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TRIBUNA

Delitos de abuso sexual y mediático

Margarita Márquez
jueves 27 de agosto de 2015, 14:59h
Hace unas semanas, el nombre de uno de los directivos deportivos mejor pagados de las universidades norteamericanas saltó a los titulares de los periódicos por un escándalo de abuso sexual. El presidente (rector) del centro por el que estaba contratado, tras la expulsión inmediata del autor de las extorsiones, emitió un comunicado a los medios donde explicaba las razones de su decisión de destituir de su plantilla al alto cargo y su firme decisión de luchar contra los abusos fueran estos de carácter sexista o cometidos por causa de discriminación de etnia o religión. Su institución, decía en su carta, estaba firmemente en contra de cualquier tipo de arbitrariedad o despotismo y ponía a disposición de su comunidad, empleados, estudiantes o profesorado, las herramientas necesarias para impedir nuevos delitos de este calado. Y la maquinaria mediática, que en Estados Unidos es el gran motor de su cultura, se puso en marcha: páginas y titulares, espacios en las radios y televisiones, y por supuesto las redes sociales, contaron mil y un detalles de este episodio: se investigó al autor de los abusos, se relataron sus antecedentes, se pidieron explicaciones, se desveló el sueldo escandaloso del protagonista de la noticia e incluso se detallaron las agresiones que cometió.

La noticia y sus diferentes ecos no me habrían causado tanto interés sino fuera porque por los mismos días, los medios españoles centraban sus titulares en una noticia mucho más dramática, pero con los mismos tintes de abuso: el asesinato de dos muchachas en Cuenca. Las portadas de los diarios traían las fotos de ellas, se imprimían en letras de gran formato sus nombres. De ellas y de sus familias se contaba todo pero, lejos de centrar la atención en el delito, en el asesinato y en su posible autor, las noticias se cebaban en la vida de ellas, en sus amigas y parientes, en los comentarios, en sus últimos momentos. Por no hablar del cerco a las familias y del crédito otorgado a cualquier rumor y sospecha. También se hablaba del presunto autor de las muertes, pero en la mayor parte de los medios, siempre en un plano secundario dejando en primer plano el morbo de la tragedia. Las víctimas eran nuevamente víctimas, esta vez con el escarnio público. Se desvelaban datos y hechos que no tenían ningún interés informativo ni menos social. Se vulneraba una y otra vez el respeto por la privacidad de las víctimas y sus personas más cercanas.

En una casi obsesiva búsqueda comparativa de ambos sucesos, indagué en internet para saber algo de las víctimas del abuso del entrenador norteamericano. Tenía los datos de sus perfiles, pero no podía encontrar sus nombres, ni sus datos directos. Por fin, tras unos días, di con una entrevista a dos mujeres que habían solicitado a una periodista de renombre en una publicación de prestigio. Las declaraciones estaban hechas con un fin: eran dos víctimas de los delitos de abuso sexual cuyas posiciones sociales y económicas como altos cargos dentro de la universidad, les hacían –según declararon ellas mismas- invulnerables a ser víctimas de la presión social y prefirieron salir de su anonimato antes de que las investigaciones de los periodistas pudieran llegar a otras víctimas del mismo delincuente con menos defensas a ser expuestas en la arena pública.

De toda esta historia de comparaciones hay muchas conclusiones que sacar y en las que a la profesión de informadores se refiere no pongo el acento ahora en las del respeto o la prudencia, virtudes casi imposibles de exigir en el enloquecido mundo del periodismo, ni en una ética que no parece tener lugar hoy ni en los medios de comunicación ni en las redes sociales, sino en la que nos enseña a enfocar bien el objetivo de la noticia. Apuntar de verdad al centro de la información, encarar sin distracciones los problemas sociales, sea mediante la información objetiva o la opinión, es la tarea real de los medios. Los periodistas y sus empresas, sin renunciar a ninguna de sus vocaciones mercantiles ni de negocio, pueden servir a sus lectores y audiencias para informarles y dejar que libremente formen su opinión y, a la vez, conseguir ser la voz de los que no alcanzan hablar alto en sociedad. En esos dos puntos es donde realmente se encuentra el interés mediático y donde esta profesión se dignifica.

Margarita Márquez

Historiadora

MARGARITA MÁRQUEZ es historiadora y periodista

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