
El último enfrentamiento de los enemigos íntimos capitalinos de esta temporada representa, guiño o escorzo del destino, el más trascendente del calendario por tercer ejercicio consecutivo. Como ocurriera en la final de Lisboa y el asalto colchonero al Bernabéu en el desenlace de la Copa 2013, este Real Madrid - Atlético recupera el paladar exquisito del evento legendario para esta eliminatoria convertida en último peldaño de la conversación merengue-rojiblanca iniciada en la Supercopa española, en agosto. Así, del mismo modo que en las citas mencionadas, un derbi de altura semejante relativiza cualquier parangón con los cruces vividos durante el año. Escapa a las intentonas de trazar semejanzas con contextos y situaciones pretéritas. Y lo hace, además, acuciado por el inocuo 0-0 registrado en la ribera del Manzanares. Un resultado que dibuja otra vuelta de tuerca a la incerteza que despierta el parte de guerra local y el grado de libertad que Simeone entregará a la calidad que guarda en la trastienda, considerando la argucia del valor doble de los goles anotados.
El primer punto constituye un desafío de proporciones absolutas para Carlo Ancelotti. Sin embargo, el técnico italiano ha asegurado no sentirse “preocupado” por las bajas y, asimismo, proyecta la templanza de aquel profesional que elude el peso de la guillotina condicional mientras confiesa estar “preparado, hasta para los penaltis”, en la búsqueda de “soluciones” que permitan alcanzar el objetivo: “hacer el mismo partido de la ida”. Y afronta una empresa que mide, a estas indigestas alturas de calendario, tres elementos nucleares en el juicio a la labor del entrenador: su profundidad en el estudio y planteamiento de situaciones, lo nutrido de su laboratorio en lo relativo a aparataje y automatismos tácticos a los que abrazarse en intervalos de urgencia -como la que pronostica la hoja de llamados a filas- y la gestión y evaluación de los minutos a repartir a lo largo y ancho de los meses y competiciones en disputa.
El doble campeón de Europa en el ejercicio de la batuta desde el banquillo sufre el empuje gravitacional de descartar la participación de Luca Modric, el motor físico capaz de remedar oquedades en un centro del campo sin especialistas defensivos y engrasar la fluidez de la combinación vertical. La caída del 10 de Croacia reviste no solo el esguince en el ligamento lateral externo de la rodilla derecha, que le podría tener unas seis semanas de baja, sino una carga simbólica y emocional granítica. El Cruyff de los Balcanes mostró, desde su regreso a la hierba, que posee el magnetismo que equilibra y enciende la concepción de lo colectivo en piezas abstraídas de esas responsabilidades. Sin duda, la baja del frenético faro protagoniza la sucesión de contratiempos. Tan protagónica resulta su mala fortuna que surgen interpretaciones satelitales a la desgracia: el jefe del departamento médico de la selección croata, Boris Nemec, apuntó a Ancelotti al señalar, con atino, que “a pesar de que Luka estuviera durante cuatro meses fuera del fútbol competitivo, lo forzó en cada partido desde que volvió al terreno de juego y no le dio ningún alivio, sino, al contrario, lo sobrecargó”. El galeno describe lo acontecido de manera meridiana, que la transición física de Modric se volvió abrupta ante las carencias organizativas de un Madrid a la deriva. Lo interpretable del argumento de Nemec es la relación directa que traza entre la pelota dividida por la que el creador eslavo se despidió de la temporada y la gestión de los minutos en la puesta a punto muscular. Una hipótesis comparable a la de los “analistas” integristas que desnudaban una supuesta conexión maquiavélica entre la amistad Arbeloa-Mourinho y el hecho de que el lateral lesionara a Casillas. El meta, por cierto, que “generó”, con una mala decisión en el saque en corto, el balón sin dueño que concluyó en tragedia ante el Málaga el pasado sábado.

El paisaje madridista está salpicado, también, por la fútil rehabilitación del esguince de rodilla de Benzema, que no tomó coherencia con el tempo de las necesidades merengues, la sanción de Marcelo, el principal barnizador de la asociación primaria de los de Chamartín, y el infortunio muscular en el sóleo de Gareth Bale, sufrido en el epílogo de este via crucis sanitario. La lesión del galés ha recibido un pronóstico de dos a tres semanas de reposo -similar a la dolencia del perforador de seda francés-, lo que le llevaría a mirar la acción desde el palco hasta la visita al Pizjuán y las hipotéticas semifinales de Liga de Campeones. Porque el Madrid ha caído en la ponderación de plazos y supuestos. Una inercia tan natural -la enfermería se copa de titulares- como nociva de cara al enfrentamiento de este miércoles. Si bien, en el expediente de la ausencia de Bale la relación de triunfos/derrotas sin su despliegue al espacio y en vuelo muestra un 7-0 favorable, con tres goles por envite como mínimo.
