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TRIBUNA

Grecia, UE y nacionalismo

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 16 de julio de 2015, 20:26h
“La Unión Europea no puede aceptar seguir negociando con un Gobierno que no respeta su propia Constitución”, escribía yo la víspera del infausto referéndum griego. ¿Asombra saber que el Gobierno de Alexis Tsipras haya tenido que elegir entre salirse del euro o aceptar unas condiciones económicas propias de un país vencido en una guerra? Asombra sólo a mentes como la de Tsipras, que viven en un pasado anterior a 1989 (fecha de la implosión del comunismo soviético y del alternativo inicio de la globalización), que ahora crean en la soberanía nacional perdida de los Estados europeos.

El ocaso de las ideas comunistas tiene una cierta grandeza, especialmente si ese acontecimiento sucede en Grecia, cuando ese país se debate entre ser soberano o perder buena parte de su condición de europeo. Los partidos comunistas -de inspiración soviética más que los maoístas y trotskistas-, rechazaron el proceso de integración europea durante muchos años.

El Mercado Común Europeo, el embrión de lo que sería más tarde la Unión Europea, era un artefacto capitalista cuya función era alienar a la clase trabajadora y someterla a la dominación norteamericana, cuyo instrumento más eficaz era el FMI, la quintaesencia de las doctrinas capitalistas. Su antieuropeísmo se basaba en un aprecio a la soberanía e independencia nacionales.

El Gobierno de Tsipras, y su ministro Yanis Varufakis, mantuvieron ese discurso durante su triunfante campaña electoral, y cuando asumieron el poder no fueron capaces de salirse de una serie de ideas completamente erróneas. La consecuencia fue obviamente estúpida: en lugar de buscar apoyos en los europeístas de su propio parlamento -los socialistas y liberales- y de los socios europeos -François Hollande, Matteo Renzi, Mario Draghi, Martin Schulz, incluso los gobernantes socialdemócratas alemanes- , el Gobierno de Tsipras buscó apoyo en los “Griegos independientes”, un partido de extrema derecha, cuyo atrabiliario líder se convirtió en ministro de Defensa.

Y algo más: el Gobierno griego desdeñó la buena disposición del presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, y de la directora del FMI, Christine Lagarde, que estaban estimulando las economías europeas, y que anunciaban que Grecia no podría pagar su deuda soberana.

El referéndum fue la peor idea de todas: pulverizó la confianza de los socios europeos, y situó a los votantes griegos en primera fila, mientras su Gobierno se escondía de los acreedores detrás de su propio pueblo. En lugar de incrementar la solidaridad de los socios, el Gobierno griego hizo realidad algunos de sus mentirosos eslóganes favoritos: todos los europeos se convirtieron en sólo acreedores.

Probablemente, el Gobierno de Tsipras, a pesar de su crisis, sacará adelante las exigencias europeas en su parlamento ¡con los votos, ahora, de los diputados europeístas de la oposición!
Pero todo esto es una gigantesca amenaza para el proyecto europeo. El ministro alemán de Economía no oculta su escepticismo sobre las posibilidades de Grecia para recuperarse. El FMI coincide en ese punto. El presidente Obama comparte esa preocupación.

Grecia interpela a Europa sobre su futuro. El impulso integrador, que desapareció cuando la Constitución Europea fue rechazada en Francia y en Holanda en 2005, tiene que reactivarse urgentemente. Los problemas del europeísmo, como los de la democracia (¡y por tener la misma naturaleza!), se resuelven con más europeísmo. El Gobierno griego desbarra, pero las opiniones públicas francesa, inglesa, húngara, y muchas otras, pueden impulsar gobiernos que dejen como sensatos a los ministros del actual ejecutivo griego.

Un impulso integrador en la Unión Europea tendrá que solucionar, en un proceso de varios años, la anomalía de que un sistema monetario único dependa de diecinueve mercados financieros, tantos como Estados tienen el euro como moneda. La creación de un mercado financiero único será una transformación tan enorme que Europa dará un paso gigantesco en su camino de superación del concepto de soberanía nacional, algo que fue la creación europea para una época que terminó en 1989.

¿Y España qué puede hacer? Vistas las cosas, con Francia y Gran Bretaña con serios desafíos antieuropeos, la operación de crear un consenso integrador dependerá de Alemania, siempre y cuando otros grandes países cooperen en ello. Italia, ahora, puede jugar un papel importante. Pero ese proyecto necesita a España y a Francia. Los dos partidos fundamentales españoles, el PP y el PSOE, han perdido mucho fuelle en su dedicación europeísta. Véase nuestra débil presencia en el Parlamento Europeo, sin entrar en el claro retroceso en las instituciones ejecutivas de la UE. Nuestro debate europeo ha sido pueblerino, en otras palabras, ha sido cerrado y nacionalista, y eso define a la mayoría de los dirigentes políticos y de los informadores. El parlamento y los medios de comunicación coinciden en que a falta de investigación, los debates se limitan a dar opiniones cerradas, con los modos castizos de las tertulias. En estas circunstancias, la pregunta que surge es la siguiente: ¿ni siquiera en ésto habrá consenso entre el Gobierno y el partido socialista? ¿Seguiremos jugando a las casitas en política europea?

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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