La llegada de agosto siempre se asocia con la “operación salida”. Corren, corren los madrileños a las playas, costas, sierras, pueblos, otras ciudades, otros países, otros paisajes…La cuidad se ensancha, pero no se vacía, nunca está desierta, unos negocios se cierran, pero siempre queda un garito de al lado, alguien que no traiciona. En fin, muchos se van, pero los gatos se quedan.
Precisamente los gatos o, los castizos, también conocidos como los manolos madrileños, van a disfrutar a tope de las fiestas de agosto. San Cayetano abre los festejos capitalinos con una procesión que promete salud y trabajo para todo el año a los que consiguen las flores que adornan la figura del santo. Después de la procesión, llena de la alegría solemne, los vecinos de la calle del Oso siempre están dispuestos a aliviar la sed todos los curiosos que los visitan, pero, antes que nada, de los chulapos y chulapas que bailan chotis con garbo aunque sea en una superficie no mayor que un ladrillo. Por cierto, esa danza decimonónica se baila también y mucho al otro lado del Atlántico, donde sus variaciones son infinitas, pero la esencia es la misma.
El día siguiente mejor ayunar por la mañana. Hay que prepararse bien para el concurso de las tortillas de la plaza de Lavapiés. Es un plato sencillo, dirán muchos, y tendrán razón. Precisamente por esto, por su sencillez es tan difícil hacer una buena tortilla: todo parece claro respecto a los ingredientes, a saber, las patatas, los huevos, una cebolla, el aceite, la sal y ya está. ¡Manos a la obra! Ay, amigos, pero es menester no olvidar la mesura y cuidado para cocer las patatas sin dejarlas demasiado fritas o puré; sacar con antelación los huevos del frigorífico para que estén a temperatura del ambiente y no fríos; y, por supuesto un chorrito de aceite en el huevo batido para que no se pegue la futura tortilla a la sartén. En fin, creo que es más fácil elegir la mejor tortilla que prepararla. Y no se preocupen por “la línea”, un buen chotis por la noche les quitará los excesos diurnos. Al contrario, les apetecerátomar un buen bocata de calamares bajo la estatua del temido Cascorro.
Sólo hay un pero, casi un disgusto, a estas fiestas de Madrid: la alcaldesa de la capital no podrá asistir la fiesta principal, de la Virgen de la Paloma. ¡Qué lástima! Pero, descuida señora Carmena, los vecinos de la calle de Oso siempre le guardarán un vaso de limonada. Ya sé que no es lo mismo que 150 cajas de cerveza que consumen sus amigos del patio de Maravillas, pero tampoco es para quejarse una buena limonada de San Cayetano. Además, los vecinos de la calle del Oso y alrededores ahorran del presupuesto porque no les hace falta poner banderas en sus fiestas. No les hacen falta. Las banderas son para los paletos de Chueca y los amigos de la Carmena que no tienen tradición y necesitan trapos para disimular este vacío y, a veces, tapar sus vergüenzas. A las fiestas de la Latina basta con un buen mantón de Manila. Quizála señora Carmena no tenga mantón para asistir a estas simpáticas fiestas. Entonces, bien ha hecho al quedarse en casa. Que descanse. Esta no es su fiesta. Es la de Madrid.