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TRIBUNA

El espíritu de Adolfo Suárez

domingo 29 de marzo de 2015, 19:44h

La política se basa en principios, no en dogmas. Algo semejante podría decirse de la moral, la creación artística y la difícil convivencia con nuestros semejantes. Hace unos días, Adolfo Suárez Illana concedió una entrevista al diario ABC con motivo del primer aniversario de la muerte de su padre, el mago que logró contener a “los hunos y los hotros” (Miguel de Unamuno), transformando una dictadura en una democracia. Al pedirle su opinión sobre Podemos, tal vez la formación política más vapuleada de la historia reciente, Suárez Illana contestó con admirable ecuanimidad: “Mal hijo de Suárez sería si me asustase con Pablo Iglesias. Todo el mundo tiene derecho a expresarse, no me asusta nadie que desde una tribuna explique su programa electoral y llame a los ciudadanos a votar”. Su respuesta sobre el declive del bipartidismo no pudo ser menos lúcida: “el surgimiento [de Podemos] está permitiendo que el PP y el PSOE reconozcan sus errores”. Tampoco le parece alarmante el debate sobre la reforma de la Constitución. “Por supuestísimo” que se pueden discutir y abordar cambios, pero debe hacerse con espíritu de consenso, no con propósitos partidistas: “La reforma no puede plantearse como parte esencial de un programa electoral en contra del vecino con quien tengo que pactarla”.

La carrera de Adolfo Suárez Illana se malogró por culpa de unas declaraciones poco afortunadas. Se trató de un desliz menor, pero la demagogia y el amarillismo se cebaron con él, expulsándole del ruedo político. Después de leer sus declaraciones, lamento que no haya continuado la estela de su padre, aportando su talante valiente y conciliador. No creo que lo recuerde, pero cuando mi padre vivía y ejercía el periodismo en la prensa de la época (ABC, Ya, Pueblo), compartimos mesa en el restaurante Montepiedra de la Dehesa de Campoamor (Alicante). Ambos éramos niños y nos dedicamos a matar el tiempo, levantando un castillo de naipes, mientras nuestros padres hablaban en otra mesa. En esos años, Adolfo Suárez era Director General de RTVE. No podría asegurarlo, pero tal vez corría el año 1971. Yo no sospechaba que no volvería a pasar un verano con mi padre en Campoamor, por entonces una urbanización incipiente, con unas playas semidesiertas y escasas edificaciones que imitaban los rascacielos de Le Corbusier. Mi padre murió de un infarto el 2 de junio de 1972 y no pudo contemplar como un político joven y audaz desmontaba el régimen, legalizando los derechos y libertades que exigía el pueblo español mediante huelgas y manifestaciones masivas.

Mi recuerdo de Adolfo Suárez es impreciso, pero no he olvidado su amabilidad y simpatía. Por entonces, apenas se prestaba atención a los niños. Sin embargo, él se mostro cercano y afectuoso, aproximándose a nuestra mesa y bromeando sobre nuestro castillo de cartas. No lo pensé en aquel momento, pero ahora creo que ese juego infantil es una perfecta metáfora de la política, donde lo más complejo es conseguir y mantener cierto equilibrio, una estabilidad que garantice la paz social y el bien común. Actualmente, hay un grado de crispación que produce inquietud y preocupación. Apenas hay medios independientes, pues casi todos los periódicos y cadenas se mantienen alineados con una opción política, demonizando al adversario. Todo indica que en un futuro cercano, los distintos partidos tendrán que pactar para gobernar, pero al mismo tiempo se describe al contrincante como una versión moderna de Atila y sus huestes. Por cierto, sabemos por Prisco, historiador romano del siglo V, que Atila era un hombre culto que hablaba y escribía latín, y dominaba el griego. El libelo es un género tan antiguo como la civilización. Siempre ha disfrutado de infinidad de adeptos, pues simplifica las cosas y corrobora los prejuicios que deforman interesadamente la realidad. El libelo es un exabrupto. Es lo más opuesto al noble y arriesgado ejercicio de pensar, donde sólo se conoce el punto de partida, nunca el desenlace final. Imagino Adolfo Suárez concibió la Transición con ese espíritu. Quizás no estaba en sus planes, pero tuvo el coraje de legalizar el PCE y soportó una oleada de violencia política sin precedentes. Los atentados de ETA y los GRAPO se cobraron centenares de vidas. Los pistoleros de la ultraderecha cometieron crímenes tan execrables como la matanza de Atocha y el asesinato de Yolanda González. No es un secreto que los militares golpistas del 23-F sentían una especial inquina por la figura de Suárez. Su actitud durante el asalto al Congreso siempre será recordada como un ejemplo de coraje y dignidad.

Pienso que la sociedad española debería imitar a Suárez, que nos legó su voluntad de entender al otro, de hablar con los adversarios ideológicos, buscando el entendimiento y no la confrontación. Algunos consideran divertido que los políticos se comporten como los concursantes de Gran Hermano, pero yo he pasado varias décadas en las aulas y puedo afirmar que ese espectáculo sólo produce consternación y vergüenza en los adolescentes. Los gravísimos problemas sociales y económicos de nuestro país –pobreza infantil, desempleo, desahucios- no se resolverán con espumarajos, sino con diálogo y solidaridad. Los periodistas y los intelectuales deben crear herramientas para la reflexión, no armas para la crucifixión del rival político. Las palabras de Adolfo Suárez Illana me parecen tan ejemplares como el gesto de su padre, que no se dejó intimidar por las balas. España necesita ese temple y no la demagogia que incendia (y oscurece) las mentes. Se ha dicho que Adolfo Suárez no era un intelectual. Puede ser. Heidegger era una de las mentes más brillantes del siglo XX y se afilió al Partido Nazi. Jamás tuvo una palabra de compasión hacia las víctimas del Tercer Reich. Suárez, en cambio, nos ha dejado frases que aún marcan el rumbo de una convivencia verdaderamente democrática. Seleccionaré dos, que me parece complementarias: “El diálogo es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo pero en él hay una regla que no se puede conculcar: no se debe pedir ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores”. Eso no significa renunciar a una necesaria redistribución de la riqueza, que evite los cuadros de pobreza y exclusión: “La libertad solamente es concebible si existen unas condiciones justas de vida para todos”. Suárez siempre fue fiel a sus principios, pero nunca se dejó seducir por los dogmas. Por eso algunos le admiramos tanto y añoramos su estilo de hacer política.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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