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NOVELA

Tomás González: Niebla al mediodía

domingo 12 de julio de 2015, 15:03h
Tomás González: Niebla al mediodía

Alfaguara. Barcelona, 2015. 152 páginas. 18,90€

Por Rafael Narbona

La mejor literatura en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX se escribió en América Latina, pero desde el “boom” de los años sesenta no ha vuelto a repetirse una explosión de creatividad tan deslumbrante. Sin embargo, sería injusto no reconocer la aparición de nuevas figuras que soportan el contraste con autores de la talla de García Márquez o Vargas Llosa, aportando planteamientos nuevos, donde destaca el afán de no reproducir fórmulas narrativas ya explotadas. En ese grupo despunta el chileno Roberto Bolaño, alumno privilegiado de Borges y Cortázar, pero con una estética completamente personal e innovadora, que incluye la reflexión permanente sobre la actividad literaria.

Tomás González (Medellín, 1950) merece figurar en esa nueva hornada de escritores latinoamericanos, aunque el reconocimiento le haya llegado con un bochornoso retraso. Al igual que Bolaño, reconoce el magisterio de Cortázar, que en Rayuela (1963) rompe el orden lineal de los acontecimientos, convirtiendo la novela en un poliedro con múltiples caras en movimiento. Niebla al mediodía relata una historia de amor, empleando distintas perspectivas. Cada personaje ofrece su visión de los hechos, pero la verdad no es algo definitivo, sino una ensoñación que aparece y desaparece, cambiando de rostro continuamente. Es evidente que el autor no simpatiza en la misma medida con las distintas voces narrativas, pero la voluntad de comprensión prevalece sobre las emociones, disipando el fantasma de la omnisciencia. El novelista observa y recrea los hechos, sin invocar una verdad inexistente, pues eso que llamamos realidad solo es una síntesis de lo objetivo y lo subjetivo, de lo que se muestra y lo que se oculta.

Julia y Raúl son una pareja de mediana edad que acaba de separarse. Su relación solo ha durado un par de años, pero Raúl sobrelleva la ruptura con un enorme pesar, que compara con la asfixia e incluso con la muerte. Su hermana Raquel no entiende su dolor, pues Julia le parece una estúpida que escribe mediocres libros de poesía, fantaseando con ser la versión femenina de Walt Whitman. Aleja es amiga de Julia, pero siente hacia ella una mezcla de afecto y animadversión. Su vínculo se parece al de dos hermanas, atrapadas por lazos ambivalentes. En ningún momento, se confunden las voces narrativas. Los personajes están perfectamente definidos y poseen una identidad creíble, consistente y compleja. La prosa es la llave maestra de la novela. Sin excesos barrocos ni lirismos gratuitos, avanza con aplomo, creando una atmósfera propicia para la ternura, el amor, el desengaño, la introspección, el apunte reflexivo -sin lastres moralizantes-, la fantasía y la fatalidad. Tomás González no menciona el destino, pero sus personajes son víctimas de sus pasiones e impulsos, muchas veces con un enorme carga autodestructiva.

Fiel a los versos de César Vallejo que sirven de pórtico, González se pasea por “lo horrible, lo aciago, lo acerbo, lo táctil, lo profundo”. Raúl es un solitario que no soporta el aislamiento elegido. Aunque vive en una finca alejada de los grandes espacios urbanos, su dependencia emocional le condena a embarcarse en idilios absurdos, pues Sonia, la joven azafata que ocupa el lugar de Julia, devora los ejemplares de su vasta biblioteca como si mascara chicle, pasando de puntillas sobre el fondo de las obras. Raúl flirtea con la arquitectura y el diseño. Su interés por estas disciplinas refleja la necesidad de ordenar su existencia, conforme a los principios de equilibrio y armonía, pero su temperamento se parece a la selva, que se despliega caprichosamente, dejándose llevar por sus inercias. Julia es insoportablemente egocéntrica. Podemos odiarla, pero su forma de ser es la consecuencia de una infancia desdichada. Su madre le retiraba la palabra durante meses, cuando solo era una niña. Era su manera de castigar sus pequeñas travesuras. En cambio, el padre era cariñoso y cercano, lo cual estimuló un inadvertido complejo de Electra, que le ha impedido urdir vínculos estables. Al igual que Bolaño, González apuesta por un final abierto elaborado con fragmentos. Su escritura posee la intensidad de una respiración profunda y casi meditada.

Se nos ha dicho que la vida es un proyecto, pero las corrientes que circulan por nuestro inconsciente malogran una y otra vez los planes de nuestro yo racional. Niebla al mediodía es una novela exquisita, una pequeña joya que disipa la ilusión de ser el protagonista de nuestro propio existir. Tomás González es un gran narrador con un pesimismo existencial que recuerda a Juan Rulfo o al Shakespeare más sombrío. El mundo es una laguna sin fondo donde nos hundimos poco a poco. La literatura nos permite contarlo, pero no remediarlo. No dejen de leer esta novela, que ensancha la comprensión de las cosas, respetando su inescrutable misterio.

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