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Cameron y la UE: las espadas en alto

domingo 10 de mayo de 2015, 12:56h
El único aspecto espinoso de las últimas elecciones británicas está en el refrendo dado por la ciudadanía a David Cameron para que someta al dictamen de las urnas la permanencia o no del país en la Unión Europea (UE). Cierto que el líder tory accedió al número 10 de Downig Street en plena crisis del euro, con naciones forzadas al rescate financiero y otras -como la propia España- al borde de la bancarrota. Muy pronto hubo de hacer frente a los efectos internos de esa situación, entre los que no era desdeñable el creciente auge de la formación populista antieuropea, Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). La promesa de un referéndum sobre mantenerse o no en la Unión Europea ha tenido, en este sentido, una primera consecuencia al laminar de raíz al UKIP y forzar a su líder, Nigel Farage, a una fulminante dimisión.

Las posturas intransigentes han sido vencidas, una ventaja que no se está midiendo en todo su valor, pero la encrucijada que se abre ahora hasta el 2017, cuando los británicos votarán sobre tan crucial asunto, está erizada de gravísimos riesgos. En principio, David Cameron no se ha pronunciado ni a favor ni en contra de que Reino Unido salga o permanezca en la UE. Todo dependerá de unas negociaciones que implícitamente ya comenzaron en 2013 y que en los dos próximos años saltarán al primer plano del debate público. El Partido Conservador quiere que su nación siga en las instituciones europeas solo si se llevan a cabo profundas reformas en ellas. Si los tratados de la UE no se modifican de forma sustancial, recomendará, por el contrario, a sus seguidores que voten por la salida.

Con el lema de asegurar la prosperidad, la formación tory plantea algunas correcciones cuya música suena bien al oído: más competitividad en el mercado único, más rapidez y flexibilidad en la respuesta a las dificultades, una justicia similar para aquellos países que utilizan el euro y para los que no lo emplean. Se trata de propósitos que serían suscritos fácilmente por la mayoría de los ciudadanos del continente. El enigma es cómo se alcanzarían esas metas y a qué costes, si supondría más Europa o menos Europa su realización. Otra tanda de cambios viene envuelta en buenas palabras: aumentar la rendición de cuentas democráticas, pero esconde algo difícil de admitir para los europeístas como es retirar competencias al Parlamento europeo para restituirlas a los Parlamentos nacionales, un retroceso que parece poco razonable.

Reino Unido tiene un arma poderosa para imponer sus criterios, pues su retirada de la UE -quizá acompasada a la salida del euro de países como Grecia-, quebraría profundamente los objetivos de la Unión Europea. Al mismo tiempo, sin embargo, Bruselas puede aprovechar la negociación para hacer reformas en los tratados que se vuelven cada día más perentorias y lograr con ellas un consenso. Por otro lado, Gran Bretaña presenta un talón de Aquiles estratégico: de proponerse abandonar la UE, Escocia no la seguiría de ningún modo, lo que reabriría con toda su crudeza la herida secesionista. El tablero es complejo para unos y para otros, pero en él una resolución positiva negociada no es imposible. Mientras tanto las espadas estarán dos largos años en alto.
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