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TRIBUNA

La novela del asesinato de Trotski

Alejandro San Francisco
martes 18 de agosto de 2015, 21:19h
Siempre se ha dicho que las novelas nos permiten acercarnos a mundos ficticios y participar de ellos como si fueran de verdad: amar, sufrir, ser cómplices, apoyar. El tema es complejo cuando las obras literarias fundamentan su temática en la vida real, en los sucesos históricos, más todavía cuando son suficientemente conocidos y han sido estudiados a través de investigaciones.

Es lo que ocurre con El hombre que amaba los perros (Barcelona, Tusquets, 2009, hay varias ediciones) un extraordinario "relato novelesco", como el autor cubano Leonardo Padura se encarga de repetir, que se ubica cronológicamente en la primera mitad del siglo XX. Una lectura que me recomendó hace algunos años Fernando Montes, que había leído la obra y, me pareció entender, se había conmovido con la educación para el odio que ilustraba la obra. Así decidí leerlo.

Una figura central de la obra es León Trotski, uno de los líderes revolucionarios bolcheviques de 1917, caído en desgracia después de la muerte de Lenin en 1924, cuando Stalin se levantó como la principal figura de la Unión Soviética y consideró al trotskismo como la principal amenaza para su propio poder. Otro personaje crucial es Ramón Mercader, un hombre criado y después formado para odiar, que se hace comunista y es el elegido para acabar con la vida de Trotski, en una trama que une a su España natal con la Unión Soviética donde recibe la instrucción adecuada, y finalmente México, el lugar donde debía consumar el asesinato. El tercero, si le podemos llamar personaje, es el narrador, un escritor cubano que no atina a desarrollarse y que de pronto se encuentra con la posibilidad de hacer su gran obra, al conocer en primera persona el desarrollo de la historia. Es ficción, por cierto, pero se va confundiendo con la realidad y el relato es sugerente y provocador.

El momento decisivo de la vida de Mercader se produjo cuando pronunció cuatro palabras, en tiempos de la Guerra Civil Española: "Sí, dile que sí". Esa fue la respuesta que hizo a Caridad, su madre y también devota comunista, ante la pregunta si estaría "dispuesto a renunciar a todo", incluso renunciar "a cualquier sueño personal, a cualquier escrúpulo, a ser tú mismo". Ese era el punto de partida para una tarea que ni siquiera podía imaginar y que los líderes más importantes del comunismo mundial habían pensado para él, para servir a la revolución, al camarada Stalin y para combatir a sus enemigos, entre ellos a la principal amenaza que enfrentaba el sistema comunista según sus jerarcas: Trotski.

Caridad, valga la paradoja, tenía el odio como "una semilla que le clavaron en el centro de su alma", requisito esencial para avanzar en las tareas exigidas por la causa comunista que alcanzaba sus primeras victorias, pero también sufría derrota tras derrota en distintos lugares, después del éxito de 1917. Una de las confesiones del proyecto de asesino muestran muy bien la continuidad de su personalidad a través de toda la obra: "Soy Ramón Mercader y estoy lleno de odio". Efectivamente, esa sería la pasión dominante del comunista catalán, servidor de la causa revolucionaria mundial y llamado a cumplir tareas trascendentes, para las cuales recibió instrucción en la Unión Soviética, a través de un mentor que lo acompañaría por siempre, Kotov, que al igual que Mercader irá adquiriendo varios nombres y apelativos en el curso de su vida.

Probablemente el miedo y el odio eran las motivaciones que llevaron a la acción a tantos revolucionarios en la Unión Soviética y en otros lugares del mundo, como reflejan numerosos hechos y pensamientos de los personajes. Miedo de todos a Stalin y del jerarca comunista a los sobrevivientes de la Revolución de Octubre y a quienes tenían demasiada información; miedo a los que pensaban distinto, a la derrota, pero también a la victoria, al punto que el miedo y no la fe en el futuro los había hecho actuar y tolerar tantas cosas. Y odio: a los burgueses, a los trotskistas, al marido o al padre, al enemigo cualquiera sea su denominación, así como también a algunos compañeros de ruta, sea cual sea la razón de su distanciamiento.

Ese miedo y ese odio fueron los motores de la gran tarea a la que estaba destinado Mercader, a medida que avanzaba su vida. Sería una de las personas que, posiblemente y de acuerdo a las necesidades, debería dar muerte a Trotski, el traidor del comunismo. Mercader, o Jacques Mornard, que fue el nombre que tomó para llevar adelante el proyecto, o incluso Jacson, chapa que utilizó en algunas circunstancias, se trasladó a México, donde vivía Trotski como exiliado, acogido por ese país, escribiendo y pasando los días en la certeza de que llegaría su momento.

Resulta interesante comprobar que la vía para entrar a ese mundo fue el "amor" con Sylvia, una trotskista que servía en ocasiones como secretaria, a quien Mornard enamoró haciéndose el desinteresado de la política, hombre de mundo, con recursos y metido en actividades comerciales varias. Con su simpatía, educación y paciencia -una gran paciencia- logró penetrar en el círculo íntimo que rodeaba a Trotski, abriéndose paso para llegar al mismísimo enemigo. Nunca debía olvidar una de sus motivaciones principales: "El odio contra el renegado, que debía ser su mejor arma", lo que culmina precisamente con el ataque a Trotski el 20 de agosto de 1940, y la muerte del revolucionario un día después.

En pleno siglo XXI resulta a veces confuso y hasta poco verosímil apreciar cómo un hombre estaba dispuesto a consagrar su existencia a un sólo propósito, así se le fuera la vida en ello, se quedara sin mujer, ni amigos, ni historia, incluso dispuesto a perder su propia personalidad. Pero la historia narrada corresponde al siglo XX, de la construcción del comunismo, cuando el sentido de la historia indicaba que era posible pensar en el paso desde la sociedad burguesa al gobierno del proletariado y de la sociedad sin clases, en la convicción de que la victoria final estaba asegurada. En ese mundo se mueve Mercader, su mentor, los comunistas de la época de Stalin y tantos otros que, tiempo después, se darían cuenta que habían vivido en la mentira.

De eso precisamente es la parte final del libro, una reflexión, más de veinte años después, entre Mercader y Kotov, que retrotraen su historia, la del estalinismo y de las tareas que les tocó cumplir sin vacilaciones. Una historia donde el odio y el miedo se apoderan de los personajes, así como la pasión y una narración extraordinaria se apoderan de los lectores que acceden a la lectura de la obra de Padura.
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