La exposición del Instituto Cervantes llamada Quijotes por el mundo ha quedado incompleta en un abrir y cerrar de ojos. Ahora esta muestra, que reúne variadas y peregrinas traducciones de la obra cervantina, queda incompleta. Le falta una traducción, quizá, la más quijotesca de todas: la del español cervantino al español "moderno" realizada por Andrés Trapiello (Destino, 2015). Esta edición del Quijote "moderno" va acompañada por el prólogo de Mario Vargas Llosa que expresa la esperanza, si no la seguridad, de que lo que hoy está considerado una “herejía”, mañana será aceptado como algo necesario.
Al conocer la aparición de este libro unos exclamarán: ¡En fin, el público podrá entender el Quijote!¡En fin, tenemos el Quijote moderno, renovado! Otros responderán: ¡Qué perdida de tiempo! ¡Qué regalo para un lector perezoso! Entre estas dos opiniones va encauzada la polémica en torno a la "traducción" del Quijote. La libertad de un escritor es incuestionable para realizar este tipo de ejercicios literarios y filológicos, aunque no es ilimitada, sobre todo, cuando la labor implica cambios de una obra ajena. Mas la creatividad o la imaginación sólo son fecundas, naturalmente, si se mueve dentro de los estrechos márgenes del sentido común. ¿Qué razones han llevado a emprender esta traducción quijotesca? ¿Cómo ha sido llevada a cabo?
El "traductor" Trapiello considera que el público vasto, quizá sea también muy basto, no comprende el Quijote. La idea del autor es que la nueva versión sirva "como muletas" para la lectura del original. ¿Cuál es la causa de la incomprensión de la obra cervantina? ¿Será la lengua del Siglo de oro tan anticuada que no la comprendemos? Si preguntamos a los expertos filólogos, dirán que el español es la lengua que menos ha cambiado desde la creación de su primera gramática por Nebrija. Si el francés de Rabelais tanto como el inglés de Shakespeare son ilegibles sin preparación especial, porque sus estructuras y ortografía estaban en plena formación, el español cervantino es meridianamente claro. Sólo hace falta hacer un poco de esfuerzo para consultar unos cuantos refranes olvidados. Es menester ver unos cuantos ejemplos de cambios introducidos por Trapiello: el "salpicón" cervantino queda sustituido por la "ropa vieja"; los "duelos con quebrantos" por los "huevos con torreznos"; "en resolución" es sustituida por "en resumidas cuentas", "en efecto" por "en fin". ¿De verdad son válidos estos cambios? ¿Es la "ropa vieja" es de uso más frecuente que el salpicón? ¿"En resumidas cuentas" suena mejor que "en resolución"? Hay más. Fijémonos en las siguientes frases: "él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”, Trapiello lo cambia por "las noches en blanco y los días en sombra". ¿Qué son estos "días en sombra"? Además, el pobre Rocinante que tenía "más cuartos que un real", es decir, muchas dolencias, gracias a la traducción llegó a tener "más años que achaques".
La cuestión no es sólo si estamos de acuerdo o no con estas interpretaciones y sustituciones, sino que está demostrado por el gran conocedor del Quijote, Martín de Riquer, que Cervantes utiliza el lenguaje arcaico, ya en su tiempo, para burlarse del estilo ampuloso e intrincado de los libros de caballerías. ¿Ha sido el público de antes más preparado para darse cuenta del lenguaje arcaico y hoy se desmaya frente a la frase "buscar catuflas en el golfo"?
Si evaluamos con mirada limpia la aparición de la nueva versión de la obra cervantina, podemos decir que los cambios introducidos por Trapiello no son tan relevantes, ni las razones son suficientes para cambiar a troche y moche el estilo de Miguel Cervantes. Su perfección, según el gran humanista Ciriaco Morón Arroyo, "se da en el equilibrio perfecto que refleja y que imprime en el lector; y esto no sólo en la posición correlativa de adjetivo y sustantivo con las cadencias perfectamente calculadas, sino en la velocidad reposada de la frase". Las expresiones anticuadas pueden ser remediadas fácilmente con unas notas breves y claras a pie de página, pero no con esas notasmazorrales que aquí aparecen.
En resolución, como diría Cervantes, la traducción de Trapiello es un decir. Es absolutamente prescindible. Innecesaria. Si el autor quiso "devolver el Quijote al habla, de dónde salió", al truncar las frases no lo ha conseguido. El habla refleja la realidad social y la traducción no refleja ni la realidad del siglo XVII ni la de hoy. Lo que hace es desnudar a un santo para vestir otro: estropear el estilo del libro para complacer a los lectores distraídos, por no decir vagos, que quedan fatigados con el mínimo esfuerzo intelectual. Si nadie o casi nadie lee el Quijote no es un problema del libro, sino del lector. Reescribir un libro clásico del modo como lo hizo Trapiello no es una "industria" como diría Cervantes, ni siquiera es "maña y astucia" como dice Trapiello. Es un ejercicio estéril.