispas por resolver el problema. Quien quiera ver piedras, que baje al subterráneo. Los turistas de ciertas latitudes deben de alucinar al leer en sus guías que han de acceder a un parking público si quieren contemplar un trocito de muralla. Algo muy similar ocurre en la cercana Plaza de Ramales. Otro parking, esta vez para residentes, y más piedras. Saltaron de nuevo las alarmas. ¿Corresponderían a la Iglesia de San Juan Bautista en la que fue enterrado Velázquez? Menuda gaita. Una urna-lucernario, es decir más cristal - que los del servicio de limpieza aún no dan abasto para dejar traslúcido -, así como el trazado de los muros dibujado en granito negro y una cruz con la correspondiente inscripción, zanjaron el asunto. Ahí estuvo la iglesia donde fue enterrado el ilustre pintor, y punto. Quien no se lo crea, peor para él.

Sí, las placas de distintos formatos y tamaños caracterizan al centro de esta capital “manchega” igual que los espíritus de aquellos insignes moradores. Aquí estuvo la Puerta de Valnadú, aquí la casa donde vivió Goya y, más allá, donde se alzó un día el edificio que albergaba el Tribunal de la Cruzada. En Madrid hasta tenemos una plaza llamada Puerta Cerrada, a pesar de que lo único con lo que te encuentres al llegar sea una cruz enorme. Extravagancia o no, yo ya había acabado encontrando su encanto a eso de imaginar que allí estuvo algo de lo que no queda ni rastro. Uno se figura aquella puerta coronada por un dragón - precedida extramuros por ese camino angosto que es la Cava Baja -, cerrada para evitar más desgracias a los comerciantes que viajaban a la capital cargados de mercancías y llegaban de vacío, después de ser asaltados por bandoleros, piratas de tierra firme. Montarse uno la película en la cabeza, a veces inspira más que tener delante de las narices la mismísima puerta. Mero consuelo, tal vez. Pero ante estropicios sin remedio, siempre quedaba recurrir a las placas. De qué valdría ahora ponerse a despotricar, por ejemplo, del rey plazuelas, gran “derribador” de edificios situados en las angostas callejas madrileñas que tanto lo incordiaban, recordándole que esto de París o Versalles no tenía nada de nada.

De modo que, a pesar de lo logrado que les está quedando este capítulo a la española mezcla de CSI y Bones, mi estupor sigue empeñado en dar la lata. A no ser que en mi inocencia, o ignorancia, haya pasado por alto que nos encontremos frente a algún tipo de investigación criminal acerca del literato, continúo sin alumbrar el verdadero objeto, u objetivo, de tan mediática campaña en torno a unos huesos astillados y carcomidos, a punto de convertirse en polvo, que podrían pertenecer, o no, a quien tan altísimo valor dio a nuestro idioma, a nuestra cultura. ¿No son sus obras o las innumerables biografías escritas sobre él los medios más adecuados e interesantes para profundizar en su conocimiento? ¿Qué cambia realmente el hecho de extraer huesos de Cervantes de la cripta de la Orden Trinitaria de donde nunca salieron? La decisión de que sean expuestos al público correspondería, en todo caso, al propio convento de las Trinitarias y a la Real Academia, que ostenta la tutela del edificio. Personalmente, la idea de contemplar huesos astillados de varias personasfallecidas hace 400 años, entre las que, según los expertos, estaría Cervantes, no es un plan que me seduzca demasiado. Prefiero las dichosas placas.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios