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ENSAYO

Emilio Lledó: Palabra y humanidad

domingo 05 de julio de 2015, 14:27h
Actualizado el: 07/05/2015 14:33h
Emilio Lledó: Palabra y humanidad

Edición de Juan Á. Canal. KRK. Oviedo. 2015. 614 páginas. 29,95 €. El flamante Premio Princesa de Asturias 2015 de Comunicación y Humanidades nos ofrece clarificadoras y apasionantes reflexiones en torno a la filosofía, la educación, la literatura o el lenguaje.


Por José Antonio González

“Los viejos filósofos idearon unas cuantas palabras elementales que, como los elementos de la naturaleza, el aire, el agua, la tierra y el fuego, sirviesen como fundamentos, como elementos esenciales de toda cultura: el bien, la verdad, la belleza y la justicia. La amistad, el amor fue el lazo que hermanó tan esenciales palabras.”

La joven editorial asturiana KRK ha publicado una breve antología del filósofo español Emilio Lledó (Salteras -Sevilla-, 1927), galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en su actual edición. El profesor Lledó es desde hace ya muchos años, una institución viva de la cultura española y una figura de referencia de nuestra opinión pública, a la que hace llegar, en una y otra ocasión, un mensaje simple y esencial. Si podemos cultivar la esperanza de que la libertad y la democracia sigan floreciendo renovadamente en el futuro es únicamente a través del cuidado consecuente de la educación. Esta es la idea-fuerza que Lledó repite (como un mantra) en prácticamente todas sus intervenciones públicas. Y este libro se compone de la transcripción de algunas de esas intervenciones (entreveradas con algunos artículos para revistas filosóficas y para el boletín de la Real Academia de la Lengua, a la que el autor pertenece como miembro desde 1994).

Desde luego, el autor reivindica esa insistencia como medio necesario de que las palabras acaben teniendo efecto tangible sobre las conciencias y sobre la realidad social; de ese modo, el filósofo sevillano formado en Madrid y Heidelberg se inviste como nuestro Sócrates contemporáneo. Y la comparación es plenamente ajustada, en tanto su fuente de inspiración constante es la Antigüedad griega, en particular, como no podía ser de otro modo, Platón y Aristóteles.

Emilio Lledó bebe directamente de la fuente originaria del humanismo occidental, y cuida en nuestros días de que esa fuente resulte límpida y apetecible para los lectores (y espectadores). Un público que, sin embargo, se halla instalado (seamos o no conscientes de ello) en una época cultural que reniega de sus fundamentos ilustrados, al someterlos a una crítica o reflexión implacables. Marx, Nietzsche, Freud, siguen hablando hoy, con diversas modulaciones, a través de las teorías deconstruccionistas (llamémoslas así), que están a la base de nuestro escepticismo contemporáneo respecto a los grandes ideales de la racionalidad compartida y su vocación universalista. El discurso de nuestro autor elude esta problemática como si de un pasajero “mal sueño” se tratara, para infundirnos en su lugar un espíritu regeneracionista por medio de argumentos un tanto lineales pero henchidos de fuerza expositiva, en los cuales sobresale la pregunta por la relación entre el lenguaje y la identidad fundamental de los seres humanos.

El sugerente concepto de lengua matriz (diferenciado del de lengua materna) trata de canalizar la respuesta a un interrogante casi obsesivo para el autor: “¿Expresan, realmente, las palabras de cada individuo algo substancial de su propio ser?” En este modo original de replantear las claves de la subjetividad diferenciadora resuena el eco de las enseñanzas de Hans-Georg Gadamer, siempre presentes en los textos de Lledó, a través de una apropiación creadora.

Por medio de la diversidad de sus contenidos, esta compilación es un homenaje cumplido a un autor digno de ser homenajeado; de hecho, en sus propios escritos Lledó da la impresión curiosa de homenajearse a sí mismo, al reproducir en casi todos ellos el esquema general de sus convicciones esenciales. Convicciones necesarias en una encrucijada como la actual, en la que corren peligro de desaparición todos los compromisos del Estado social y democrático, en particular, la calidad de la enseñanza pública, sin la cual no hay futuro digno para la ciudadanía. En la cita con la que abríamos, el autor rememora a los “viejos filósofos” clásicos. Emilio Lledó es nuestro “viejo filósofo”: el último heredero de una admirable estirpe humanista que atraviesa los siglos, perseverante ante tanto horror acumulado en las páginas de la historia.

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