Ayer por la tarde se conocía la dimisión de Guillermo Zapata, el concejal que se hizo famoso por vejar públicamente a las víctimas del terrorismo y jactarse de “humor” antisemita. Sus “hazañas”, lejos de ser una excepción, parecen una constante en el equipo de Manuela Carmena, por cuanto otros compañeros suyos pedían “empalar a Toni Cantó” o “guillotinar” a Alberto Ruiz Gallardón.
Hay excesos verbales que no tienen un pase ni siquiera en la escena privada, pero que son -si cabe- aún más impresentables si se hacen públicos en una red social. Nada, absolutamente nada justifica una afrenta verbal contra Marta del Castillo o Irene Villa. Así las cosas, Guillermo Zapata no podía seguir un minuto más en el ayuntamiento. Y sin embargo, se queda.
Manuela Carmena le ampara. Tras aceptar la dimisión, afirmaba que los tuits de Zapata “se habían descontextualizado”, al tiempo que no descartaba asignarle “otra tarea distinta a la de concejal”. Ciertos exabruptos, como los proferidos por Guillermo Zapata, son de todo punto reprobables se digan en el contexto que se digan. Carmena tenía sobrados elementos de juicio para haber cesado a su concejal de cultura al tiempo de conocer los hechos, y no lo hizo. De hecho, su actitud es de profunda simpatía al antisistema de turno. Un pésimo comienzo que retrata el talante de la nueva alcaldesa de Madrid.