XXVII Premio Comillas. Tusquets. Barcelona, 2015. 776 páginas. 26,90 €. Libro electrónico: 13,99 €. Monumental acercamiento a la vida y obra del egregio escritor gallego, que ofrece una novedosa visión de Valle. Con La espada y la palabra, Manuel Alberca da un paso de gigante en el conocimiento biográfico de Ramón del Valle-Inclán, tarea que a primera vista hubiera parecido infructuosa dada la destreza del creador de los esperpentos para ocultarse tras sus máscaras literarias y no dejar apenas rastro alguno de su intimidad. Rasgo de carácter que propició libros que sustituían lo biográfico por colecciones de chistes y anécdotas apócrifas, como el de Francisco Madrid, o que mezclaban su vida con una mitografía repleta de leyendas personales, tan sugestivas como fraudulentas, tal como sucede en la monografía de Ramón Gómez de la Serna. Incluso el estudio biográfico más sólido hasta hoy, Vida y literatura de Valle-Inclán, de Melchor Fernández Almagro, no dejaba de estar contaminado de esas falsificaciones legendarias, lleno de grandes vacíos y de prejuicios atrabiliarios de orden político. Manuel Alberca, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Málaga e investigador en los proyectos de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, ha manejado una formidable documentación extraída minuciosamente de archivos, epistolarios y memorias de los contemporáneos del eximio escritor, suficiente para derribar creencias mitológicas sobre la vida de Valle tomadas hasta ahora como artículo de fe y arrojar luz inesperada en torno a episodios insospechados hasta hoy. Esto permite que La espada y la palabra haga descender por primera vez a Ramón del Valle-Inclán de su reducto de leyenda para bajarlo a una escala humana. Por lo pronto, confirma inequívocamente que “Valle-Inclán” no es un seudónimo inventado en consonancia con el gusto del autor de las Sonatas por los vocablos sonoros, sino efectivamente su apellido correcto. Tampoco Ramón del Valle-Inclán provenía de una familia de abolengo abocada al declive económico y a la pobreza. Nacido en Villanueva de Arosa, su padre Ramón del Valle Bermúdez era un hombre de ideología progresista y con el carácter propio de un empresario moderno que aprovechó el sistema burgués-liberal que propietarios catalanes impulsaron en la ría de Arosa para hacer negocios vinculados a las nuevas fábricas y disponer de un capital poco despreciable. Esta exploración en la fortuna familiar posibilita a Manuel Alberca arrancar la careta al primer y más arraigado mito sobre el creador del Marqués de Bradomín: su hipotética bohemia. Valle-Inclán reaccionará contra la personalidad liberal, progresista y fabril de su padre y su familia en Arosa, fabulando un pasado antiburgués y antiliberal, señorial y legendario, que es la piedra angular del antifaz quimérico que fue concibiendo de sí mismo. Es toda una reacción contra el "padre" en la que Sigmund Freud habría encontrado abundante material psicoanalítico en torno al complejo de Edipo. Tras su primer viaje a México y su establecimiento en la capital de España, va completando la imborrable estampa de su fisonomía, la “mejor máscara que paseaba por Madrid” como se dijo en su momento: melenas, cuellos anchos, larga barba, aparatosos quevedos, elocuencia inaudita en las tertulias de los cafés madrileños de la época: el Nuevo Levante, Fornos, el Colonial. Era la indumentaria de un bohemio de escenario, pero su existencia poco tenía que ver con la bohemia. Respaldado por la fortuna familiar, favorecido por los “momios” -expresión con la que se designaba a cargos en la administración cuyo único desempeño consistía en cobrar a fin de mes-, Valle va sumando los beneficios de sus publicaciones en los mejores periódicos de la época, las novelas cuya edición él administraba y los ingresos de sus estrenos teatrales. Una vida de trabajo metódico que le hace posible vivir muy desahogadamente. Llegará a mantener abiertas dos amplias casas, una en Madrid y otra en La Puebla de