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TRIBUNA

Por la boca muere el pez... y alguno más

jueves 16 de abril de 2015, 19:55h

La gente que habla por los codos, y sobre todo por la boca, no es precisamente la más proclive a alcanzar acuerdos. El verbo se les derrite entre sus cuerdas vocales como si fuera un gigahelado. No hay espacio para la réplica porque se comen el tiempo. Imponen su razón a golpe de agotamiento, aunque los hay aún más brutos que lo hacen a golpe de decibelio elevando el volumen hasta un nivel de contaminación acústica insoportable.

Se habla sobre todas las cosas y se glorifica el diálogo desde una concepción quizás antibelicista, pero no todo puede ser objeto de transacción como algunos pretenden. Estoy de acuerdo con el dicho de Lai-Ju que Brecht consignó en el Libro de las transformaciones: “Hay que quitarse la costumbre de hablar sobre asuntos que no se pueden decidir hablando”.

Se engañan quienes, con el optimismo engarzado en el pin de su chaqueta, piensan que el diálogo americano-iraní ha permitido alcanzar un acuerdo entre ambos para paralizar el programa nuclear de los persas. Hubieran hablado lustros, décadas y hasta siglos, y no se hubieran movido de la silla repitiendo argumentarios. El convenio alcanzado ha sido fruto de la necesidad de Irán, empobrecido y ahogado y cuyas autoridades empezaban a estar temerosas de cualquier rebelión naranja. Lo mismo puede decirse de Cuba y la asunción por la dinastía de los Castro de que Obama es una buena persona. Cuando el hambre aprieta, se manifiesta una mayor proclividad al diálogo.

Ya que nadie cede en su posición porque el otro le convence, sino tras la evaluación de daños y perjuicios. El inmovilismo es la característica más definitoria del género dictatorial… y si alguien tiene duda, que se lo pregunte a Maduro, quien prefiere el sufrimiento de su pueblo a abrir caminos de futuro.

Con algunos, en fin, como Maduro o como Putin, es imposible hablar porque simplemente no quieren. A ellos el diálogo les trae al pairo. Dice Ayaan Hirsi Ali, una pensadora somalí, en su libro “Reformemos el Islam” que para que los musulmanes puedan vivir en armonía con el mundo moderno, la primera regla es “garantizar que Mahoma y el Corán se presten a la interpretación y a las críticas”.

La primera regla, por tanto, es renunciar a la soberbia y admitir que nadie es propietario de verdades absolutas e inmutables.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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