En las penúltimas elecciones generales que pusieron fin a un largo y, en general, muy fecundo periodo de la vida política de la España democrática, tuvo el cronista el gran privilegio de conocer y enriquecerse durante algunas horas con el trato de un muy joven militante del partido vencido en dichos comicios. Idealidad, entusiasmo, nobleza y, como natural consecuencia de tales cualidades, auténtico fair play constituían las notas más peraltadas de su empático carácter. Con gentes como él, la fuerza política de la que era miembro podía mirar con toda confianza el porvenir fuera el que fuese el veredicto de las urnas en la coyuntura antedicha y aun en todas… Para desgracia del articulista y no obstante sus esfuerzos para asegurar su contacto siquiera de modo espacial, toda traza de su figura se borró para él en los años siguientes, si bien quiere creer que continuará con la misma ilusión que en la mocedad, dando testimonio de ejemplaridad en su fidelidad a una noble opción cívica y a los mejores afanes de la gran nación en la que tuvo la suerte de nacer.
Al correr del tiempo electoral y ya en el ocaso de su existencia en una Andalucía desesperadamente alejada de las rutas del verdadero progreso, el cronista volvió a tener la fortuna, en una nueva tesitura electoral de destacada importancia para el rumbo de la colectividad española, de coincidir fugazmente con otro admirable militante, de diferente signo político del ya mencionado. Igual pulcritud en la conducta y semejante entrega a su credo presidían su comportamiento y lo identificaban, en sus extremos esenciales, con el joven que, en el mismo colegio electoral, conociera el articulista un veintenio atrás. Ante la derrota de su partido, entrambos reaccionaron con la misma dignidad y coincidente actitud en la virtualidad de sus idearios, al margen de comicios y sufragios…
Siempre sucedió así en España y acaso siga sucediendo hasta los tiempos -¿remotos, próximos?...- de su ineluctable desaparición. Desde los días del Mío Cid, las huestes fueron superiores a sus caudillos; los militantes, a sus líderes. De ahí que una derrota no sea, para las buenas gentes que integran, casi sin la excepción, la base social de los partidos, más que un avatar, un hecho de guerra que no dirimen ni su trascurso ni su término… De aquí también, finalmente, que la esperanza sea un valor de permanente cotización en la bolsa de la política española, prestándole un permanente y único atractivo y, aun, seducción…