Una feroz emboscada de la narcoguerrilla al ejército tambalea las negociaciones de paz. Por Rafael Fuentes
Mientras se decretaba la ley seca para las elecciones del fin de semana, donde distintos partidos elegirán a sus candidatos para las próximas convocatorias electorales, la convulsión provocada por los estragos de la última acción de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) contra una unidad del ejército, agita de nuevo la vida política del país, sometiendo a una
presión insoportable todas las estrategias ensayadas para concluir la guerra.
Los últimos viajes del presidente Juan Manuel Santos con el propósito de recabar respaldo político y apoyo financiero internacional para compensar económicamente a las víctimas y restituir las tierras incautadas a sus verdaderos propietarios, así como el auxilio de Francia para crear una Gendarmería colombiana con la cual controlar los territorios hoy por hoy abandonados a la

disputa del campo de batalla,
auguraban una pronta firma de un Tratado de Paz en La Habana, donde se desarrollan las conversaciones. La propia movilización auspiciada por Santos el pasado 9 de abril a favor de la paz, que logró una multitudinaria aceptación, en el contexto de un alto el fuego unilateral de las FARC y un cese de los bombardeos del ejército a las posiciones de la guerrilla, parecían confirmar, en efecto, la inminencia de un cese de las hostilidades y un refrendo inmediato de los acuerdos fraguados en la capital cubana.
La prensa internacional ha presupuesto que el acercamiento de la Administración Obama a la dictadura castrista significa el final definitivo de la Guerra Fría en Hispanoamérica. Pero más allá de esos grandes titulares, el auténtico fin de la Guerra Fría en el continente se dirime en las selvas colombianas, donde la última guerrilla comunista del hemisferio sigue alzada en armas contra un orden político democrático.
La Guerra Fría en el continente americano no apagará su último rescoldo hasta que las FARC se disuelvan y la democracia se asiente en todo el territorio colombiano. La aproximación cubana a Estados Unidos y el derrumbe económico del chavismo en Venezuela sin duda favorecen este desenlace, pues las FARC se han quedado aún más huérfanas de cualquier respaldo diplomático internacional. ¿Por qué, entonces, en el momento más dulce para culminar una resolución de paz, las FARC han acometido un ataque de naturaleza tan salvaje, que pone en entredicho todo el camino difícilmente avanzado hasta hoy desde el comienzo de las negociaciones en 2012?
El atentado se ha producido en una zona caliente como es el
Valle del Cauca, y la prensa local, más próxima a los violentos sucesos, es la que ha dado la información más precisa de la aberrante embestida y muchas de las claves de sus posibles motivaciones. Es el caso del diario colombiano El País, con su cabecera en Cali, la ciudad principal del Valle del Cauca. El ataque se perpetró
contra la Brigada Móvil 17, adscrita a la Fuerza de Tarea Apolo, unidades creadas en 2009 para combatir de forma volante a los escurridizos grupos guerrilleros.
Confiados por el alto el fuego de las FARC, los soldados de la Brigada acamparon de un modo un tanto descuidado en una pequeña cancha de fútbol en el municipio de Buenos Aires, al norte del Cauca. La instalación se halla en una vereda curiosamente llamada La Esperanza. La unidad trataba de refugiarse de un intensísimo aguacero. No solo el alto el fuego, sino la interrupción de los bombardeos, el desescalamiento del conflicto y el proyecto de proceder al desminado conjunto de los artefactos antipersona enterrados en todo el país, facilitaban bajar un tanto la guardia.
Entretanto, aprovechando el diluvio, una sección de la Compañía Miller Perdomo de las FARC en el frente 8, bajo el mando de uno de los negociadores de La Habana, Jorge Torres Victoria, alias “Pablo Catatumbo”, se aproximó en la noche hasta cincuenta metros del campo deportivo. La agresión dio comienzo a las 23:30 h batiendo con granadas la posición del ejército, seguidas de fuego cruzado de ametralladoras y ráfagas de fusiles de asalto. El ataque no fue ni momentáneo ni pasajero, sino que se alargó durante más de cuatro horas, hasta las 4 de la madrugada. Los testimonios recogidos por el rotativo de Cali El País entre el vecindario son bien elocuentes del
horror y de la saña del asalto: «Doña Marta -relata el diario caribeño-, mientras pasa su mano sobre la cara y la cabeza en un gesto de dolor dice que ‘fue una enorme carnicería’. Su casa está a menos de 200 metros del lugar. Doña Marta oyó cada una de las explosiones y las ráfagas de fusil y también los gritos: los soldados pidiendo auxilio,
pidiendo que no les dejaran morir, pidiendo que hicieran algo por ellos. ‘Los soldados lloraban, y seguían pidiendo auxilio, y seguían llorando’».
