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TRIBUNA

La hipócrita Ley del Menor

lunes 20 de abril de 2015, 20:09h

No hay criminal mayor o menor. El grado del crimen es el mismo cuando existen víctimas y no debería existir paliativo que pueda justificar por edad el derecho de un asesino frente a los muchos derechos cercenados de ellas. En España existe un cierto complejo de moralina destructiva que tiende a garantizar el bienestar criminal por encima de los males que provocan los desaprensivos que no respetan la vida ajena. La Ley del Menor es una aberración contra los indefensos ciudadanos que padecen a elementos que con premeditación perpetran un asesinato para luego parapetarse tras esas lagunas legales que la Justicia ha creado en detrimento de una sociedad desamparada frente a la intención delictiva.

La premeditación de los daños es tan adulta como las consecuencias de los actos. No hay mente menor en el crimen mayor, no existe edad que valga como atenuante frente a la barbarie del asesinato. Las influencias sociales son para todos los adolescentes las mismas y es la mente criminal, tenga la edad que tenga, la que despacha esas influencias de una manera dañina contra el inocente. No es la evolución mental la que determina el impulso para matar, sino la podredumbre criminal que acomete con virulencia a quien convierte el horror en un modo de vida más allá del convencionalismo legal por el que todos somos regidos, adultos o no.

El reciente asesino de la ballesta del instituto de Barcelona es otro criminal del mismo carácter destructivo que lo fueron en su tiempo las viles alimañas que acabaron con la vida de Sandra Palo. Los años han demostrado que no hay redención salvo el espejismo de una ley que desconsidera a las víctimas para apoyar al asesino. Ser menor es una condición que permite al criminal estrenarse con impunidad bajo el amparo de los jueces. Ley injusta y arbitraria que se ralentiza en eficacia frente al brutal aceleramiento de las motivaciones criminales que permiten la brutalidad frente al sentido común, a poco que un asesino piense en estrenar su condición homicida calculando el mal menor que le depara una acción criminal de mayúscula envergadura.

Urge una modificación urgente de la hipócrita Ley del Menor, el verdadero acicate de la premeditación criminal en aquellos que deciden con adulta barbarie cómo perpetrar un crimen. La sociedad se ha convertido en un paradigma de permisividad para con los delincuentes mostrando que el delito posee un beneficio cuando las víctimas son abandonadas al pretender proteger los derechos del criminal. El crimen sale a cuenta en la mente delictiva y no solo por la búsqueda de un beneficio concreto, sino también por la satisfacción retorcida que las consecuencias de una acción violenta pueden deparar para el ejecutor que encuentra en las leyes el modo de compensar la motivación homicida frente al mal exiguo de una condena menor.

El asesino que obra con premeditación es un criminal mayor y las consecuencias de los daños que provoca son tan adultas en la víctima como debería serlo en un asesino al margen de su edad. No son locos involucionados las alimañas que matan con prontitud, sino criminales embrionarios que aceleran su metabolismo homicida por las condiciones ventajosas en que desenvuelven sus violentas voluntades. Voluntades criminales tan adultas como alentadas, siendo ejemplo de impunidad para próximos imitadores.

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