Ningún amante de la mejor narrativa puede prescindir de Mario Vargas Llosa. Títulos como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La Fiesta del Chivo o El héroe discreto, entre otros muchos, son referentes indiscutibles de la novela actual no solo en español, sino de las letras universales. Pero recordemos que el Premio Nobel de Literatura no ha cultivado únicamente ese género. Ha dado a la imprenta luminosos ensayos y se ha adentrado en el teatro, quizá su faceta menos conocida. Pese a lo que él mismo ha confesado: “El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia”.
Ese cierto desconocimiento se ha paliado en nuestro país gracias a la feliz iniciativa del Teatro Español de Madrid de llevar a escena la obra teatral del escritor hispano-peruano. Así, desde hace pocos años, el coliseo madrileño ha acogido Odiseo y Penélope, la lectura dramatizada de su ensayo La verdad de las mentiras, la adaptación teatral de Las mil y una noches, La Chunga, Katie y el hipopótamo, El loco de los balcones, y, en este 2015, Los cuentos de la peste, donde el propio Vargas Llosa volvió a subirse a las tablas, en el tándem con Aitana Sánchez-Gijón, para interpretar a una de sus criaturas, en este caso el duque Ugolino.
Tanto si usted asistió a la representación de Los cuentos de la peste como si no, ahora puede disfrutar con el texto de una pieza que se inscribe de lleno en la cosmovisión de Mario Vargas Llosa, en la que la fantasía, la ficción, se alza como elemento configurador del hombre, como salvaguarda, como método de conocimiento. No por azar, su discurso en la entrega de los preciados galardones de la Academia sueca fue un encendido “Elogio de la lectura y la ficción”, donde, entre otras apreciaciones, señaló: “La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagracia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia”.
En Los cuentos de la peste, Vargas Llosa se inspira libremente en el Decamerón, de Giovanni Boccacio para darle un sesgo tan personal como brillante. Como es sabido, la célebre obra del autor italiano, escrita entre 1351 y 1353, en el gozne entre la Edad Media y el Renacimiento, está formada por cien relatos que se cuentan los jóvenes recluidos en Villa Palmieri para escapar de la peste que hace estragos en Florencia. Ahora, de la mano del Nobel regresamos a ese mítico lugar a salvo de la enfermedad y la muerte para deleitarnos con la representación de una selección de esos cuentos presididos por la fuerza del amor y del deseo y transidos de sensualidad. Este espíritu permanece en la pieza vargallosiana, donde los personajes del Decamerón se reducen a cinco: dos, Pánfilo y Filomena, tomados de la narración de Boccaccio, y tres surgidos directamente de la pluma de Vargas Llosa, el propio Giovanni Boccaccio, que aparece como “un ser imaginativo y sensual, ama la carne y la fantasía, y no ve incompatibilidad alguna entre los placeres materiales y la vida espiritual”, Aminta, condesa de la Santa Croce, y el duque Ugolino.
Aminta y el duque Ugolino mantienen una relación muy conflictiva: “El duque Ugolino, el más anciano de los personajes, noble solterón, amigo de la caza y la aventura, ha prohijado a lo largo de su vida un amor imposible, con una mujer que seguramente inventó y con la que ha tenido y tiene todavía una pasión desgarrada, truculenta, a ratos sádica y a ratos masoquista, una mujer en la que vuelca fantasías y apetitos recónditos y con la que no cesa de jugar”. Por un lado, con el personaje del duque Ugolino, al poner en pie a su vez a otro personaje, la condesa de la Santa Croce, se incide en el poder de la imaginación y el carácter demiúrgico del creador. Por otro, se da el reverso de la condición festiva, alegre y pícara del amor que prevalece en los relatos de Boccaccio trasladados aquí a una versión teatral, para sumergirnos en el lado más oscuro, inquietante, pasional y tenebroso de ese mismo sentimiento amoroso.
Los cuentos de la peste resultan, pues, una deslumbrante relectura de la obra de Boccaccio, dando cuenta de que la excelencia como escritor de Mario Vargas Llosa no se limita en absoluto a un solo género, sino que se despliega intensamente en todos los que cultiva.