La unidad que al día siguiente hubo de hacer una gran hoguera para quemar los restos y trasladar los cadáveres espantosamente mutilados y desfigurados, mostraba un inequívoco abatimiento y hacían esfuerzos por no dejarse ganar por el llanto. Una situación que no solo refleja un exceso de confianza en las unidades militares, sino también una creciente desmoralización de un ejército que hasta hace muy poco venía ganando la guerra, pero al que
le hacen mella las continuas cesiones a la guerrilla en los despachos de negociación de La Habana, muy lejos de las durísimas condiciones de vida en los bosques y selvas de los Andes.
La convulsión política ha sido instantánea y el propio Juan Manuel Santos ha tenido que declarar: «¡Qué difícil no ponerse furioso, no morir de rabia, cuando uno ve a estos soldados

asesinados por las FARC!». El golpe bajo,
los 11 muertos y 17 heridos en la emboscada, sumados a los síntomas de desaliento en las tropas desplegadas sobre el terreno, colocan entre la espada y la pared al mandatario colombiano. Su reacción inmediata ha sido proclamar que se agota la paciencia y reanudar los bombardeos contra los narcoguerrilleros (un apoyo aéreo que quizá hubiera podido salvar a los soldados atrapados en la encerrona). Pero, sin duda, en la actual situación, estas disposiciones no modifican en nada el escenario. O se reinicia la guerra con la virulencia que en la época del expresidente Álvaro Uribe hizo doblar la rodilla a las FARC, o se cierra en plazo breve un acuerdo con garantías. La prolongación de la tesitura de hoy solo proporciona oxígeno a una guerrilla que estaba quebrada y que puede ahora reponerse y volver a soñar con doblegar a la democracia colombiana.
¿Dio la orden Pablo Catatumbo de realizar la emboscada para forzar una firma ventajosa del Tratado de Paz, o al menos un alto el fuego bilateral, o se ha tratado de una acción autónoma de la compañía insurgente Miller Perdomo? Las cínicas explicaciones de las FARC sobre lo sucedido indican que intentan aprovechar el episodio para coaccionar al
Gobierno a un alto el fuego bilateral. Argumentan que no es coherente que ellos decreten un fin de actividad unilateral, y el ejército no. Razonamiento que revela hasta qué punto su alto el fuego es puramente estratégico e insincero, un arma dialéctica de carácter político que no pensaban cumplir.
Más preocupantes aún son los análisis que apuntan a que la unidad guerrillera actuó por sí misma, sin recibir órdenes superiores. No estaba siendo acosada, no se encontraba en peligro. Simplemente la Brigada Móvil 17 se interponía entre el Valle del Cauca y la salida al Pacífico, en torno al puerto de Buenaventura, en la ruta utilizada por las FARC para sacar al exterior los
cargamentos de cocaína con los que se aprovisionan. Esto daría idea de la falta de compromiso de los insurgentes en sus guaridas y su indiferencia ante las conversaciones en La Habana. Subraya su interés prioritario hacia el buen funcionamiento del narcotráfico en detrimento de cualquier otro objetivo estratégico o social.
Lo cual es la peor noticia que pudieran recibir los negociadores y un golpe casi mortal a la esperanza de trasladar el papel firmado en una capital extranjera al territorio real donde los guerrilleros están asentados.
Muchas unidades no se sentirían concernidas y continuarían la actividad bélica por su propia cuenta en relación con el gran negocio del narcotráfico. Difícil será que depongan las armas si no es neutralizándolos, meta que quizás nunca se debió abandonar.
Muy posiblemente las negociaciones en la capital de Cuba no fracasarán por acciones de esta índole, ya que están tan avanzadas que pasaron el punto de no retorno. La dificultad verdaderamente formidable no se encuentra en consensuar un texto con la suficiente ambigüedad para ser suscrito por ambas partes, sino en que ese papel firmado consiga una paz auténtica y duradera para la nación colombiana. No solo por los previsibles grupos de la narcoguerrilla que no acatarán órdenes, ni por la repugnancia moral de la mayoría de la población contra ellos, sino por la efectiva inviabilidad de insertarlos en un régimen democrático cuando sus mentes viven en el más
cerril totalitarismo con las manos manchadas de sangre.
El proyecto de convertir a los insurgentes en gendarmes, y hacer que sus
líderes se incorporen al juego democrático pese a tener a sus espaldas crímenes de guerra y de lesa humanidad que no pueden amnistiar los tribunales del propio país, se muestra como una tarea que excede la innegable buena voluntad del presidente Juan Manuel Santos.