Con la estructura fundamental quebrada, Ancelotti baraja opciones que giran en dos planos básicos: el manejo de la pelota como protección y la búsqueda de escenarios para correr. La fotografía del vestuario del Madrid ofrece, en cuanto a nombres, un ‘plan a’ con escasos matices o peones que guarden entre sus aptitudes la capacidad de romper inercias de juego. El hieratismo del sistema se asoma a su fin, arrastrado por el escepticismo global que exige repensar el guión bajo esta particular circunstancia. Por consiguiente, sobresalen tres opciones a considerar: mantener el 4-3-3 con James/Isco y Chicharito -que ha ganado el respeto a su sudor en las últimas actuaciones- arriba, virar hacia el 4-4-2 que controle las transiciones visitantes y goce de más piezas en el manejo de la pelota -con una medular conformada por James, Kroos, Illarra o Khedira o Lucas Silva e Isco- e, incluso, un 3-5-2 que incluya la red de seguridad tejida por Pepe, Ramos y Varane, para generar superioridades en el centro del campo en virtud de la subida de los laterales y cimente más pasillos entre líneas y por el tercio central, la cuenta pendiente para hacer daño al Atlético este año. No obstante, en la ida el conjunto madridista generó fútbol ofensivo en un 73% desde las bandas, con un 17,2% de los centros completado y con la sensación de peligro multiplicada en el primer acto gracias a la participación, por el centro, de James y Benzema, en conexión líquida hacia fuera y hacia dentro.
La elección del dibujo –un descuido de Clement registra el engrose de la teoría del doble pivote Kroos-Ramos/Pepe en el sistema arquetípico, como torsión probable- condiciona sobremanera la idea con la que Carletto buscará sobrevivir en esta competición a través de la gestión lúcida del dominio del cuero. Al reducir la preponderancia de la velocidad en contragolpe debido a las ausencias y al presumible encierro astuto colchonero, la parcela de alumbramiento de la asociación debe combinarse con obreros que actúen como elementos cohesionadores de la distancia entre líneas. James, señalado junto a Isco para disparar las opciones goleadoras locales, apuntó que el pentagrama es, en líneas básicas, “estar totalmente concentrados, jugar bien y estar todos juntos, con paciencia, tocar, buscar espacios y, cuando tengamos opciones, rematarlas”. Es en este punto del análisis cuando el técnico italiano ha de calibrar riesgos y potencialidades. Porque el nivel de clarividencia en la combinación que autografío unos 45 minutos de terciopelo en el Calderón se antoja irrepetible, comprobado el intercambio de nombres en la propuesta. Y el factor físico -condicionado entre lesiones y aridez en las rotaciones- y el veneno del Atlético siguen vigentes.

“He jugado partidos más importantes, pero no tan especiales”, subrayó Fernando Torres en la previa. En efecto, el Niño ha competido en finales de Mundial, Eurocopas, Liga de Campeones y Europa League. Pero la ideación de “ganar con el Atleti es distinto” prevalece. Este sentimiento específico de la biografía del fuenlabreño declama el aura compacta y endógena del proyecto Simeone. Una obra que cuenta, otra vez a través de la escaramuza contra el Madrid, con el requisito elitista de eliminar al gigante en el Bernabéu como teatralización del estatus adquirido. Para asentar en lo pragmático este proyecto, desde el dogmático presentismo con que viene creciendo, el Cholo cuenta con todos sus guerreros a disposición, si bien Mario Suárez no podrá participar por sanción y Mario Mandzukic arriba a la Castellana con el desasosiego que le provoca esa inflamación en el tendón peroneo que le ha apartado en tres de los cuatro últimos partidos de su equipo. Por lo demás, el batallón rojiblanco parte convencido de imponer sus condiciones en la charla para, al final de los 90 minutos, empezar a pensar en la siguiente ronda. Pensar en la siguiente ronda después de estudiar el duelo del próximo sábado a las 18:00 ante el Elche, se entiende.
