El equipo español se cruza con el renovado proyecto del gigante italiano en su camino a arrancar un espacio de leyenda en la Liga de Campeones. Las bajas de Pogba, Modric y Bezema convierten el duelo en terreno de variantes de dos sistemas simétricos.

Delle Alpi, estadio juventino que adquirió el efluvio de templo icónico del rocoso poderío característico de la squadra patronada por la familia Agnelli -tomando el testigo del Comunale-, constituyó el escenario del ejercicio de dominación bianconero que azotó a los de Chamartín en la máxima competición europea, con un último testimonio emblemático en forma de traje diseñado por Pinturicchio Del Piero a medida de la decrépita anatomía de Fernando Hierro. Casi una década después de su reducción a ruinas, la Juventus ha mudado su piel externa e interna, superando la depresión que supuso el descenso administrativo vía moggiate a través de la tradicional y astuta política de gasto, la cosecha de jóvenes mvps del calcio en potencia y a pulir, y el esfuerzo de repensar el modelo de juego para sacudirse clichés y ejercer el monopolio de la sonrisa en la Serie A. Por todo esto, y porque reclutaron a Andrea Pirlo para la causa revolucionaria iniciada por Antonio Conte entregando la admiración correspondiente a un tótem que un despistado Milan negó al mejor cerebro que ha conocido el balompié transalpino, el Real Madrid pisa terreno desconocido (20:45/La1).
La hierba del volcánico Juventus Stadium ha degustado cuatro victorias de cinco partidos en la presente edición de la Liga de Campeones -sólo el Atlético arrancó un 0-0 de Turín-, bajo la hoja de ruta camaleónica de este sistema, producto del refinamiento del prototipo ideado por el actual seleccionador de la azzurra. La filosofía de escondite hiperactivo, carrera y mordisco que engalanó la vitrina doméstica y continental de la Vecchia Signora al galope de la excelencia técnica de especímenes de tan distinguido legado como Michel Platini, Roberto Baggio o Zinedine Zidane ha sufrido una metamorfosis que convierte el envite de este martes en un desafío a la percepción mutua. Ambos contendientes manejan pentagramas asimilados: pauta preferencial de control a través del cortejo del cuero y pliegue del plan diseñado hacia la efectividad del salvoconducto del repliegue y transición vertiginosa. Nace de este apartado mimético -multiplicado por la ausencia de Modric y el ascenso de Sergio Ramos a mariscal de campo- lo complicado de trazar paragones históricos a otras visitas merengues al Piamonte. La especificidad de esta tesitura en la trayectoria de los dos colosos del fútbol europeo, que agradece la competitividad de la competición, puede llevar a entregar favoritismos precoces en orden a su imprevisibilidad estratégica teórica.
Gianluigi Buffon, compañero de cima legendaria de Casillas y Pirlo, aseguró en su visita al Calderón el pretérito 1 de octubre que su club quería probarse a ese nivel (fase de grupos), aceptando con naturalidad el cambio de roles para con el oponente colchonero, recién llegado a la candidatura permanente a la gloria. Uno de los gigantes relamidos de la aristocracia de este deporte rebajaba su bouquet, sabedor del acantilado de exigencia que separa, en estos tiempos, la competencia por el Scudetto y por la Champions. Pasó sollozando de ronda la Juve, ganando sobre la bocina la discusión con el Olympiakos de Michel. A partir del atragantado arranque y con el deshilachado Borussia Dortmund y el rebajado Mónaco por rivales, una sola victoria clara (la correlación cronológica muestra 2-1 y 0-3 en octavos y 1-0 y 0-0 en cuartos). De la mano del crecimiento de Morata y la puesta a punto del tono físico y compromiso de Arturo Vidal, los pupilos de Allegri son el segundo equipo menos goleado del torneo (cinco goles), han sumado 13 dianas y, sobre todo, han cimentado su consistencia con respecto a la mutación del planteamiento alegre y protagonista hacia el achique ordenado y salida. Valga mencionar que el movimiento de desplegar tres centrales ha quedado despojado de su unidireccional interpretación trasnochada de catenaccio. En su doble cruce con ajedrez del Cholo Simeone, el técnico campeón de Italia centralizó la posesión con un 61% en el Manzanares y un resplandeciente 68% en Torino, sobresaliendo también en el balance de ocasiones creadas (16 a 14 en el global). La presumible inclusión de Bonucci, Chiellini y Barzagli en el centro de la retaguardia lanzaría a los carrileros (Leichteiner y Evra) hacia la gestación de superioridad en la medular. Además, el envoltorio muscular que suponen Marchisio, Pereyra o Vidal -todos ellos equipados con la punción asociativa entre líneas-, liberan a Pirlo del sudor defensivo para que su telescopio descubridor de pasillos no se empañe. Sin perder un vello de competitividad.
Esta variante, considerada predilecta, guarda la opción de un desdoblamiento hacia la apuesta por la velocidad y el vuelo del contragolpe, que conlleva la cesión de balón y terreno a la espera de cultivar el error no forzado del oponente. Así, tejiendo una red sin pretensiones creativas en estático, entregando la concentración a lo contemplativo, llegó la Juventus a este escalón después de 12 años de travesía. Pasó del serio triunfo ante el conjunto monegasco con un 60% de manejo de la pelota y 13 ocasiones generadas en la ida a la pérdida del esférico (45%) y un vapuleo en llegadas a portería que tomó forma estadística con un rastro de 12 a 5. Escapó del Principado con una alineación y estilo especulativo que, si la eliminatoria llega viva, cobrarían vigencia en el Bernabéu. Un esquema que, he aquí el interrogante central, podría quedar arrinconado en este primer asalto por un giro ambicioso para quemar al Madrid en la brasa de la efervescencia anatómica.

