Los modos de la democracia I
jueves 24 de enero de 2008, 21:06h
Quizá sea un síntoma del tiempo que haya que empezar con una obviedad: la democracia es una invención humana. Casi todo lo humano -y si me apuran, todo lo interesante en el hombre- es una invención. Hasta el sexo es sólo interesante en lo que añade al instinto natural. ¡Qué decir del placer de comer en estas sociedades satisfechas! El hombre es el animal que se inventa a sí mismo para superar su condición de bestia, para hacerse verdaderamente hombre. Uno de los grandes inventos humanos es la política, los modos de articular la convivencia de los hombres en sociedad. Y uno de esos modos es la democracia o idea de que el conjunto de los ciudadanos participe en el gobierno de los asuntos públicos. Quiénes son los ciudadanos y cuál la forma de participación en el gobierno son cuestiones a las que se han dado respuestas muy diferentes a la largo de la historia, sin que por ello la palabra "democracia", que ha adquirido un halo casi taumatúrgico, haya dejado de servir para definir formas tan diferentes y a veces contrapuestas de organización política.
Otra obviedad. Las democracias en que vivimos son democracias liberales. El calificativo es aquí tan sustancial como el sustantivo, hasta el punto de que hoy nos resultaría difícil entender por democracia un régimen político que no se sustentara en los principios liberales, que en resumen son:
1) Existen unos derechos y libertades inherentes al hombre más allá de su condición de ciudadano, los cuales deben ser respetados por todos, incluidos los poderes públicos -que además deben garantizarlos-, en cualquier circunstancia salvo las que expresamente prevea la ley y con las debidas garantías. Los primeros liberales pensaron que estos derechos eran naturales, es decir, que pertenecían a la naturaleza del hombre, pero hoy es más acertado plantearlo en otros términos. En tanto el hombre es una invención de sí mismo y es difícil hablar de una esencia del hombre -no existe el hombre sino hombres concretos-, debemos pensar que estos derechos son creación de los propios hombres y que hay que interpretarlos, para no caer en relativismos, según la circunstancia histórica y desde la idea de que la verdad humana se fundamenta en la capacidad racional del hombre para entender el mundo y entenderse. Una capacidad limitada por la finitud inherente a lo humano.
2) La organización política de la sociedad tiene que evitar el poder absoluto de cualquier parte del cuerpo social sobre el resto, para lo que debe establecerse lo que tradicionalmente se ha llamado con cierto celo doctrinario división de poderes. Que los poderes políticos estén repartidos no es sólo una cuestión de distribución eficaz de funciones, sino una garantía para los ciudadanos y para los propios y distintos poderes públicos, que pueden ver protegidos sus derechos por un poder distinto al que hace las leyes y al que las ejecuta.
3) La ley, como garantía jurídica de la organización social y de la convivencia, es fruto de la legítima confrontación racional de intereses por medio del diálogo entre los que representan al poder soberano.
El liberalismo político así comprendido y corregido por la idea democrática de la soberanía popular ha marcado un nivel en la historia. No es que no se pueda discutir, pues todo es discutible e interpretable, pero la renuncia a lo fundamental de este planteamiento supondría una pérdida de nivel, un descenso en la condición de lo humano que sólo podríamos permitirnos a costa de rebajar lo que hoy entendemos por hombre, a costa de deshumanizarnos. No se puede ser hombre a la altura de los tiempos no siendo liberal. Otra cuestión es que además de liberal se puedan ser otras cosas, por ejemplo, demócrata y socialista.
La democracia es otro nivel alcanzado: la democracia liberal representativa entendida como la participación de los ciudadanos en el gobierno de los asuntos públicos a través de representantes. Un nivel no quiere decir un final, sino un punto desde el que cualquier retroceso supone una pérdida, un descenso. Un nivel es un punto de llegada y al mismo tiempo una plataforma en la que apoyarse para avanzar. Es necesario, sin lugar a dudas, ahondar en los modos del ejercicio de la ciudadanía y en el propio concepto de ciudadanía, conseguir una mayor fidelidad de la representación social y establecer mecanismos que permitan una participación más activa de los ciudadanos, si éstos lo desean, en la gestión de los asuntos públicos.
|
Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
|
|