La recuperación de Saúl y la coyuntura que saca del once a Mario podría empujar a Diego Pablo hacia la apertura de horizontes técnico-tácticos. Con el reflejo de la exhibición del segundo tiempo en Stamford Bridge como espejo de la operación. Matizado el aguerrido sistema de juego con el que arrancó la Liga a los colosos del balompié español, el fluir que permitiría el aumento de clase y dulzura en el cortejo de la pelota tras el mercado estival no se ha plasmado en tendencia. Sólo ha constituido la salpicadura que ha embellecido la innegociable “esencia” de la apuesta. Por todo ello, el arquitecto argento ha de decidir entre la fórmula de robo y salida al espacio, el achique ortodoxo y juego en profundidad al desmarque de un fosforescente Griezmann (con el aliño de Torres) y el enriquecimiento que supondría discutir la pelota a un Madrid mermado a través de la conexión de la presencia en el verde de artistas como Tiago, Koke, Arda, Saúl, el propio punta luso y Cani con el predominio del juego rasante de asociación, con llegada en banda para regocijo del nueve croata.
Contemplando el modus operandi de Simeone no es descartable que la hoja de ruta implique y de cobijo al uso de estos bocetos a través de intervalos seleccionados, sabedor del padecimiento que le indujo el último derbi en el monopolio de la pelota oponente -hasta que el fuelle dio de sí-, que conllevó al soslayo de la esencia atómica de la estructura: la estabilidad en la ocupación de espacios en el repliegue (relación de 8 a 17 en ocasiones generadas, balance final de partido). No parecería un discurso rocambolesco que el Atlético rocíe la clase de sus escultores en contras a la espera del fallo del rival, incluso que busque la preponderancia en la intensidad física que ya le devolvió personalidad en la ida, con proletarios como Raúl García-, pero, tampoco resulta exótico el intento por ganar la pugna territorial del centro del campo desde la pelota y salida a las superioridades en banda (Juanfran-Gabi-Arda y Siqueira-Tiago-Koke). En este último sentido cobra especial importancia el trabajo a la espalda de la medular local siguiendo el conducto de la movilidad de Griezmann y el genio otomano, desasistidos en la ida por la imposición de la suerte con regusto a pelotazo y búsqueda de la segunda jugada. A través del pinzamiento a la zona y situación más endebles del candidato madridista y de la vertiente central y entre líneas del ataque colchonero, la cosecha podría desbocar los frutos a recoger, contemplando el agujero que trasluce la baja de Modric y el valor del tanto a domicilio en la seguridad de la malparada confianza de este Real Madrid.
Así pues, por delante, la máxima expresión competitiva del revitalizado derbi por excelencia del balompié nacional. Fundamentos como la solidaridad de esfuerzos, concentración e intensidad locales y precisión en el envío visitante cobran el rol del engranaje decisivo en condimento a la consabida trascendencia del balón parado y la eficacia en el tiro a palos. Valga comentar, aunque se mostrara de manera simbólica dada la unicidad de este partido, que la estadística resalta que el Madrid encadena 22 partidos consecutivos marcando en su coliseo y en Champions, desde el 27 de abril de 2011, fecha en que cayó 0-2 ante el Barça de Guardiola, desencadenando la cascada de porqués de Mourinho en la incendiada sala de prensa; que son 66 los goles que ha fabricado en los últimos 22 partidos disputados en la competencia continental, con tres anotaciones por día; y que el club avanzó en siete de las ochos oportunidades en que un cruce de este torneo cerró la ida con 0-0. Del lado contrario, brilla el frío dato reclamando atención a la inercia del Atlético de Madrid, que desembarca en este peldaño sin conocer la derrota en los últimos 10 envites -el 1-0 de Leverkusen marca la frontera-, acumulando seis de las últimas ocho fechas sin encajar un tanto -con Oblak aportando su rúbrica- y con Antoine sepultando en cuadro escalones su mejor marca anotadora en Liga. “Noches como ésta no vuelven”, susurró Simeone el martes. Esta es la guarnición que ejerce de escenografía al examen que enfrenta el talento camaleónico de dos plantillas preparadas para gobernar Europa pero acuciadas por limitaciones anatómicas y techos psicológicos. El deporte internacional torna su mirada, de nuevo, hacia la capital.