Millones son las personas que están interesadas por conocer los resultados electorales de Andalucía. Millones son las personas que han estado atentas a las encuestas sobre intención de voto en Andalucía. Todos estamos implicados en ese juego, sí, tanto los que quieren jugar como los que no quieren participar están incluidos en el juego; nadie tiene escapatoria. Es un juego maldito, porque hasta los que se abstienen están implicados en sus reglas. Ese mundo político no sólo juega con nosotros sino que también nos compele a que ejerzamos nuestra libertad individual. Pero basta un poco de sensibilidad ciudadana para darse cuenta de la paradoja que vivimos: somos libres o, al menos, vivimos en sociedades que toleran e incluso estimulan a que juguemos el imaginario juego de que somos actores absolutamente libres, pero casi a la par observamos que el mundo ya no parece dúctil ni moldeable por el ejercicio de nuestra libertad.
Por el contrario, más bien es radicalmente insensible a nuestras pretensiones. Ese mundo es cada vez más inhóspito para la convivencia humana. Es como una pared que no podemos traspasar.
Ahí no acaban, sin embargo, los males, porque quienes pudieran ayudarnos a modificarlo, hace tiempo que reconocieron que ellos ya no son capaces de captar en pensamiento nuestra época, ni tampoco tienen entendederas para detectar hacia dónde va ese mundo. Quizá esas personas, que unos llaman intelectuales y otros filósofos, hayan hecho un gran descubrimiento de nuestro mundo, pero el problema es que apenas vale para transformarlo a nuestro real y saber entender; en efecto, han descubierto que la “fantasía de construir un futuro mejor” no era una fantasía sino una mentira. No hay, o mejor, no parece que haya alternativa a este mundo a través de nuestras deliberadas o libérrimas acciones. Este mundo parece que está muy por encima de todos nosotros. No existen alternativas, dicho pomposamente, teóricas para poner fin a los males de este mundo.
Los fracasos de los “cabeza de huevo”, de los pensadores, son un estímulo para que crezcan las vías pragmáticas, primitivas, “salvajes”, en fin, experimentales, para atravesar la pesadez y rigidez de este mundo. ¿Tendríamos que volver al camino de los experimentos? Creo que la pregunta es ociosa. Débil. Nos guste o no, parece que ya estamos en ese camino; si son, pues, imposibles las vías teóricas para traspasar la espesura e impenetrabilidad de ese mundo, entonces tendríamos que estar abiertos a los caminos experimentales. La revolución es, sin duda alguna, el mayor de los experimentos. En Andalucía, como ya hiciera en las elecciones europeas, se ha presentado a las elecciones un partido revolucionario, Podemos, cuya candidata, Teresa Rodríguez, ha declarado que se “esfuerza por extraer lecciones para el futuro de los procesos revolucionarios del pasado”. No sé si eso será posible, por lo que acabo decir más arriba, pero, por si le sirve para algo, le aconsejo a esta política de la “experiencia” y experimentada, pues que no es la primera vez que se presenta a unas elecciones, que lea a Rosa Luxemburgo, gran revolucionaria de comienzos del siglo XX y, sobre todo, una precisa pensadora de la revolución. La historia trágica de las revoluciones, especialmente de la revolución bolchevique, le ha dado la razón a Rosa Luxemburgo: “temía más una revolución deforme que una revolución fracasada.”
Pues eso, exactamente, me pasa a mí: prefiero que Podemos pacte con el PSOE a que triunfe como una terminal del régimen bolivariano de Venezuela en Andalucía y, más tarde, en España.