Caramiñal, donde se instala largas temporadas de fructífera escritura, sin que su amplia prole pasase ninguna privación. La fábula de un Valle-Inclán famélico sufriendo calamidades con tal de preservar la pureza de su estilo ha de quedar definitivamente, tras esta La espada y la palabra, en el campo de las venerables leyendas urbanas de nuestra literatura. Manuel Alberca calcula, paso a paso, las finanzas de Valle-Inclán con cifras incontrovertibles. Un saludable correctivo a la romántica premisa según la cual hacer verdadero arte requiere pasar mucha hambre. En este aspecto cabe subrayar el gran apoyo que el autor del Ruedo Ibérico encontró siempre en el periódico El Imparcial, y más concretamente en Los Lunes de El Imparcial. Aquí publicó tres adelantos de las Sonatas, amplios fragmentos de Corte de amor, relatos de Jardín umbrío, Voces de gesta, La media noche… Una fraternal relación le mantuvo siempre unido a su director, José Ortega Munilla -padre de José Ortega y Gasset-, y solo tras su desaparición se incorporó a El Sol y a la revista España, bajo la égida de Ortega y Gasset, para recalar en sus últimos días en La Pluma, de Manuel Azaña. Esta restitución de la vida íntima de Valle nos arroja una luz impagable sobre su aventura teatral. Desde sus inicios encontró la ayuda decisiva de Jacinto Benavente y abundante trabajo en la elaboración de versiones y adaptaciones de teatro clásico o piezas extranjeras. La Compañía de María Guerrero, donde trabajaba su esposa -la actriz Josefina Blanco-, institución fundamental para acceder a los espectadores de la época, recibió con admiración los dramas de Valle-Inclán que comenzó a llevar regularmente a escena: El yermo de las almas, Cenizas, Águila de blasón, Romance de lobos, Cuento de abril, Voces de gesta… Sin duda el gusto del gran público no estaba preparado para apreciar la nueva estética, aunque su prestigio no hace más que crecer. María Guerrero estrena algunos títulos por el crédito artístico que da a su compañía, aunque a veces pierda dinero. Pero el auténtico divorcio con las tablas se produce cuando la Compañía María Guerrero decide no incluir en la gira veraniega de 1912 Voces de gesta, ya estrenada. Valle persigue a la compañía, intriga y desencadena un tremendo altercado con Fernando Díaz de Mendoza, marido de María Guerrero. Rompe con ellos -un suicidio en la España teatral de entonces-, y su mujer Josefina Blanco abandona la compañía y su profesión como actriz. Escribe El embrujado para el Teatro Español y cuenta para ello con el respaldo entusiasta de Benito Pérez Galdós, pero Matilde Moreno, primera actriz, se niega a interpretarla por sus escenas morbosas. Es el final. Ya nunca Valle retornará a los escenarios. Se revuelve contra Pérez Galdós, su bondadoso benefactor. Cuando le preguntan qué debe hacer don Benito, responde: “¡Morirse!”. Cuando se le interroga sobre cómo arreglar la crisis teatral, replicará: “¡Fusilando a los Quintero!”. La revolución estética de los esperpentos ya no subirá a los escenarios. Valle-Inclán se reservará el disfrute de lo trágico solo en los ruedos taurinos, inquebrantable admirador del torero sevillano Juan Belmonte. Una línea central planteada por Manuel Alberca en La espada y la palabra estriba en la defensa de la aparente paradoja de un escritor experimental que es a la vez, en política, furibundamente reaccionario. El biógrafo lo consigna en estos términos: “¿Cómo un escritor de vanguardia podría ser políticamente tan conservador, más incluso, retrógrado?”