Cuando el calor es insoportable, buscamos el mar. El calor abruma en toda la península y las islas. Las ciudades aparecen algo desiertas, más tranquilos y pausados están sus moradores. Muchos son los que se van o ya se han ido en busca del viento refrescante de la costa. Desde la Antigüedad el mar atraía más que aterraba. El siglo IX, tan lejano, fue el siglo de la dilatación de la civilización marítima y urbana. La libertad individual tiene sus raíces en las actividades económicas independientes de los comerciantes del siglo XI. Los comerciantes libres fueron los primeros en advertir y, finalmente, romper con los regímenes señoriales y feudales que se sentían bien con las economías cerradas, que ayudan a tener a la población bajo el control, evitando cualquier influencia “extranjerizante”. Los barcos con su surcar constante por el Mediterráneo hicieron imposible el aislamiento, estrecharon los vínculos con el Oriente, perfilando los rasgos de la organización internacional y buscando el equilibrio de fuerzas. En realidad, el mar fue el único régimen que permitía el negocio, que no el monopolio del fuerte. De este modo, el mar cambiante fue la base más sólida para la expansión económica que esboza los rasgos principales de la civilización Occidental, a saber, la libertad de movimiento y la libertad de comercio.
Una vez que el hombre cambia las galeras movidas por la fuerza humana, siempre escasa, y con su ingenio atrapa el viento con las velas para aprovechar su fuerza, entonces el Mediterráneo resulta muy estrecho. Hasta el soldado más oscuro, como es el caso de Alonso Contreras, se jacta de escribir un buen derrotero del mar Mediterráneo. La ciencia náutica se vuelve experimental, aparecen numerosos tratados y“artes de marear”, ni siquiera el creador de la primera gramática de la legua española, Antonio de Nebrija, queda al margen de esas indagaciones y redacta la Introducción a la Cosmografía (1499). Pero todos estos avances hubieran quedado en nada sin el espíritu inquieto y ávido del Renacimiento, que hace lanzarse en busca de las especies y otras riquezas del exótico Oriente.
El descubrimiento de Colón es asombroso, pero no lo son en menor grado los viajes posteriores mal llamados “menores”. Son andaluces en su mayoría los que aprovechan los mapas del almirante para convertir el Mar Tenebroso, desconocido, en el “Charco”, espacio familiar y algo cotidiano. Representantes de linajes de los marinos como los Niño o los Pinzón, los panaderos de Triana como Cristóbal Guerra, o un simple vecino de Palos, Diego de Lepe, que tuvo la suerte de obtener la licencia real para su viaje, todos ellos se lanzan a navegar por las costas del continente, avistando los pasajes áridos, las selvas tropicales, los litorales rocosos o llenos de fango. No entraron en las tierras desconocidas, se limitaron a observar y navegar adelante rescatando perlas, vino de frutas, papagayos y el palo de brasil, a veces sufriendo las escaramuzas con los indígenas, el hambre y la fiebre, pero a veces “cargando perlas como si fuera paja”…Sin duda, esto último fue más bien una excepción que aprovechó Pero Niño, el piloto del primer y tercer viajes colombinos. Él y su tripulación consiguieron las ganancias fabulosas y fueron un acicate decisivo para los demás aventureros. Sin embargo, las más veces la única ganancia de estos aventureros fue poder trazar un trozo de la costa o añadir una isleta al mapa de un cosmógrafo.
Pasados los siglos de la actividad turbulenta, de aventureros y piratas, llegó la centuria del comercio y de las expediciones científicas, el siglo XVIII. Tan reglada, tan predecible y, al final, tan sosa ha sido la centuria de Luces en el Mar, que los románticos del XIX tienen que recuperar un recuerdo de la grandeza pasada y aquí vemos al grande Espronceda exclamando:
A la voz de “¡barco viene!”
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
Al lado de toda esa inmensa cultura, ¿qué nos queda hoy de ese mar? Quizá sólo nostalgia, cuando vemos a los turistas tirados en las playas tomando el sol o bebiendo hasta caer… ¡Poca cosa, nada, al lado de los viajes del remoto pasado!