POCO A POCO
Cochina diplomacia
Borja M. Herraiz
x
borjamotaelimparciales/10/5/10/22
jueves 13 de agosto de 2015, 13:57h
Actualizado el: 17/10/2015 11:15h
Nos ha tocado vivir en una etapa de la historia en la que la diplomacia atiende más, cual veleta, a los intereses partidistas de unos pocos que al bienestar general, patrio o extranjero. Demasiados ejemplos así lo atestiguan, lo que ha llevado a desprestigiar un gran oficio como es el de diplomático.
Como en todos los ámbitos de la vida, generalizar es de ignorantes, de tener unas miras muy cortas. Sin embargo, el arte de negociar entre estados ha caído en una podredumbre moral desesperante para el común de los mortales, que ven cómo acuerdos supranacionales, algunos bajo cuerda, priman por encima de la legislación internacional, de las tragedias humanitarias o, de manera recurrente, de los derechos humanos.
¿Cómo si no se explica que Rusia se apropie de Crimea, territorio soberano desde hace décadas de otro estado, y la comunidad internacional no pase de la simple condena y alguna que otra sanción? ¿Hay manera de comprender que Bruselas y Washington recurran a atajos burocráticos para acelerar las operaciones militares en Libia pero no suceda así en Siria, donde se escudan en la legalidad internacional? ¿Cómo se asimila que miles de personas mueran ahogadas en el Mediterráneo huyendo de su hogar mientras la Unión Europea marea la perdiz y estira el drama hasta lo insostenible? ¿Cómo se le explica al mundo la sistemática violación de los derechos humanos por parte de países como China, Israel, Egipto, Venezuela, Arabia Saudí, Turquía y un largo etcétera y que se mire a otro lado una y otra vez porque se anteponen otros intereses?
La respuesta es tan sencilla como cruda: cochina diplomacia. A los grandes líderes mundiales, alguno incluso con el Nobel de la Paz en su haber, se les llena la boca con discursos grandilocuentes plagados de promesas y buenos propósitos, mientras que por detrás se muestran impasibles o francamente inoperantes ante dramas humanos como los de, por poner cuatro ejemplos, Yemen, donde las disputas intestinas entre saudíes e iraníes por el poder en Oriente Medio han dejado caer en barrena al país sin que Naciones Unidas pase del papel mojado; Sudán del Sur, un estado nacido –decían- del éxito de la diplomacia y ahora enfrascado en una cruenta guerra civil sin atisbo de solución; Somalia, el estado fallido por excelencia desde hace más de veinte años; o Siria (el país, no el régimen), donde decenas de miles de personas deambulan sin patria ni futuro dejando atrás muerte y destrucción sobreviviendo apenas con lo que puedan cargar encima, al tiempo que Occidente rearma a un tirano, Baschar Al Assad, que ha pasado de aliado a enemigo y ahora otra vez a aliado en función de cómo soplara el viento yihadista en la zona.
En este sentido, decía Zhou Enlai, estadista chino de la primera mitad del siglo XX, que “toda diplomacia es una guerra continua por otros medios”. Puede que la frase hubiera que reformularla hasta decir que la “diplomacia utiliza todos los medios en pos de una guerra continua”.
Nada atiende a la casualidad, y la diplomacia es parte de un intrincado engranaje de intereses cruzados que, demasiadas veces, deja de lado el factor humano para revestir sus éxitos de una pátina de inmoralidad y miseria que ha desprestigiado, quizás injustamente o quizás no, a sus profesionales.
La realidad es que el juego diplomático de hoy en día es cochino, traicionero, injusto y cobarde. Sólo así se entiende mucho de lo que pasa en el mundo, o, precisamente por eso, no se entienda nada.
|
Jefe de Internacional de El Imparcial
BORJA M. HERRAIZ es jefe de Internacional en El Imparcial
|
borjamotaelimparciales/10/5/10/22
|