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TRIBUNA

Tony Judt y François Furet

Juan José Laborda
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viernes 01 de mayo de 2015, 00:05h
Actualizado el: 01 de mayo de 2015, 00:47h
Se acaba de publicar un libro póstumo de Tony Judt (1948-2010) titulado “Cuando los hechos cambian”, que está prologado por su viuda, Jennifer Homans. Son artículos publicados en los años finales de su vida (1995-2010), en los que encontramos temas que apasionaron y preocuparon a Judt -la evolución del pensamiento actual, las relaciones internacionales, la preocupante deriva reaccionaria de su querido Israel, Europa, Estados Unidos, etcétera-, y entre ellos, me ha interesado el dedicado a François Furet (1927-1997), un prominente historiador francés, cuya obra sobre la Revolución Francesa no sólo modificó la visión de esa época histórica -“el inicio de la Edad Contemporánea”-, sino que fue el comienzo de una revisión profunda de los grandes conceptos que habían condicionado el discurso político en los principales países europeos: los conceptos de “Revolución” y de “Nación”. Tony Judt inicia su reseña así: “François Furet, que murió el 12 de julio pasado (de 1997) a la edad de setenta años, fue uno de los hombres más influyentes de la Francia contemporánea”.

Aunque no sé si debo pedir excusas por lo que digo a continuación, lo que Tony Judt opina y siente por François Furet es muy parecido a lo que yo siento y opino de Judt, y en esa misma medida está mi admiración por la figura de un historiador como François Furet. Mis lectores de esta columna, mis alumnos, y los que me han escuchado en distintos ámbitos académicos y sociales, tal vez recuerden mi reiterado argumento: la era que comenzó en 1789 con la Revolución Francesa, terminó en 1989 con el colapso de la Unión Soviética, y con ella se cerró una gran era en la Historia, que fue definida por conceptos que surgieron de esas dos experiencias revolucionarias.

Tony Judt encuentra en François Furet las claves de ese cambio, que fue primero de análisis históricos en sus libros, para después llegar a ser cambio en la política actual, y finalmente resultaría un cambio en la Historia. La violencia, la violencia política -y ese es uno de esos cambios históricos- ha dejado de tener prestigio como factor transformador de la sociedad. El rechazo del terrorismo es el repudio de nuestro tiempo a una fase, tan clásica como supuestamente necesaria, de las Revoluciones. Tony Judt, citando a François Furet, critica la miopía moral (¡y por tanto, intelectual!) de una famosa resolución de la “Ligue des Droits de l´Homme”, cuando esa venerada institución francesa dictaminó, en 1936, que las purgas estalinistas eran consecuencias necesarias de la revolución rusa: “Sería un repudio de la Revolución Francesa -escribieron doctos historiadores de Francia- negar al pueblo ruso el derecho de acabar con los instigadores de la guerra civil o los que conspiran confabulados con extranjeros”.

Lo que Tony Judt destaca de François Furet como historiador es que prescindió del dogma marxista de la lucha de clases -François Furet fue miembro del partido comunista hasta que los soviéticos invadieron Hungría en 1956-. Volviendo al enfoque que procedía de Alexis de Tocqueville en “El Antiguo Régimen y la Revolución” (1856), Furet volvió a estudiar los acontecimientos de 1789 en Francia como un hecho fundamentalmente político y cultural, en los que las individualidades fueron decisivas -desde Siéyes y Robespierre a Napoleón-, y que sus luchas políticas fueron tan tremendas como nuevas, por lo que aquellos revolucionarios “tuvieron que inventar la política moderna”, escribe Judt.

Pues bien, la política de nuestros días, de nuestro futuro, no podrá ser como la antigua de la era de las revoluciones. La perplejidad surge cuando intuimos que nuestra época histórica aún no tiene nombre.

En cualquier caso , rechazando el viejo determinismo económico de la lucha de clases, se vuelven a tener presentes factores como la ideología, el poder de las sugestiones, de los prejuicios, de las creencias, en suma, nos encontramos con enfoques que llamaríamos “idealistas”, por contraste con otros que se definían como “materialistas”. La complejidad de esos dos métodos opuestos fueron las grandes aportaciones de Furet y Judt como historiadores; y también como moralistas cívicos de nuestros días.

Judt siguiendo a Furet fija su atención en el fracaso de la Revolución, cuando en 1792 los revolucionarios no fueron capaces de fundar un Estado que comprendiese a todos los grupos e intereses de Francia. Ese fracaso, el “fracaso del consenso” que diríamos nosotros (aunque “consenso” se encuentra en Hobbes con el mismo significado), abrió una era de dos siglos que dio vueltas con la revolución, jacobinismo, reacción, dictadura, y vuelta a la ilusión de la revolución. Sucedió en Francia, pero también en España y en los demás países fascinados por ese modelo (que comprendía la violencia).

¡Atentos con la nueva-vieja política! Hoy los nostálgicos de la revolución no se basan en el determinismo de la lucha de clases, y por eso han superado la dualidad revolucionaria de izquierda y derecha. Creen en el idealismo, en los efectos de un discurso que moviliza al pueblo (con la ayuda de Gramsci, Lacan y Ernesto Laclau), y por eso desconcierta que los demócratas, en lugar de desarrollar ideas nuevas, sigan confiando en los arcaicos “argumentarios” económicos y publicitarios.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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