. Este enigma contradictorio en la figura de Valle-Inclán con frecuencia ha sido resuelto negando uno de los dos extremos. Para unos, Valle era integrista y ultraconservador solo por estética. Para otros, las posiciones ultramontanas fueron una simple pose para llamar la atención y desembocan, por el contrario, en una militancia anarquista o comunista. La biografía de Alberca denuncia la falsedad de ambas respuestas. En la primera época modernista de Valle, su concepción aristocrática del estilo y lo literario se entrelaza sin dificultad a su aristocratismo político. Su denodada adscripción al carlismo -minuciosamente rastreada por el profesor de la Universidad de Málaga-, solo es rechazada en un primer momento por el partido carlista debido al contenido, en su opinión escabroso e inmoral, de sus primeros relatos, con las Sonatas a la cabeza. Únicamente al hacer autocrítica, con un simbólico adiós a la bagatela, para volcarse en escribir la Trilogía de la Guerra Carlista: Los cruzados de la Causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño, Ramón del Valle-Inclán será admitido como una personalidad egregia y agasajada entre los ultramontanos carlistas. Como ellos, el gran estilista gallego pretendía, nada menos, que reinstaurar el Antiguo Régimen en pleno siglo XX. La abundantísima documentación manejada aquí sobre su vida privada y pública no deja lugar a dudas de que no se trataba de una actitud afectada, inducida por un esteticismo decadente, sino de una firme convicción política que se mantendría intacta e invariable hasta el fin de sus días, pese a lo descabellado de su propósito, Estos postulados tan retrógrados habrían inmovilizado cualquier creatividad literaria innovadora, pero en el caso de Valle-Inclán esto no sucedió así. El ingrediente que rompió el peligro de inmovilidad fue precisamente el cristianismo. Sin duda no es el catolicismo practicado como hábito social rutinario, sino un cristianismo de raíces íntimas que él procuró explorar hasta el límite del misticismo. Valle-Inclán adoraba la fe ingenua y sin fisuras de las creencias de un pueblo inocente anterior a la era del progreso, en cuya fe candorosa reconocía el único remedio al cainismo español, como expresase dramáticamente en Divinas palabras. Valle practicó ese espiritualismo en su atención misericordiosa hacia los rechazados, los desfavorecidos, los proscritos, los desheredados. También indagó en el misticismo quietista de Miguel de Molinos -rescatado asimismo, posteriormente, por la filósofa María Zambrano-, movimiento místico católico que trata de conducir al alma por un camino interior para alcanzar la paz en una visión del mundo desembarazada del espacio y el tiempo. El autor gallego construirá un “quietismo estético” -perfectamente teorizado en La lámpara maravillosa, tan despreciada por muchos como una simple palabrería, sin comprender su significado fundamental-, en el que la apreciación realista del mundo es superada por una percepción simultánea del todo. Es el catolicismo tradicionalista -divisa del carlismo- el que le hace posible avanzar en la experimentación narrativa. Busca una contemplación similar a la eterna, “desprendida de las sensaciones materiales y en la que la tiranía del tiempo se anula”. La intenta por primera vez en La media noche, una observación simultánea de las trincheras en el transcurso de la I Guerra Mundial en unos solos instantes nocturnos, fuera del espacio y del tiempo, dando una visión sincrónica de todo el frente de batalla desde los montes alsacianos hasta la costa mediterránea. Liberado de las perspectivas humanas, condicionadas por su posición y movimiento. Manuel Alberca considera fracasado el experimento -publicado por Los Lunes de El Imparcial-, influido quizá por las palabras humildes de Valle en el prólogo. Pero su propósito será sumamente fecundo, pues le permitirá replantear su experimentación narrativa, desglosando las acciones en una inmensa multiplicidad de perspectivas simultáneas, como hará en Tirano Banderas, La corte de los milagros, ¡Viva mi dueño! y todo el Ruedo Ibérico. Esta formidable exploración vanguardista correrá de forma paralela a las directrices estéticas del cubismo -fragmentación de puntos de vista y su recomposición-, el creacionismo, el ultraísmo… Pero en él se asienta firmemente en el quietismo y la tradición mística española, lo que no le obliga, pues, a renunciar a sus convicciones políticas carlistas, por más que se adentre portentosamente en la