Ningún acontecimiento del presente carece de antecedente en el pasado. Quizá la raíz más profunda del fenómeno estribe no en el lento y evolutivo desarrollo de las sociedades, sino, muy en esencia, en la antropología humana.
Pero mientras varones sesudos y competentes dirimen tan enrevesada cuestión – (la aportación femenina a la tarea podrá ser, desde luego, no menos relevante)-, el modesto historiador de la España contemporánea –de Cádiz acá- ha de dejar constancia de que el hodierno apabullante fenómeno social y político de “Podemos” tiene no pocos rastros y ecos en su trascurso, y, lo que sorprenderá aún más, con epicentros, a las veces, idénticos… Un observador de excepción, cuya inteligencia se imponía a sus prejuicios y objeciones, Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), quien vivió, por contera, parte del Sexenio democrático en la ciudad condal, creyó encontrar antecedentes a la pulsión hipercreativa y ácrata de la “Gloriosa” en los días no menos bulliciosos del Trienio constitucional y en los del bienio progresista, “cuando España semejaba un presidio suelto…”
No hay, por supuesto, que suscribir ad pedem litterae el juicio del eximio e incomparable crítico de las letras españolas para coincidir con su pluma en la caracterización básica de unos periodos trascendentes de la historia y, de otro lado, plenificantes de energía e impulso creador y hasta de muy generosa y atractiva utopía. Fundamentalmente, el sabio montañés –hoy, de modo sintomático, reivindicado cada vez a mayor escala por el ideario progresista- apuntaba, sobre todo, al afán rupturista que daba cuerpo a dichas etapas del ayer reciente de nuestro pueblo, tendencia para él condenable apenas sin eximentes como vía indeficiente hacia la catástrofe de una convivencia en extremo difícil de articular y producto en ancha medida de una herencia civilizadora envidiable.
El autor de “Los Heterodoxos” no vivió, según es harto sabido, la excitante experiencia de la Segunda República, cuando las fuerzas más dinámicas de la existencia nacional volvieron a figurar en posiciones de avanzada vanguardia, con rechazo a menudo abrupto de la herencia del pasado, próximo o remoto. Triunfantes en las urnas en dos ocasiones no supieron o no pudieron conducir al país por roderas de una mínima concordia que impidiera, en el peor de los casos, la abierta y radical escisión que llevara, espoleada por la reacción más negra, ineluctablemente al abismo de la guerra civil.
Ni el menor indicio, ni la más remota e imprevisible posibilidad ofrece hoy la compleja colectividad española para el retorno de tan execrable coyuntura. No hay augurios ni vaticinios que valgan aquí. Tal ayer no volverá, por fortuna. Lo que sí reaparece es ese genio inquieto y desapoderado propio del talante celtíbero al que los romanos semejaron domeñar, pero que a veces hace saltar el tapón de la retorta en que se halla encerrado, animando corrientes llenas de hervor y vitalidad, agostadas sin mayor tardanza por su descentramiento y ucrónico adanismo.