La lesión de Paul Pogba, trascendental en el equilibrio táctico-físico y técnico de esta filosofía que alimenta la participación desde la banda y hacia los llegadores de segunda línea, ha recolocado las preferencias del preparador juventino, que vira hacia lo conservador del mismo modo que Ancelotti ha experimentado con Ramos para cubrir el agujereado equilibrio madridista en el centro del campo ante la ausencia de Modric y las lagunas organizativas en el repliegue de piezas como Kroos, Isco y James -una situación que ha convencido a Carletto de la necesidad de tender la voluntad al 4-4-2-.
Con la intensidad, el ritmo de partido, la vigilancia a la habilidad de un Tévez iluminado para desafiar la lógica y generarse goles en el aislamiento que le es acogedor y el control de los pasillos entre líneas que esboce el núcleo creativo del sistema italiano como elementos paradigmáticos de esta visita a una plaza que exige altura, el Madrid desembarca con la obligación de asimilar la urgencia de adaptar su identidad al esfuerzo de concentración solidaria agonística permanente que tratará de imponer el dominador de la Serie A. Con la tenue seguridad colectiva que representa saberse en una escena de filo resbaladizo. A un mal pase y descompensado repliegue de distancia con respecto del volumen de la empresa a afrontar en el trayecto hacia Berlín. Con la velocidad en vuelo de Morata transformada de aliño a amenaza.
Confesó Ancelotti en la previa que “vamos a preparar la eliminatoria para jugar un fútbol de ataque, pero es un partido en el que tienes que defender mejor de lo que hemos hecho en los últimos tiempos”. Ese subrayado a la faceta de recuperación y orden sin balón añade velos a la charla táctica. La amalgama de halagos que susurró Allegri al club español no despistó a su homólogo, que se guardó, en consonancia con su modus operandi cuando se atisban las cotas del año, la propuesta estratégica. La subida de Ramos a la medular buscaría taponar la verticalidad turinesa, principal arma en esta época de ausencia de un trecuartista lúcido y decisivo. El balance en el perfil de los laterales -Marcelo podría regresar tras completar el partido de sanción en el último derbi- no resulta baladí contemplando la característica de extremos de los carrileros del sistema local. Tampoco lo será la altura de la presión y la firmeza y aplomo en el manejo de la asociación y circulación de la pelota.
“Tenemos que plantear nuestro estilo, identidad y ritmo en el partido” aseguró el técnico madridista. En efecto, se trata de imponer actitud y aptitud en el cómputo general y en el intervalo central del tapete en concreto. Si el Madrid logra anestesiar el ardor bianconero como tendencia y no como coyuntura, plagia la eficiencia en las coberturas tras pérdida que lució ante el Atlético y extrema la intensidad en cada faceta del duelo -el balón parado regresa como riesgo paradigmático- habrá sellado un triunfo relevante sobre los matices que definirán este partido y, en consecuencia, lo cerrado del cruce. La participación del artista malagueño en cohabitación con el 10 colombiano queda, pues, en suspenso a la constatación del tipo de trazo del guión madrileño. El regreso de Bale y su digno aperitivo sevillano en punta hace entrever que Chicharito podría aguardar su oportunidad en la banca. Por contra, la disposición de tres zagueros convertiría al mexicano en un peón fijador que abriría oquedades para el juego entre líneas, herramienta esencial para obligar a Buffon a rebuscar entre sus redes. Huelga resaltar que de la fluidez y voracidad ejecutora del otro hall of famer de la batalla, Cristiano Ronaldo, depende el curso del intercambio de golpes. Incluso, de su inteligencia para leer y traducir los espacios que generará la atención de varios obreros que presumiblemente habrá diseñado en forma de automatismo Allegri.
Arriba el club de la Castellana con una inercia más resplandeciente -sobre todo después de la derrota de la Juve ante el Toro, la primera en dos décadas-, que le permite exhibir cierto músculo. Con la trascendencia de las ausencias distribuidas casi de manera simétrica (Benzema y Modric por Pogba, Cáceres y Asamoah), el compendio numérico señala una ventaja merengue de nueve goles a estas alturas de Copa de Europa, que sólo ha perdido uno de los últimos once duelos a domicilio en esta competición y que encadena 444 minutos sin encajar un gol fuera de su sede en Concha Espina. Guarismos que bosquejan cierto optimismo en una visita que parecería, para algunos analistas, bendecida por un guiño de la fortuna que ornamentó el sorteo previo. Pero si algo mantiene esta Juventus de sus predecesores de diverso pelaje es la mística ganadora. La intencionalidad y solvencia demostrada para sacar de eje a contendientes y colocarles en escenarios hieráticos que, en efecto, hagan buena la proposición de principios de Ancelotti cuando explica que dos empates sirven a la causa. La belleza que es inherente a un enfrentamiento estándar entre dos instituciones campeonas del mundo ha quedado, pues, engalanada por la ausencia de certezas en la escaleta y los diálogos de este filme que empezará a determinar si esta obra post-Mourinho está en condiciones de solidificar su escaño en la historia repitiendo banquete y gloria en la élite del balompié.