literatura experimental. Ciertamente la biografía de Manuel Alberca invita en este y en otros puntos a una reflexión donde reconsiderar aspectos dados rutinariamente por consabidos. No haber investigado esta línea cristiana -y aún queda un largo camino por recorrer hasta esclarecer nítidamente esta cuestión esencial-, alimentó equívocos que se sustentaban en la equiparación maquinal entre literatura de vanguardia y agitación revolucionaria política, algo que se ha procurado homologar mecánicamente, hasta pasar hoy como un artículo de fe. El caso concreto de Valle-Inclán es un ejemplo, entre muchísimos otros, que cuestionan el vínculo entre ambos asuntos, enlazados a veces sin bases firmes. El equívoco aumentó al trasladarse Valle a la tertulia del Café Regina, junto a Manuel Azaña, el socialista Araquistain, y su admirador y joven director de escena Cipriano Rivas Cherif, entre muchos otros. Desde este círculo, el autor de Luces de bohemia reafirmaría su respaldo a la revolución mexicana de Álvaro Obregón y a la rebelión bolchevique. Ambos casos indujeron a dar por hecho en Valle un giro a favor de los movimientos revolucionarios. El rastreo de la auténtica actitud valleinclanesca, rescatando episodios de su vida privada y pública hasta hoy pasados incomprensiblemente por alto, demuestra que esto no fue así. Respecto a México, Valle defendió siempre la misión moralista de España hacia el continente hispanoamericano. De nuevo es el cristianismo la clave: “El cristianismo social tenía la obligación de redimir al indio”, según sus palabras, ancladas inequívocamente en premisas carlistas. Otro tanto puede decirse de su reacción frente a la revolución bolchevique. En la biografía de Melchor Fernández Almagro no se ahorraban recriminaciones de brocha gorda contra la supuesta conversión de Valle al republicanismo frentepopulista. Leemos en Vida y literatura de Valle-Inclán, el siguiente comentario de Fernández Almagro: “Valle-Inclán se zambulló en las aguas fangosas de las que emergía la Segunda República: una República cuyo advenimiento hubo de significar algo muy parecido al suicidio colectivo de un pueblo”. Por el mismo motivo, aunque desde posiciones políticas totalmente contrarias, muchos intelectuales antifranquistas quisieron creer en esta conversión, dándole un sentido positivo. Pero los hechos son contumaces. Los propios compañeros de la tertulia del Regina habían desecho pronto ese equívoco galimatías. Valle tiene un enemigo común con sus camaradas de tertulia: acabar con el parlamentarismo liberal-burgués de la Restauración, ellos por objetivos republicanos y revolucionarios, él por razones reaccionarias. Rivas Cherif escribió: “¿Es don Ramón un convertido al socialismo? No, a don Ramón solo le inspiran gran simpatía los procedimientos antidemocráticos dictatoriales”. Y por su parte el admirador de la revolución rusa Araquistáin concluía que a su compañero de tertulia le apasionaba la nueva agitación social como tema literario, pero que eso no suponía una rectificación de sus postulados ideológicos y políticos legitimistas. Otra leyenda que esta biografía derriba. Valle no creyó en la II República. Testimonios de Ramón J. Sender no recogidos en este libro, confirman que hacia 1934, Valle-Inclán veía en ella el rebrote de un nuevo episodio cainita. En esa época, el divorcio de su esposa, la actriz Josefina Blanco, y un dolorosísimo cáncer de vejiga doblegan su capacidad de escritura. Don Ramón María del Valle-Inclán no abjuró nunca, sin embargo, de sus creencias carlistas ni eso le impidió en ningún instante avanzar prodigiosamente en la literatura experimental. Quien quiera refutar estas conclusiones deberá remover la colosal información reunida por Manuel Alberca, tanto sobre la vida íntima de Valle como sobre su actividad pública hasta ahora desestimada. En cualquier caso, la figura legendaria del gran estilista adquiere hoy, por primera vez, una dimensión auténticamente humana.
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