La fe casi siempre está acompañada por la duda. No digo ensombrecida, sino acompañada, enlazada, pues se trata de un vínculo que pone de manifiesto el carácter problemático de la realidad. La duda no es una negación dogmática, sino una pregunta que inicia una apertura. En Introducción al cristianismo (1968), un joven Joseph Ratzinger anota: «Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe. Para uno la fe estará presente a pesar de la duda, para el otro mediante la duda o en forma de duda». La rivalidad entre la fe y la duda no es una áspera confrontación, sino un horizonte que posibilita el diálogo entre el creyente y el escéptico. Es la hendidura que garantiza la comunicación, el intercambio y la polémica, clausurando las posiciones dogmáticas y excluyentes, donde no se concede ninguna credibilidad al otro. Se identifica la verdad con los criterios de verificación de las ciencias naturales, ignorando que la comprobación empírica sólo refleja nuestra forma de concebir el mundo. Las explicaciones científicas son representaciones de la realidad, elaboradas de acuerdo con nuestras peculiaridades biológicas. Kant sostenía que el conocimiento humano es una síntesis de la sensibilidad, el entendimiento y la razón. Si existieran inteligencias extraterrestres, su percepción de la realidad sería distinta, pero no menos cierta.
Es imposible demostrar la existencia de Dios. En la Crítica de la Razón Pura, Kant examinó las pruebas clásicas de la teología, evidenciando que todas desembocan en aporías, antítesis y paradojas. La fe nunca será un dato de experiencia, pero si prescindimos de la expectativa de lo trascendente, nunca obtendremos una explicación ética y unitaria de la realidad. La visión ingenua de Dios como un «ser supremo» que sobrevuela –literalmente- el mundo empírico resulta tan inaceptable como el ateísmo. En Ser cristiano (1974), Hans Küng señala que un ateísmo consecuente se expone «al riesgo de una existencia radicalmente amenazada, abandonada, arruinada, con las necesarias secuelas de duda, angustia y desesperación». La exaltación del instante planteada por Nietzsche como alternativa a la fe no engendra un saber trágico, sino una profunda desolación. Si el devenir es la última palabra, el ser humano es una especie hostigada por la guadaña del tiempo, que iguala todo en insignificancia. Ninguna vivencia puede proporcionar el fundamento y el sentido que aporta una creencia adulta y racional en Dios. Eso sí, la fe nunca es una elección fácil, salvo cuando se ha adoptado de forma irreflexiva, sin someter sus postulados a un juicio crítico. En sus Diarios, Ionesco admite: «No soy lo bastante audaz para creer». El joven Ratzinger comprende esa falta de arrojo, pues sabe que «la fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico. […] La fe es un cambio que hay que hacer todos los días; sólo en una conversión que dure toda nuestra vida podremos percatarnos de lo que significa la frase: “yo creo”».
El salto de la fe no puede darse en el vacío. Sin una poderosa motivación, la mente prefiere mantenerse en el tibio escepticismo, que repudia cualquier especulación sin un correlato empírico. Las cenizas que se recogen tras la incineración de un cadáver parecen una evidencia sólida, incontestable. En cambio, el Reino de Dios se perfila como una fantasía, incluso cuando se presenta como un «mañana ético» para las víctimas de los genocidios inspirados por ideologías totalitarias, como el nazismo y el comunismo. Siempre he pensado que el afán de inmortalidad personal es un pretexto mezquino para buscar a Dios. «Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de supervivencia su mayor anhelo –afirma Jon Sobrino-, no alberga una esperanza cristiana». La fe es una «experiencia de apertura hacia todo y hacia todos», según el teólogo protestante Paul Tillich. ¿Qué significa esa apertura? Esperanza. No sólo de una eternidad, que revele la transitoriedad de la muerte, sino de un futuro de paz y fraternidad, con una humanidad plenamente realizada y definitivamente liberada del odio y la injusticia. No se me ocurre una motivación más alta. Escribe Hans Küng: «La voluntad de Dios es inequívoca. […] Dios no quiere nada para sí, para su provecho y su mayor gloria. No desea otra cosa que el beneficio del hombre, su verdadera grandeza, su auténtica dignidad. Esta es la voluntad de Dios: el bien del hombre». El Evangelio es un mensaje de alegría, libertad y solidaridad. «No se puede estar a favor de Dios y en contra del hombre», advierte Küng.
La Pasión de Cristo es la prueba del compromiso de Dios con el hombre. “La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado, sino al sufrimiento”, apunta con clarividencia el teólogo alemán Johann Baptist Metz. El pecado original no es un desafío contra Dios, sino un agravio contra el don de la vida, que adquiere su expresión más trágica en el fratricidio de Caín. Jesús no muere tan sólo para restaurar esta quiebra de la fraternidad, sino para establecer un mandato universal: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mateo 5:44). Su terrible muerte en la Cruz nos libera del odio. No es posible concebir una redención más luminosa y esperanzadora. Se ha descrito a Dios como un rey, casi como un tirano, pero el Dios cristiano es un Padre “que no pide, sino que se da; que no humilla, sino que levanta; que no hiere, sino que cura” (Hans Küng). El que no haya comprendido esta entrega jamás entenderá la Pasión de Cristo. Y, menos aún, asumirá el riesgo de creer en un Dios que se hizo hombre para sufrir como hombre, morir como un paria y ser presencia viva en mitad del sufrimiento.